Axl y Angus

Axl a un lado. Angus al otro. Entre ellos una mesa con un tapete, y sobre el tapete cartas ilustradas. Unas pocas relucen boca arriba. Juegan a Magic: The Gathering. Hay una raya de cocaína en el medio que bien podría simular la distancia que separa a ambos artistas.

A Angus se le está acabando el maná. Las cartas de tierras, con las que puede invocar criaturas, están pudriéndose por el paso de los años. En cambio, Axl sólo es Axl. Tiene mono. No de la raya, alrededor de la cual gravita toda su atención. Lo suyo se trata de un mono más allá del mono.

Hace tiempo que involucionó hasta igualarse a su deseo. Por eso Axl se va a dejar ganar: está en juego quién será el que se esnifará la raya. El perdedor, como contraprestación, tendrá que destruir el legado de una de las mayores bandas de rock, en estado de descomposición esclerótica por la propia ceguera avariciosa de Angus.

Ambos saben qué aguarda en los camerinos y les da igual cómo se repartan los roles. No se les nota. Por eso, no por otra cosa, son monstruos escénicos.

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