Cinco minutos diarios

Condensó en una única lágrima los cinco minutos diarios reservados para ser ella misma y la guardó en el bote de lo que pudo ser.

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Da para paja

Ana baja las bajas, arrastra la cara hasta las mamas. Amanda, parada, aplasta las sábanas. La dama avanza para alzar a Amanda hasta la nada amagada tras la andanada ácrata, a la par baba, a la par maná. Atrás Sara, ajada, aparta la carga: alas, salsa, patatas, bananas. Amaga la fatal astracanada, calla, alcanzará la plaza. La cámara atrapa la cara: Sara lavaba las sábanas para Ana mas para Ana Sara arrastraba amargas nanas hasta abrasar cada mañana. Acá Alan, tras la pantalla, abraza la tranca machacada: da para paja.

Nuevo proyecto

No ha pasado ni un mes y mi cuerpo me pide que vuelva a escribir. Qué le vamos a hacer, descarto negarme porque si no terminaría de camino al manicomio y después de llevar años entrando y saliendo de oficinas que bien se podrían tildar con ese nombre no tengo muchas ganas de acabar desquiciándome.

Para ello, y como ando un poquito escaso de tiempo, voy a probar en dormir menos. Hace años probé el sueño polifásico, Uberman -una siesta de veinte minutos cada cuatro horas, total dormir dos horas al día-. Aguanté unos dos meses, hasta que rompí la rutina y me fui de vacaciones. Funcionó muy bien, sin sensación de fatiga o cansancio, y creo que las secuelas no han sido demasiado graves. Creo. Espero.

Por ejemplo, Leonardo Da Vinci no dormía mucho. Una hora y media al día. No voy a ser tan bestia. Me conformo con bajar a cuatro horas al día y, con las tres extra que le saco, escribir. Y ya si eso ir reduciéndolo hasta alcanzar al florentino. Y en estas tres horas extra aprovechar para escribir.

¿Escribir el qué, so pesao? Cuentos. Para niños. Cosas bonitas.

Autopublicar en Amazon: lecciones aprendidas

Hace veinticinco días que publiqué En deuda y Sheffield/Brough. No llega a un mes. Cómo son las cosas, desde que empecé el año no hice otra cosa que obsesionarme con este proyecto. Ahora, desde la pequeña perspectiva que da el haber publicado y visto los resultados, puedo saber qué ha pasado y cómo mejorar.

Publicar en Amazon es fácil. Muy fácil. Quizá demasiado fácil. Han montado el negocio para que cualquiera pueda subir contenidos. El flujo es el siguiente -no voy a ser exhaustivo, la documentación de Amazon es buena-: te das de alta, rellenas un par de formularios sencillos para la facturación, subes el documento, la portada, inscribes los participantes -entre ellos el autor, no hagas como yo que me olvidé de indicar quién había escrito los libros-, seleccionas un precio y le das a publicar.

Amazon, entre otras plataformas de publicación on-line, ha revolucionado el sector y se ha cargado al intermediario. Mi objetivo no era publicar a lo grande, a través de una editorial, sino simplemente publicar. Como desarrollador de software que soy decidí aplicar una metodología ágil con todo este proceso, es decir, patadón y pa’lante. Objetivo cumplido. Ahora ya puedo decir que he publicado un par de libros, estoy orgullosísimo de ver el resultado de estos meses de trabajo de escritura, revisión e investigación plasmado en dos libros que podéis descargar, disfrutar y compartir. Porque el trabajo ha sido intenso y, tal vez a que he tenido que llevarlo solo, todavía hoy me encuentro con errores. Corregirlos es sencillo, basta con volver a subir el archivo. Lo que me lleva a pensar si lo que he subido se puede considerar un libro como objeto cerrado o es más bien como una entrada de blog más largo y a la que le estoy poniendo precio.

¿Qué puede entrar en Amazon? ¿Qué hay de los escritores independientes? En su libro Indies, hipsters y gafapastas Víctor Lenore define “indie” no como independiente, sino como individualista. Muy centrado en el ser, en el ego, y no en querer ir más allá. Es de lo que se aprovecha Amazon para establecer su base de negocio. Al facilitar estas plataformas de publicación sin filtros, barreras y requisitos, cualquier cosa puede entrar aquí. Admito que no me interesan las publicaciones indies, me cuesta leer cosas sin tener referencias y, para mí, una referencia básica es que haya un objeto físico que respalde la propuesta del autor. Es decir, si alguien se ha molestado en imprimir un libro, es porque este libro merece la pena ser impreso. Me da miedo leer un libro indie, lo reconozco. El tiempo es oro y entre enfrentarme a un clásico o a un libro que sé que no me va a aportar nada, pues bien, tengo bastante clara la decisión. Y sí, he publicado dos libros en Amazon sin siquiera pensar en imprimirlos en papel. Soy consciente de ello.

Un libro, en cuanto abandona al autor y se lanza a la selva, deja de ser un libro, el libro, el resultado de lustros de experiencia, meses -o años- de trabajo, mimo, amor, obsesión, aislamiento y esfuerzo, para convertirse en un vulgar producto de consumo. Y en un mercado sin barreras de entrada tu producto es uno más en las infinitas estanterías digitales de un hipermercado virtualmente infinito. ¿Merece la pena esforzarse para sacar el mejor producto o hay que sacrificar calidad para crear algo rápido, inundar el mercado y llamar la atención al máximo número posible de lectores? ¿Qué prefieres, Vince, el premio Nobel o la revista Hola?

Esto me lleva a pensar en el rendimiento del libro. Amazon ofrece dos tipos de contrato. Uno, el normal, que te da en torno al 30% de las regalías del libro. Otro el 70% a cambio de exclusividad y que el libro se sitúe entre los 2,99€ y los 299,99€. Elegí este segundo. Sólo lo compraron amigos y familia. Aunque tres euros me parezca un precio razonable para un libro, en Amazon es excesivo. Pura ley de la oferta y la demanda. El exceso de demanda hunde los precios, como bien sabía Adam Smith. Y si nos vamos a David Ricardo, no queda otra que asignar a tu producto el valor marginal adecuado porque mis libros carecen de las características distintivas que lo llevarían a una zona más confortable del mercado. Y como mercado que es no se busca la excelencia del producto, sino la facilidad de salida. Por tanto, hay que adaptar el producto a lo que quiere el lector. Estoy de acuerdo. Escribir pensando en uno y no en el lector es un acto egoísta. Es decir, arte. Todo lo contrario que escribir para las masas, donde el autor conecta con las corrientes mayoritarias de la sociedad.

Otro reverso que ofrece la autopublicación es que el autor se encuentra solo ante el peligro. El libro no vale nada. Es el proceso de promoción y distribución lo que importa. Hay que trabajar en la preventa, la postventa, redes sociales, blogs, ir a charlas y coloquios y hablar con otros escritores para jugar al vengo a hablar de mi libro. Un coñazo. En eso una editorial, incluso autopublicar en papel y patearse mil y un garitos con tu libro bajo el brazo gana. Es más fácil presentar, regalar, invitar, sugerir o mostrar un producto que no un enlace. Lo contrario es más complicado. Cuando surge el tema de que he publicado cosas la conversación sigue este patrón: ¿has publicado, Vince? ¿Puedo verlo? Ah, en Amazon. Avísame cuando lo tengas en libro, que te lo compro, y ¿me lo firmarás?

En resumen, autopublicar en Amazon puede servir para inundar un mercado con un montón de títulos muy baratos y conseguir una fuente de ingresos extra a base de productos de consumo fáciles de digerir y sirvan para entretener. Lo importante es llamar la atención ya sea por volumen, por promoción o por precio. La calidad, la originalidad y el trabajo pasan a ser secundarios.

¿Qué te ha parecido? ¿Estás de acuerdo con mis conclusiones?

 

Juan Ramón Jiménez, escritor

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Tanto quiso ser Juan Ramón Jiménez, escritor, que consiguió que amigos, familia y hasta el estado a través de sus documentos oficiales le llamaran de esta manera. Feliz, pudo dedicar los años que le restaban a contemplar su obra y maravillarse de los paisajes de su Moguer natal. Cuando murió de viejo los insectos fueron a devorar su cuerpo. Como en sus registros genéticos recordaban que muchos años antes ya se zamparon a un tal Juan Ramón Jiménez, escritor, decidieron no hacer nada y dejar el cadáver de José Pérez incorrupto para siempre.

Propaganda electoral

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-Sí, hijo, todos esos hombres de los carteles son políticos, cada uno de un partido. Los políticos van a un lugar llamado parlamento, hablan y arreglan los problemas del país.

-¿Y por qué están en los carteles?

-Porque quieren que los votemos.

-¿Y por qué quieren que les votemos?

-Porque todos quieren ser presidente.

-¿Y por qué quieren ser presidente?

-Porque así podrán mandar.

-Papá, en mi cole hay un niño que manda mucho, pero no habla con casi nadie. ¿Por qué quieren mandar si son políticos y tendrían que hablar en vez de mandar?

-Hijo, yo tampoco lo entiendo.