La sanción

Pensé que lo de la sanción era una broma. El nuevo concejal de cultura, hombre larguirucho, de mirada distante dentro de unos ojos hundidos, de una palidez fantasmal, y una prosodia similar a una letanía mortuoria; prometió atajar de lleno los retrasos en las devoluciones de libros y películas en la biblioteca municipal.

Diez libros son la causa de mi desgracia. Aquellos diez libros que saqué el mes pasado de la biblioteca, y que reposaban ante mí, en la estantería, vacía a excepción de aquellos volúmenes y una foto de mi gato. Tres eran novelas baratas, otros tres prosa poética, un par de historia de la Segunda Guerra Mundial, y el último, la versión en cómic de Fahrenheit 451. Por motivos que no vienen al caso no he podido leer ni una sola de las páginas, las semanas han ido pasando y ahora mismo estoy temblando mientras escribo estas últimas palabras.

Se me pasó devolver los libros. Pude haberlos renovado. Me descuidé. Ahora oigo los golpes en la puerta. De tres en tres. Una voz trémula, sin vida, repite entre estertores, tras cada serie, mi nombre junto con una frase:

―Venimos a hacer efectiva la sanción.

(Texto escrito para el Instagram de Leemergence)

La gavina

Cada matí, cap a dos quarts d’onze, una mà rugosa, picada pel pas dels anys posava una boleta de pa sobre l’ampit de la finestra. Deu minuts després, una gavina baixava per a menjar-se’l. Així va ser per setmanes, fins que de la barra de pa només quedà una mica tan petita que l’aire se l’emportà ben lluny.

La gavina arribà massa tard: la darrera boleta de pa havia desaparegut. Colpejà el vidre amb el bec, demanant-ne més, però no va rebre cap resposta. Així va ser per tres dies. L’au arribava, cercava el pa i, quan comprenia que no en trobaria, colpejava el vidre i se n’anava.

Fins ahir. Aquest matí la gavina, a dos quarts i deu d’onze va sobrevolar la casa i, en lloc de baixar a l’ampit, va marxar espantada: els tècnics de l’ambulància parlaven i de la llitera coberta per un llençol penjava una mà rugosa, picada pel pas dels anys.

Timeline

Esta mañana, de camino a casa, tropecé mientras miraba las fotos de Instagram de la gente a la que sigo. Miré a mi alrededor para ver si había alguien grabándome. Me alegré de mi buena suerte: nadie se percató. Y después otra alegría: el objeto con el que había tropezado era una cartera. Estaba llena. De verdad: me la encontré, en la calle, en el suelo, abandonadita en busca de protección. Vino a mí. Y como vino a mí la abrí y vi que estaba llena de billetes de diez y de veinte euros.

Por fin, pensé, por fin tendré dinero para ser yo mismo, para poder llevar la ropa que marcará mi estilo, en lugar de estas feas prendas, anodinas y aburridas. Me gasté todo el dinero en prendas de ropa molonas, en un tinte para el pelo, un arreglo para la barba y unas gafas de pasta sin graduar. Mi viejo yo se podía ir a paseo. Me saqué fotos desde todos los ángulos posibles, con todas las ropas y todas las combinaciones que se me ocurrieron. Cada una con un mensaje, una intención: por fin me sentía yo mismo.

Actualicé el timeline. La había cagado con la compra: ya estaba todo pasado de moda, mi Instagram volvía a ser el de un viejo anodino, sin personalidad.

😦

Dos piedras

Todos esos que se creen que van a ser una celebridad son unos ilusos: no van a lograr más que esa triste y enana marrón, incapaz de competir con el top del PageRank del estrellato en el que estaré, porque ya nací predestinado a la Fama, con mayúsculas, un veintiséis de junio de mil novecientos ochenta y nueve, justo cuatrocientos tres días después del estreno en EEUU de la serie original, y cuatrocientos un día después de que lo hicieran en España. Vi la serie una y otra vez hasta aprenderme los diálogos e interiorizar las actitudes y gestos de cada uno de los protagonistas: de Bernie, el basurero que alcanzaba la gloria a partir de sus movimientos entendí que el esfuerzo no lleva a ninguna parte, y de Hannah, gracias a su apertura de piernas, que lo importante de la vida era dejarse hacer hasta alcanzar la conmiseración venérea de alguien con pasta. Más tarde llegó la versión española, justo cuando empecé mi segunda época onánica, todavía en pleno esplendor, y con Eladia y Urraca fortalecí mis músculos a base de ejercicio: mi mano derecha tenía la fuerza necesaria para poder levantar un coche. No un utilitario, eso era una prueba nimia, sino uno de esos Porche Canyelle de nuevo rico, con nuevo rico y amante y depósito lleno de camino a la escapadita romántica en el mismo fin de semana en el que su cónyuge aprovecha para irse con su amante a ver el nuevo musical Fama en Broadway. Más tarde llegó el tatuaje, como no podía ser menos, de el logotipo de los hermanos Lehman. Ellos lo consiguieron sin necesitar bailar, sino preparando pacientemente un bosque de bambú que cuando brotó llevó a todo el mundo a hablar de ellos. Y más tarde llegó Internet, donde los quince minutos de fama sufren un recorte a lo Troika y quedan encogidos en un puñado de segundos capturados a base de vídeos de chiste y fotos sobre la única pared rosa del mundo, pared cuántica capaz de estar en mil lugares y un millón de timelines a la vez. Se la tendrán que cascar con dos piedras. Por eso, y porque tampoco soy un miserable ególatra cuya imagen pública lo es todo, he hecho un vídeo explicando cómo se la casca uno con dos piedras. Mi cirujano dice que hay que amputar. Perfecto: haré otro vídeo con la operación que obtendrá otro gritón de visitas. Le pediré que lo haga sin anestesia, así lo petará más.

El usuario

“Soy libre”, escribí a muchos de mis contactos de WhatsApp una vez llegué a mi casa y cargaba el móvil.

Pasé intercambiando mensajes, poniéndome a la última en noticias, vídeos de YouTube, fotos de Instagram toda la noche. Leí mis correos electrónicos y planificamos en un grupo un viaje a Croacia. La semana pasada fue a Budapest. No sé a dónde lo planificaremos la próxima, quizá una ruta por el interior, o por Escandinavia. Con las fotos de las auroras boreales y los filtros se pueden hacer cosas muy guays.

Me saqué un par de selfies, grabé unos vídeos hablando de mi primer día de trabajo. El trabajo no es de lo mío, pero me vendrá bien para pagarme el nuevo iPhone. No es que éste, del que os escribo, falle, pero lo compré hace un año y medio, casi dos, ¿y adónde voy yo con un cacharro tan viejo?