Axl y Angus

Axl a un lado. Angus al otro. Entre ellos una mesa con un tapete, y sobre el tapete cartas ilustradas. Unas pocas relucen boca arriba. Juegan a Magic: The Gathering. Hay una raya de cocaína en el medio que bien podría simular la distancia que separa a ambos artistas.

A Angus se le está acabando el maná. Las cartas de tierras, con las que puede invocar criaturas, están pudriéndose por el paso de los años. En cambio, Axl sólo es Axl. Tiene mono. No de la raya, alrededor de la cual gravita toda su atención. Lo suyo se trata de un mono más allá del mono.

Hace tiempo que involucionó hasta igualarse a su deseo. Por eso Axl se va a dejar ganar: está en juego quién será el que se esnifará la raya. El perdedor, como contraprestación, tendrá que destruir el legado de una de las mayores bandas de rock, en estado de descomposición esclerótica por la propia ceguera avariciosa de Angus.

Ambos saben qué aguarda en los camerinos y les da igual cómo se repartan los roles. No se les nota. Por eso, no por otra cosa, son monstruos escénicos.

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La metamorfosis

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Josef K. se despertó convertido en una critaura extraña. No reconoció su cuerpo, ni siquiera era capaz de hacer cosas que para él eran elementales hasta ese momento, como por ejemplo hablar. Había perdido lo que, a ojos de los demás, le definía.

El fenómeno descrito por Franz Kafka en su famoso cuento no es tan extraordinario como podría parecer. Ocurre a menudo. Sólo por citar algunos ejemplos: tras el bric de vino, o tras el billete enrollado, o tras la sugerencia de una ganancia rápida a costa de un pequeño sacrificio que no es tan sacrificio si se mira desde el ángulo adecuado.

Tan común es la metamorfosis que es complicado para el ojo no entrenado, y el del sujeto de nuestra experimentación no ha sido habituado lo suficiente como para percibir esta distinción sin complicaciones. Sin embargo nuestro sujeto, desarrollador informático contratado en nómina por una consultora, percibió que tenía que cambiar algo para revertir la sensación de extrañeza que le invadía cuando pensaba en lo que se había convertido.

Cambió de cliente.

 

Resurrección

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…y resucitó, al tercer día, en el psiquiátrico.

No. No es eso.

En la calle el mito se vuelve real, con legionarios con sus fusiles y pechos henchidos de orgullo, y sus santonas de peineta y lágrima de vela contrita se emborrachan celebrando la resurrección del hijo de Dios.

Qué delicia sería saborear en la televisión las imágenes de las fervorosas gentes, tan felices ante la vuelta de entre los muertos del Cristo Redentor. Sería porque no queda ningún televisor funcionando, estrictamente todos emitiendo un refrito del vómito de Goebbels rebozado de anabolizantes y máquinas tragaperras.

Y toda esta memez, ¿para qué?

Ah, sí. Con voz de pito: declaro inaugurado este blog.