En deuda (extracto)

El desierto esplendor gótico de la iglesia parroquial contenía su penumbra en silencio. Se encontraba a la espera de que algún feligrés abriera la puerta principal, que era la que daba a la plaza del pueblo. Así, junto al fiel podría entrar el aliento del frío día que se había levantado aquella mañana. Poco duró la espera, pues la quietud del templo se estremeció con el crujido de una de las hojas de madera empujada desde el exterior. La luz de la calle entró recortando la silueta de un hombre. Junto a él el tráfico gritó su remolino de ruidos, prisas y llegotardes. Cerró la puerta tras él. Volvió el silencio. El hombre arrastraba los pies. Caminaba encorvado. Cruzó el ábside de la iglesia hasta llegar al estoico altar de piedra traicionado por un par de ramos de vivaces flores anacrónicas. Una vez allí se detuvo y contempló con una reverencia mil veces repetida el cristo de madera policromada y las vidrieras que representaban la ascensión del hijo de Dios al reino de los cielos tras innumerables sufrimientos en el mundo terrenal. Giró hacia la derecha encarándose a pequeña cripta dominada por una estatua dedicada a Santa Teresa entre cirios altos, cristos y textos en relieve alabando a la santa abulense.

El hombre entró en la pequeña cripta, donde unos pocos bancos de madera envejecida llenaban el espacio desnudo sólo coronado por la figura de la santa tras un enrejado y unas lápidas con nombres todavía legibles esparcidas por el suelo. Se sentó en el primer banco de la derecha, justo frente a la escultura, y sacó un rosario desgastado por el uso. Pasó cuentas a medida que iba completando las oraciones recogido sobre sí mismo. Los rezos no eran constantes, a diferencia de la rítmica y las interrupciones que profería, consistentes en peticiones de un auxilio que se tendría que condensar en un milagro que pudiera salvarlos.

Se levantó tras terminar la plegaria. Aún con el rosario entre sus dedos se acercó a la santa todo lo que le permitieron la decencia y la reja de hierro forjado. Apoyó sus manos sobre los barrotes verticales y pidió una vez más a Santa Teresa que si le ayudaba a no perder la casa se lo daría todo. Soltó el enrejado, guardó el rosario en el bolsillo de la chaqueta y miró a los ojos a la escultura. Por mucho que lo intentó, no pudo quitarse el regusto de ser incapaz de mostrarle ninguna emoción a la figura más allá de la desesperación ante la perspectiva que se le avecinaba si la santa no intercedía ante el director de la oficina bancaria para evitar el desahucio.

Salió de la cripta cabizbajo, cubierto por la vergüenza que brotaba de su impotencia, cruzó la iglesia sólo mirando de reojo los ricos exvotos que embellecían el edificio sagrado y empujó la puerta que daba a la calle. Junto con la atenuación de la sensación de frío y la retirada de las nubes que amenazaban descargar su negrura había llegado la luz en la plaza. El tráfico aparentaba haberse calmado. La quietud que envolvía la plaza, muy diferente a la astracanada de resol y horas punta con la que se encontró al llegar, le reconfortó. Era como si el manto protector de Santa Teresa le cubriera haciendo que su pequeño via crucis empezara con buenos augurios. Cruzó la plaza directo a la oficina bancaria. Había cola. Era día de cobro de las pensiones. Atravesó de malos modos, incluso a costa de llevarse consigo y a modo de propina miradas de rabia e indignación de un par de viejos ociosos, la cola de pensionistas que esperaba en la caja a que el primero de ellos terminara de comprobar el pago y actualizar la cartilla.

Faltaban tres minutos para la cita que tenía con el director de la sucursal. Se sentó en una de las sillas libres junto a la puerta del despacho. Destacaban por su incomodidad aún por encima del diseño, tan corporativo como perfecto para debilitar la vehemencia de posibles clientes quisquillosos.

Conocía muy bien a los empleados que trabajaban en esa sucursal. Ellos, a su vez, también a él. Eran gente del pueblo, compañeros de clase y de juegos cuando eran críos, hasta que la vida los llevó a cada uno por caminos diferenciados. En cierta manera se repetían los patrones repetidos durante la niñez salvo por un matiz: lo que se dirimía no era el prestigio del vencedor, sino una serie de transferencias bancarias. Los pósteres repartidos por la oficina anunciaban felicidad encima, debajo o sobre números con muchos ceros, porcentajes, letra pequeña y nombres de nuevos productos cuya definición pasaba inadvertida hasta para los propios empleados de la oficina. Dentro del despacho el director de la sucursal miraba el reloj. Un momento antes revisó su agenda. Sabía que su siguiente visita era puntual así que no se hicieron esperar. El hombre se levantó, hinchó su pecho con el máximo aire que pudo inspirar, contuvo la respiración, estiró la columna para recuperar la envergadura perdida por el trabajo primero y después por las penurias, y pensó en que Santa Teresa estaba con él para obrar el milagro que tenía que tener cocinado y listo para servir.

Golpeó con cuidado la puerta del despacho, que permanecía entreabierta. El director de oficina le invitó a pasar. El hombre entró decidido y le tendió la mano al empleado de banca, situado de pie junto a su escritorio, a un par de pasos de su puesto tras la mesa para recibirlo en el centro del despacho.


Mañana más.

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