Semana jaqueca

No he sido mucho de tener dolores de cabeza. Cefalea, migraña, jaqueca, como lo quieras llamar. Quizá alguna cuando era pequeño, sobre todo después de comerme alguna farola o marco de puerta o acabar en tierra por un despiste; o como consecuencia de esos primeros coqueteos con los estupefacientes, entre ellos el alcohol. Pero después de que me reformara no. Ya no tuve más jaquecas, no al menos hasta hace unas pocas semanas. Por eso me extrañé tanto aquel lunes, cuando me intenté levantar y tuve que volver a sentarme en el borde de la cama. Me daba vueltas la cabeza, el cerebro parecía que iba en la dirección contraria al techo y el techo hacía lo que le daba la gana. Los muebles también giraban como querían, la alarma del despertador era anárquica y Jeannine, mi querida mujer Jeannine, tumbada, dormida, me pareció un monstruo de sombras negras, purulentas y grasientas.

Creo que fue el orgullo de no reconocer la cefalea lo que hizo que me volviera a intentar ponerme en pie. Tomé impulso, busqué con mi mano el borde de la mesita de noche y me levanté. O eso quise. Logré volver a quedarme clavado en el colchón y tirar la lámpara de un manotazo desesperado. El ruido alertó a mi esposa y me preguntó qué era lo que había pasado. Me giré. Encontré sus ojos. Volvía a ser ella. Y yo también: volví a recuperar mi serenidad. Mi dolor de cabeza desapareció.

Ése fue el primer episodio que tuve. A la mañana siguiente se repitió. Me fui a levantar y me volvió a dar todo vueltas. Duró como un minuto. Esa segunda vez decidí esperar a ver si pasaba solo, más que intentar levantarme. Lo que pasó, según marcó el despertador, fue un minuto y después de él otra vez la serenidad. Tuve la impresión de que se hubiera detenido el tiempo dentro del miasma agónico que me envolvió. La tercera vez fue más duradero, abarcó casi dos cambios de número en el viejo radio-reloj. acompañado por una sensación de náusea en el pico del mareo.

El cuarto día de aquella semana fue el dolor de cabeza el que me despertó. Comí techo mecido por los pinchazos que atravesaban mi cerebro de lado a lado. Sentía como si alguien estuviera removiéndolo con una cuchara y no tuviera ningún reparo en esparcir mis neuronas, mi encéfalo, mi bulbo raquídeo, por todas partes sin ton ni son. Creo que no podía moverme. Quise gritar. No sé si lo logré. Mi mujer se apareció ante mis ojos. Era otra vez el monstruo asqueroso y grasiento que vi el lunes. Su pelo cayó sobre mi cara. Sus ojos chorreaban bilis viscosa, y sus labios supuraban espuma.

Pestañeé. Volví a ver el techo. El dolor, la náusea habían desaparecido. Miré a mi mujer: dormía plácidamente a mi lado, enroscada en la sábana. Me daba la espalda. Voy a tener que ir al psiquiatra, empiezo a tener alucinaciones, pensé. Me levanté y me fui al baño con intención de darme una ducha. Una vez desnudo entré en la bañera y me fijé que faltaban la mitad de botes de gel y de champú. Sólo estaban los míos. Esa misma tarde Jeannine tomaría un vuelo para ir a un congreso de fotografía digital y márketing online en el otro lado del país. Jeannine no era previsora, al menos no tanto como para preparar el equipaje la noche anterior, aunque no le di importancia: se estará haciendo vieja, me dije.

Tuve un fin de semana tranquilo. Decidí hacer lo que hago cuando me quedo solo: nada. Tiempo para ver la televisión, adelantar trabajo, dar un paseo por la playa sin tener que acompañar a Jeannine a ninguna de sus ridículos eventos sociales a los que me veía obligado a ir por cuestiones de imagen. El acompañante de la influencer. Hacíamos buena pareja, decían, ella tan glamourosa, y yo tan nerd. Al principio me molestaba. Después aprendí que la opinión de aquellos gilipollas empalidecía al lado de tener cena gratis, risas enlatadas y, por qué no, la oportunidad de ver los cuerpos de aquellas pretendientes a reina de Instagram que suspiraban por la bendición de la matriarca ad-hoc con la que estaba casado.

El domingo, a eso de las ocho, cuando fui a recoger a mi esposa al aeropuerto, me volvió primero el mareo y luego la náusea. Era casi media noche y había poca gente esperando a los recién llegados, pero muchos de ellos me revolvieron el estómago. Me acordé de las supuestas alucinaciones. Grasa, pus, baba. Casi caí al suelo. Me apoyé en el hombro de un hombre de unos sesenta años que me pareció normal. Me miró extrañado y me preguntó si me encontraba bien. Sí, mentí. Apreté los dientes y me aparté lo máximo que pude del resto de personas.

Mi mujer siempre ha sido de hacerse esperar. Apoyado contra la pared saqué el móvil y empecé a mirar correos electrónicos. Cuando levanté la mirada sólo quedaban tres personas esperando. Preferí no observar su aspecto. Pronto dos. Pronto uno. Me quedé solo.

Salió Jeannine. No podía ser una alucinación: era vagamente humana. Su piel estaba enverdecida, cubierta por una especie de costra que se abría para formar algo que podría ser un símil a una boca. El pelo le caía apelmazado, en mechones, por la cabeza; brillaba. Me doblé sobre mí mismo, víctima del mareo y de un pinchazo que me atrabesaba desde de la garganta hasta los intestinos. Mis sentidos me fallaban. El olor, la imagen. Otra vez el suelo se movía, mi cabeza se movía, mi alma se movía. Se retorcían. Perdí el sentido.

Al recuperarme volvió la náusea y el mareo. Había varias caras a mi alrededor. Una de ellas era la de mi mujer. Supe que era ella por el collar de oro, las pulseras de bisutería que ella misma había puesto a la moda, y la ropa que le acompañé a comprar unas tres semanas antes. Casi vomité cuando le pregunté si era ella.

Lo siguiente pregunta que formulé, y aún no sé por qué lo hice, fue si se le había acabado el gel y el champú. Te has fijado, exclamó. Le cambió la cara. Los tiré, dijo, desde este lunes uso el ecowashing, así soy más ecofriendly. ¡En el congress todos dijeron que estaba fantástica!

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La academia

Y el premio fue para el profesor o profesora de nombre común o de nombre exótico cuyo trabajo estaba centralizado en el análisis de los datos extraídos tras la acumulación de una serie de pruebas que a muy pocas personas importaba pero que servía para construir un mundo paralelo donde los elogios y las lamidas de culo eran la moneda corriente en el proceso de promoción interna como él o ella bien sabía porque aunque no tuviera el más mínimo interés en aquello que hizo tuvo que hacerlo, sí, tuvo que hacerlo, porque era lo que se esperaba que hiciera debido a su pertenencia a la academia.