El faro

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Mi madre vestía de blanco, llevaba puesto su sombrero de flores. Yo sostenía la pelota. Estábamos sobre el viejo muelle del pueblo donde nací. No puedo negar que el puerto, la playa, el paseo; en fin, toda la franja costera de mi pueblo es mi lugar favorito. Contemplábamos el faro. Sólido, estable, eterno a su manera. Murmuré para mis adentros: de mayor seré como tú.

Años después conocí a Vanessa. Teníamos una especie de ritual: solíamos dar una vuelta por el paseo las tardes de verano, bajo el cielo azul y con las gaviotas acompañándonos desde el muelle, parábamos ante el carrito de venta de comida ambulante y le compráramos al hombre que lo regentaba, siempre con su gran sonrisa y su ridículo sombrero, un helado que Vanessa y yo compartíamos. Nos creímos eternos.

Llevé fatal la separación. Sólo quería olvidar lo que pasó. Una tarde de verano, en una farra en la playa, entre las múltiples palmeras de colores, no se nos ocurrió otra cosa que ver hasta dónde podíamos llegar nadando. Entramos tres. Pero había bebido mucho, la marea era demasiado fuerte unos decámetros mar adentro.

El faro, eterno a su manera, me contempló con desinterés.

(Foto: Faro de las Islas Columbretes)

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