Es fortuito

Elegí mi profesión que me da de comer y es fortuito.
Elegí una casa donde me cobijo y es fortuito.
Elegí un amor que me reconforta y es fortuito.
Elegí a mi familia, a mis padres y hermanos, y es fortuito.
Elegí a mis amigos y van y vienen porque es fortuito.
Elegí mis libros y películas y es fortuito.
Elegí un nombre que a su vez fue fortuito.
Elegí mi aspecto y mis taras de origen fortuito.
Elegí quién soy y es fortuito.
Elegí elegir y es fortuito
dentro del capricho de un orden fortuito.
Elegí preocuparme y dejar de preocuparme al ser fortuito.
Te elegí a ti como pude elegir a otro suceso fortuito.
Te dije adiós y te dije hola y el orden es fortuito.
Elegí la forma de matarme pero también es fortuito.
Elegí una única canción de nombre y ritmo fortuito.
Elegí la incomprensión, la soledad de lo fortuito.
Elegí el eco del valle de descubrimiento fortuito.
Elegí no elegir porque eso no es fortuito,
es un poema de carretera y madrugada.

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Seldon*

Te pareces a Seldon.

¿A qué Seldon? ¿A cuál de los dos? ¿Cuál es el nombre de uno y cuál es el apellido del otro? Y, ¿por qué? ¿Por qué? Joder. ¿Por qué?

¿Por qué me comparó con Seldon, el de Big Bang Theory?

Esas preguntas conscientes, junto con un infinito de inconscientes, volaron, ocultando la grieta que se formó a mi alrededor. No sabía quién era Seldon, quien se supone que es un personaje tan importante como para que, como Travolta, o Jesucristo, deba conocerlo con un único nombre. Dudé y me convertí en un desgarro ignorante y existencial. Hari. Empecé a preguntarme si ella había leído a Asimov, si conocía que Seldon era Seldon por Hari y es que a mí Seldon nunca me hizo gracia y si sé quién es es porque hace muchos años todavía tenía la ilusión de que era bueno sentirse parte de un grupo y para sentirse parte de un grupo había que participar en las conversaciones del grupo.

Ideas estúpidas.

Ella se alejaba como se alejaba toda la civilización occidental de mi polla humillada al ser comparada con un personaje que me la pelaba bastante.

Las canciones se sucedían una tras otra, y ella me dijo que fue por mis gestos. Ya. Que gesticulo como él. Ya. Me habían dicho muchas cosas. Desde que leo como Josep Pedrerol hasta que paso por inglés y paso por vasco y soy rubio y soy moreno, pero nunca me habían comparado con Seldon. Quería poguear, no podía porque el medio metro cuadrado ocupado por mis pies empezó a elevarse y a elevarse hasta ver a la comparadora, a mis amigos, a sus amigos, a todos los punks de rostros demacrados que poblaban el festival, el festival en sí y Barcelona convertidos en un único movimiento, más concreto en un sonido repetido tres veces, toc. Toc, toc, toc.

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Siglos de civilización occidental resumidos en un toc, toc, toc.

Ni para paja de la derrota.

Toc, toc, toc.

Y por cosas como esta no me molesto ni en intentar ligar.

Toc, toc, toc.

La mañana siguiente, cuando me acuerdo, como en esta mañana, pierdo toda la fe en la humanidad que me inventé antes de ir de fiesta y creer que, sí, tal vez, quizá, pueda encontrar una conversación interesante, sólo eso. Recuerdo conversaciones con consumidores de sustancias cuyo cerebro iba más rápido que su coherencia.

Toc, toc, toc.

Que no, imbécil, si ni siquiera tienes un libro publicado en papel, tú, que eres el mejor escritor del siglo XXI, cómo va a tener un mínimo de conversación interesante la masa que prefiere a Cooper antes que a Hari.

Estaba buena Mata Hari.

Toc, toc, toc.

Como aquella conversación sobre el Theremín que me acaba evocando indefectiblemente a la sierra musical de Delicatessen y de rebote al problema de la alimentación mundial y de ahí a Soylent Green y así podría seguir. Pero no:

Toc, toc, toc.

En fin.


* Sí, desconozco si va con o sin h. Me la pela.

La traición

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Me traiciono cada vez que pienso en mañana y en ayer.

Cada vez que prefiero cerrar los ojos y dormir.

O salir y buscar una conversación.

O quedarme encadenado a una silla de madera llena de excusas.

Me traiciono a mí mismo sin piedad ninguna.

Y busco en el papel en blanco un verso único.

Me traiciono al creer que soy alguien.

Al pensar que merece la pena algo de lo que hago.

Al soñar que a alguien le importa esto.

Cavo mi propia tumba cuando espero algo de mí.

Es fácil traicionarme.

Me traiciono y la vergüenza llega,

la misma que me anima a pensar en mañana y en ayer,

en cerrar los ojos y dormir,

o salir y buscar una conversación.

Son mis excusas, las conozco bien.

Me traiciono en horario de oficina.

Fuera, ¡ay! estoy cansado.

Y como traidor no merezco más que mi muerte.

La estoy deseando.