El avance de la tecnología

Antes costaba descargar una fotografía. Después lo que costaba era una canción. Pasó el tiempo y se necesitaba paciencia primero para conseguir un disco y más tarde una película. Hoy día lo que cuesta es tener una vida.

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La noche más corta del año

Hace calor. Sudo. Del calor. Sudo del calor. No sudo del calor. Me aplasta. ¿Pensar? No hoy. Mañana. Gotea. Todo pringado. Resbaladizo. El teclado está empapado. Los perros jadean. Calma. El aire acondicionado no funciona. Anochece. Me adentro en la noche. Me ducho. Salgo a la calle. Sigue sin correr el aire. Alguien se cruza en mi camino. Viste con ropas estrafalarias: el calor, me dice, le ha quemado el resto de ropa. Ahora se puede salir, asiento, sigue su camino, sigo el mío. Descubro comas en mis palabras. Se separan las frases que construyo no como hasta hacía un momento que el calor me impedía pensar. Me maravillo ante la recursividad, pero pronto amanecerá. Es la noche más corta del año, decido vivirla dentro del mar. El mar está infestado de medusas y borrachos, cuerpos consumidos por el shock producido por la ingesta de alcohol y la insolación. Por la mañana la marea los dejará en la playa y los pocos carroñeros que se atrevan a salir a esas horas comerán sus cuerpos hinchados por el agua. El amanecer me alcanza demasiado pronto. El calor vuelve. Vuelve. Vuelve. Es insoportable. Se marchan mis palabrsa. Empiezo a sudar. Me derrito. Estoy lejos de casa. No hay refugios para mí. Aquí no. Camino. Respiro. Rezo. Sudo del calor. Del calor. Me aplasta. Sudo. Hace calor. Hace…

Maldito pelirrojo irlandés

Me alegré de llegar, por fin, a la puerta del bar. Fuera hacía un frío de mil cojones y cruzar la calle se había convertido en un deporte de alto riesgo si uno no quería ver cómo sus pelotas acababan congeladas, amputadas y con suerte guardadas en un botecito de cristal lleno hasta arriba de salmuera. Puta ventisca. Mis pobres pelotillas, que hacía un momento las había tratado con tanto cariño Mimí, convertidas en dos esferas amoratadas dentro de un frasco puesto encima de la cómoda, único elemento decorativo de la residencia de ancianos en la que acabaré mis días. Con una etiqueta: recuerdo del último invierno realmente duro. No era una imagen agradable, así que abrí la puerta con rabia. Demasiada, no conté con que la ventisca querría echarme una mano y ayudarme a abrirla para hacer que el portazo contra la máquina recreativa situada junto a la entrada resonara en todo el local. Ya podía despedirme de tomarme una cerveza tranquilo en aquel antro de mala muerte. Todos, desde Bennie, el camarero, hasta los viejos granjeros que bebían en la esquina repararon en mí. Fue un momento, tan solo un momento de distracción: pude ver cómo sus facciones pasaban de la sorpresa a la esperanza de que hubiera habido alguna novedad, como si de un spaghetti western se tratara, a la decepción al ver que se trataba de mí. Otro más de los parroquianos que traían sus huesos a esa esquina para emborracharse y pensar en cómo matar el tiempo a base de cerveza. Y eso fue lo que hice: me acerqué a la barra y le pedí a Bennie una pinta. Bendito líquido sagrado, cómo lo necesitaba en aquel momento. Me bebí casi medio vaso de un trago, dejé que la espuma resbalara por dentro y el mágico brebaje bajara por mi garganta, que su frescor sagrado me anunciara la paz mística que estaba contenida en sus moléculas alcohólicas.

Bennie me dijo algo con respecto a los portazos. Ignoré sus palabras sumido en mi éxtasis momentáneo. Las repitió. Me justifiqué diciendo que fue la ventisca, añadí que para que dejara de quejarse le compraría otra cerveza y como muestra de que iba en serio me terminé el vaso con otro trago largo. Aquí tienes, le dije. Bennie me preparó la segunda cerveza, la dejó ante mí y escuché otro portazo: esta vez fue Misha, el puto ruso loco. Nació Michael, de ruso sólo tenía el apellido traído por un inmigrante llegado a Estados Unidos hacía casi un siglo y una afición incontrolable por el Stolichnaya, pero él se empeñaba en presumir de rusidad, como si esa palabra existiera. No la mierda esa de los comunistas: él era un ruso de verdad, de los de los zares y las matrioshkas y las rubias pechugonas con pinta de llevar un millón de años congeladas.

Se sentó a mi lado. Le saludé, y él me contestó con algo que él pensaba que era ruso. Me negaba a seguirle el juego con esas palabras raras y mal pronunciadas. Si eso que decía era ruso, yo era la el puto William Shakespeare. Hizo un gesto a Bennie y se giró hacia mí. Estaba encantado con la ventisca, que era una señal de que sus antepasados cosacos estaban con él y le traerían buena suerte. El tipo estaba de buen humor. Perfecto, pensé, aún el que tendría buena suerte sería yo. Me venía bien que aquel hombretón fuerte y bobo estuviera contento. Hacía años trabajamos juntos en la gasolinera, cuando éramos chavales, antes del accidente que me dejó la mano izquierda para poco más que rascarme el culo. Después su reputación de pendenciero y buscavidas le adelantó: varias noches en el calabozo por escándalo público, comportamiento indecente y desobediencia a la autoridad lo convertían en la persona perfecta para mis planes. Porque tenía un plan, así que le dije que mejor si nos íbamos a hablar a una de las mesas libres. Aceptó.

Lo que le dije fue más o menos estos: Nadie se fija en las viejas locas que tiran cartas y esas mierdas. Esas hijas de puta, según me dijo, tienen pasta hasta en el ojete: cobran un buen pellizco por cada pregunta y únicamente tienen que hacer su teatrillo de pitonisas chungas e inventarse cualquier película que más o menos cuele y de tal forma que las clientas vuelvan una y otra vez a gastarse los cuartos con la mandanga que les venden. Que de dónde lo había sacado, me preguntó. Mimí, que además de chuparla como los ángeles estaba ida, tarada, como una puta regadera. Le gustaba ir a esos sitios y se sabía la vida y milagros de cinco o seis que estaban por el condado, y me habló bien de sobre todo dos de ellas: por lo visto, detrás de toda la decoración de bruja loca, con los santos y las estampitas y las figuritas de madera de a saber qué rollo chungo africano, tenían joyas y oro y diamantes. Sería como robarle el caramelo a un niño.

A Misha no le acabó de gustar la idea. Primero me preguntó quién era esa Mimí, si era Marilyn, la que se fue a la ciudad a estudiar algo de arte y que volvió porque la expulsaron después de pasarse todo el año de polla en polla y de copa en copa. Eso eran las malas lenguas, le contesté, pero sí, era ella misma. Después dijo que le daba mal rollo ponerse a jugar con la magia. Mejor si vas tú solo y te comes esa mierda.  Eh, colega, contesté, ¿que no me has visto bien? Apenas paso de uno sesenta y con esta mano inútil poco podría afanar. En cambio si colaboramos en esto podemos dar un buen palo y tendremos el invierno cubierto. Misha dudaba. Mira, dije, si te parece bien haremos esto: probamos con una vieja, dividiremos lo que arramblemos en dos mitades y tú serás el que elija primero.

Más te vale que no me la estés jugando, Fox, maldito pelirrojo irlandés. Tienes fama de fullero, y como me la líes te juro por la Virgen de Vladimir, que te mataré.

Nos pusimos en marcha en cuanto la tormenta arreció. Elegimos primero a la pitonisa que estaba más lejos de todas. Aquello sería como robarle el caramelo a un niño. La caravana de la vieja estaba en medio de la nada. Como esperábamos, tenía un perro encadenado, algo que parecía como un rottweiller lanudo. La caravana estaba bastante destartalada. La vieja se había hecho un jardincito al lado de la caravana, jardín del que apenas quedaban cuatro plantas congeladas y destrozadas. Junto a los restos del jardín había una PickUp rojo óxido salpicado por manchas de una época mejor.

Será entrar y salir. Entrar y salir, repitió Misha. Había anochecido. Detuvimos el coche sin detener el motor. Bajamos. El perro empezó a ladrar. Le tiré un trozo de carne y Misha se dirigió a la puerta de la caravana. El muy bestia prácticamente la arrancó de cuajo. Entró y yo tras él. Llevábamos pasamontañas y pistolas. La vieja se quedó petrificada, parecía como si no hubiera adivinado aquello, o si lo había hecho fingía que daba gusto. Le pregunté dónde estaban las joyas. Se hizo la loca. Insistí, y para que viera que insistía de verdad le puse mi pistola en su cabeza. La vieja mantuvo la dignidad como pudo, pero sus ojos le traicionaron. Miró hacia un cajón dos o tres veces mientras sudaba y temblaba como un flan. Temblaba toda: las manos, la cabeza, los brazos. Le temblaba la mandíbula. Indiqué a Misha que abriera el cajón.

Dijo que ahí había solo libros viejos y barajas hechas mierda. Le indiqué a la vieja que no se pasara de lista, que nos indicara dónde estaban los oros o acabaría mal. Der-der-derecha, dijo. Misha encontró lo que buscábamos. Vámonos, dijo.

Misha salió, di un par de pasos hacia atrás apuntando a la vieja y vi que suspiraba aliviada. Me llevaré otro recuerdo, le dije. Empalideció cuando cogí las barajas y los libros que había encontrado Misha.

Qué fácil, me dijo Misha una vez estuvimos en el coche. Vamos a por otra de esas viejas. Le tranquilicé. Le propuse que lo mejor sería hacer lo que habíamos propuesto: dividir el botín en dos y colocarlo donde pudiéramos. Misha me enseñó lo que había afanado: joyas, algo de dinero. No estaba mal. Se sorprendió cuando vio los libros y las barajas. Pues esto es lo que tenemos, dije, por una parte el dinero y las joyas, y por otra parte estos libros. Somos hombres de palabra, aquí están los dos montones, elige.

Misha se quedó con las joyas y el dinero, y yo con los libros. Después de separarnos fui a una tienda de antigüedades que no hacía preguntas y donde me dieron una buena pasta por los libros y las cartas. Por lo visto tenían más de doscientos años, en un perfecto estado de conservación. Joder, mi día de suerte, tenía razón el aspirante a ruso con eso de la ventisca. Pensé en Mimí y en lo que me dijo de las viejas: unas eran unas estafadoras, pero otras sí lo hacían en serio, hasta tenían libros del año de maricastaña. Pensé en Misha, aquello había que celebrarlo. Eso sí, primero tenía que darme el banquete. Parte de la pasta la gasté pillando un par de gramos de farlopa que me dediqué a esnifar en los coñitos de un par de putas. Después, borracho y colocado, me fui a casa de Misha. Amanecía. Toqué al timbre. Varias veces. Se encendió la luz. Vi la cara del Michael y después su puño y después nada.

Parecía como si me hubiera golpeado un puto oso. La cabeza me daba vueltas mezcla de alcohol, cocaína y el hostiazo que me pegó. A quién se le ocurre venir a tocar las pelotas a estas horas, me dijo. Luego me pidió perdón a su manera: con la botella de Stolichnaya sobre la mesa y un par de vasos, uno a cada lado. Cuando bebimos tres chupitos cada uno me contó que las joyas eran falsas. Qué putada, tío, fue lo máximo que alcancé a decir. Me preguntó después si había más pitonisas a las que robar. Asentí. Quería repetir. Y todo igual: entraríamos, le daríamos el palo a la tía y nos repartiríamos lo que pillásemos eligiendo él primero.

Muy bien, como quieras, contesté. Eso sí, tendremos que esperar a que se tranquilicen las cosas. Por ahora no se ha escuchado nada en la prensa, pero seguro que la bofia anda investigando esto.

Nos lo tomamos con calma. Durante medio año nos vimos lo mínimo y tuvimos los oídos bien abiertos: nadie hablaba de la vieja aquella. Únicamente Mimí me dijo que una de las pocas pitonisas legales se había marchado. Un día fue y se encontró con la maleza aplastada por las ruedas allá donde antes estaba la caravana. Por lo que me dijo Mimí llevaba tiempo pensando en marcharse y que estaba esperando a recibir la señal del bosque para buscar nuevos vientos. Misha se descojonó cuando se lo conté. Ahora éramos las señales del bosque, dijo. Su risa, en cambio, era nerviosa. Lo achaqué a su respeto por las cosas de magia negra. Lo importante es que teníamos carta blanca para actuar.

Dimos el segundo palo unas semanas después. La primavera despuntaba. El robo fue bastante igual: vieja solitaria en caravana, esta vez sin perro y sin jardín, puerta casi arrancada y cañón de pistola junto a la sien de la mujer. Pronto encontramos las joyas y el dinero, pero Misha quería algo más: le preguntó por los libros y las cartas. La vieja no entendió. Dónde están los libros y las cartas. En las estanterías junto a la cocina, dijo. Misha se los llevó todos. Después, en el coche, comprobamos que había cogido hasta libros de cocina y novelas baratas de chicas de piernas largas, can-can y pistoleros de gatillo fácil. Y entre ellos también libros de mancias, adivinación y Tarot.

Misha se quedó con los libros. Con todos. Hasta con las novelitas baratas.

No le volví a ver hasta que volví al pueblo y me lo encontré. Vendí las joyas por un dineral, que junto con el del primer palo a la tarotista estuve dando vueltas por la costa oeste durante unos tres meses. Fue en el bar. Entré y Misha, en cuanto me vio, se levantó. Se dirigió hacia mí. Salí a la calle, reculando. Me alcanzó, me alzó por los aires y me lanzó al suelo. Acabé en medio de la calle. Me levanté. Me dolía hasta el último hueso, pero a parte de eso todo bien, no parecía haber nada roto. Intenté tranquilizarle. Le pregunté qué era lo que pasaba. Puse mis manos a mano de pantalla. Un puñetazo suyo bien dado podría matarme. Caminé hacia atrás, él avanzaba hasta mí. Cómo iba yo a saberlo, le dije. Ha sido mala suerte. Sí, me lo he gastado. Putas, drogas, juerga. No he parado. Me sabe mal, colega, pero estas cosas son así. Tuviste que haber elegido mejor.

Mis palabras le enfurecían cada vez más. Me salvó la distancia que mantuve. Conocía bien esas calles, mejor que él. Sus gritos cada vez eran más fuertes. Estaba perdiendo el control. Hizo un amago de lanzarse sobre mí. Era muy grande, fácil de esquivar. Otro. Un tercero. El tipo estaba borracho. Sólo tuve que ayudarle con un empujoncito: cayó a tierra.

Aproveché para salir corriendo.

Lástima, no pude despedirme de Mimí. Me habría gustado, pero por lo que oí una tarotista le dijo que encontraría pronto el amor y esta vez uno de verdad, no el de un pelirrojo, que dicen que estamos engendrados por el diablo.


Texto inspirado en El zorro y el oso, cuento de tradición oral ruso.

Ya no quiero ser yo

Soy una versión de mí mismo. Una versión iterable, en constante cambio. Mi estómago deshace el yogur que me he comido hace un momento. Sudo. Pienso en qué voy a comer hoy. Espaguetis carbonara a no ser que ocurra algo que me haga cambiar de opinión aunque, seamos sinceros, eso no ocurrirá.

Podría ser otra persona, como cantaba Evaristo Páramos, como el Rey de Roma o el alcalde de Pamplona o el payaso que dispare sobre ti. O un pequeño cambio, algo puramente aleatorio e intrascendente, como mi sexo, mi género, el color de mi piel. Hasta el color de mis ojos. Sería otra persona si mis ojos fueran de otro color. No me habrías dicho nunca que te enamoraste de mí por su color claro. Quizá te prendarías de otra cosa, pero no del color de mis ojos que serían del montón, como calificas el de los tuyos.

O si fuera de otro color de piel sería transparente a tus ojos. Tendría cds y sombreros para vender y habría llegado aquí en cayuco o patera o lo que esté de moda entre el sector del transporte de borregos sapiens sapiens de un lado a otro del mar. En las cajitas de plástico podrías leer el nombre de tus artistas favoritos, algunos del mismo color de piel que el que tendría yo, y pensarías en que pronto vendrán de gira, o que hace mucho que no ves ningún vídeo suyo en YouTube; o por qué no comprármelo pero para qué, si lo pones en Spotify o te lo bajas en ThePirateBay.

Imagina que fuera mujer. Tú que me miras con respeto porque sientes que hablo con propiedad y seguridad. Pasaría a ser una feminazi, o una chica insegura, débil, abotargada por tantos y tantos años de humillaciones constantes por guapa fea alta gorda baja delgada tetona plana culona culocarpeta zurda diestra normal desnormal subnormal anormal rubia morena rizada pelochina pelopolla bizca bofio caballuna narigona orejona uniceja gafotas torpe. Me mirarías el culo, querrías follarme, empotrarme, avasallarme con tu inteligencia habilidad conocimiento sabiduría fuerza chulería corte de pelo coche moto centímetros de bíceps de altura de polla.

Imagina que hubiera sido educado bajo los parámetros de otra religión. Incluso tal vez podría seguirla. Me mirarías y pensarías que quiero matarme porque hago el Ramadán y abluciones cinco veces al día, y yo te miraría con desprecio y asco porque tu cabeza no va cubierta por un velo; o seríamos enemigos porque tu deseo es diferente al que en público muestro; o creerías que soy un ser débil y apocado porque no como carne y quemo incienso en silencio cuando quiero alejarme un poco del mundo.

Podría seguir. Podría enumerar mil casos de discriminación que son fruto de la casualidad y que después pasan a ser causalidad de la superioridad con la que me tratas y con la que tratas a cualquiera que no haya tenido la puta suerte de nacer en tu sitio con tus papis y con tus padrinos y con tus millones en el puto banco. En cambio, estás podrido, tan podrido como yo lo puedo estar cuando me aprovecho de mi propia situación de superioridad. Cuando digo y pienso y miro y temo y sudo y me excito y ya no quiero ser yo porque de pequeño sólo quería ser una bola de energía sin cuerpo, sin que me dijeran qué guapo que era y qué bonitos eran mis ojos azules y qué alto y qué gracioso y bonico.

¿Eso soy yo?

Sí y no. Ya no quiero ser yo si ser yo es un conjunto de variables que son fruto de la alineación de la más absurda de las casualidades. A la mierda con el karma, a la mierda con los rasgos, a la mierda con todo lo que me define como lo que soy. A la mierda absolutamente todo lo que digo hago pienso escucho: todo eso define mi actual versión. Si es una versión, cambia, es decir, hay algo más allá, algo inmutable que ha de guiar ese cambio. El no-yo. Aquello que se encuentra más allá el yo. Ya no quiero ser yo. Sólo quiero ser no-yo.

Ese es mi regalo para ti. Te guste o no.

Cualquiera puede ser Dios

Cualquiera puede ser Dios. O el diablo. O quien quiera ser: basta con decirlo. No es necesario siquiera serlo, o como mínimo creérselo. Eso es lo que cualquiera podría esperar, en cambio es falso que una persona pueda alcanzar la divinidad, ni siquiera la burda y bastante común santidad, con interiorizarlo. Lo importante es el decirlo. Menos es que a uno lo crean. Cuando fui Dios lo dije.

—Me llaman Dios.

Y aquel tipo me creyó. Llegó a mí como un alma descarriada. Llevaba toda la noche de fiesta yendo de aquí para allá y buscando alquien que le diera palique. Iba pasado de speed.

—No gracias, no consumo.

—Pero si eres Dios, ¿cómo no vas a consumir?

Aquella pregunta inició un debate teológico sobre el uso de las drogas. Bastante estéril, por cierto. Si bien él hablaba por los codos acelerado gracias a las propiedades de la anfetamina, yo no le iba a la zaga contradiciendo mi propia omnipresencia al encadenar palabra tras palabra en un batiburrillo desordenado de caos semiinconsciente.

Me encontraba cómodo hablando con él. Hablamos de música, de tías, de fiesta y de drogas. Me pidió un cigarro

—No fumo.

—¿Tampoco fumas? A ver si es verdad que eres Dios. ¿Y tampoco follas?

—No.

—¿Y bebes?

—No.

—Al menos follarás. ¿Eres virgen, Dios?

—Ni sí, ni no, ni todo lo contrario.

—Eso es de Lendakaris Muertos.

—Lo copiaron del misterio de la Santísima Trinidad.

Después hablamos de barcos. Por lo visto el Santísima Trinidad fue un barco de la corona española. Su nombre real era Nuestra Señora de la Santísima Trinidad, navío de línea fletado en La Habana en 1769 y hundido en la batalla de Trafalgar. Hice como si lo supiera. Esto nos llevó a una conversación de índole histórica. Debatimos sobre si una hipotética pacificación peninsular francesa hubiera ayudado al país a prosperar. Sobre si este supuesto era de realización imposible, ergo la especulación no tendría más que una finalidad lúdica.

—Creo que necesito otra raya. ¿Quieres?

—No.

—¿Sabes a quién puedo pillarle?

—¿Me ves con cara de adivino?

—Pues vaya mierda de Dios eres, colega.

—¿Es que acaso no has leído la Biblia? —contesté— ¿Qué esperabas?

O no me escuchó, o hizo como que no lo hizo. Empezaba a cansarme. Para librarme de él le di instrucciones falsas de dónde podría encontrar a uno. Confié en su suerte y en que, en el rollo, es raro no encontrarse con un camello o alguien que conociera a uno.

—Tira para allá y pregunta, antes he visto a un chaval pasando.

Aproveché su ausencia por motivos comerciales para perderle de vista. Me uní a mis colegas y estuvimos haciendo el imbécil hasta que nos marchamos. Al día siguiente me levanté, me duché y fui a desayunar. En la cocina estaba mi padre de pie, con el mando, frente a la televisión. Le saludé, puro trámite previo al café con leche que me tomaría, mi único pensamiento.

—Buenos días.

Hizo un ademán con la mano para indicar que me callara. Presté atención a lo que decía la locutora.

—…con síntomas claros de haber consumido alcohol y estupefacientes, supuestamente vandalizó y quemó en grado de tentativa la iglesia parroquial a las seis de la mañana…

Pregunté a mi padre si había café preparado. No me contestó. Sí había. Puse café en una taza, después la llené hasta arriba de leche y la calenté en el microondas. Seguí mirando el televisor.

El programa repetía el testimonio de una mujer mayor. Era una de esas sempiternas abuelas con su característico estilo de clase y buen gusto rancio, con ropa color azul y una permanente en la cabeza que disimulaba la escasez de un cabello rubio teñido con desgana. Describió al atacante que, según sus palabras, entró en la iglesia gritando que él era ateo pero que había encontrado a Dios, que Dios es un mentiroso y que ya podría ser todopoderoso, pero que no tenía ni puta idea de nada.

No pude más que darle la razón. Ser Dios es fácil pero saber dónde están los camellos es otra cosa: para eso necesitas ser aceptado por la comunidad.

Clase turista

El espacio entre mi asiento y el asiento de delante era demasiado pequeño. Tenía las rodillas destrozadas debido a la presión contra las piezas de plástico rugoso que se clavaban en mis articulaciones. Rosario me llamó por teléfono.

—Dime.

No dijo nada.

—Dime —repetí.

—Tengo que contarte algo.

—Te escucho.

—Anoche… anoche…

—¿Qué pasó anoche?

—Perdóname, anoche no sé qué me pasó. Bueno, sí. No, no sé, salí con mis amigos de aquí, primero fuimos a casa de uno de ellos para cenar, después fuimos a un bar. Creo que me pasé con la bebida, perdona.

—Espera, voy a un sitio donde pueda hablar. Sí. Continúa.

Mis piernas se alegraron por poder estirarse.

—Después en el bar nos juntamos con otros amigos de mis amigos. Unos chicos de Colombia. Uno de ellos empezó a hacernos trucos de magia y cosas con cartas. Luego empezó a hacerme un juego de adivinación. Me pidió que imaginara una caja, que la ubicara en el camino. Luego un caballo. Luego una escalera. Después me preguntó si tenía novio, y que nuestra relación no estaba yendo bien. Es cierto, Alfonso, lo nuestro no está yendo bien. Llevamos una semana discutiendo por teléfono todos los días.

—Ya lo sé. ¿Me has llamado por eso?

Tardó en contestar.

—No. Hay más.

—¿Qué más? Te escucho.

Dejé pasar a un hombre de unos cincuenta años. Entró en el baño. El portazo no me dejó escuchar lo que Rosario dijo.

Se cortó.

Llamé. Comunicaba. Ella volvió a llamar.

—Se ha cortado.

—Sí. Se ha cortado —repetí—. Dime.

—Después fuimos a otro bar. Cerró. Mis amigos se fueron. Me quedé con el otro grupo. Hablando con el que me hizo el juego de adivinación. Fuimos a una gasolinera. Compramos café y donuts. Desayunamos sentados en la acera. Luego me acompañó a casa. Subió. Y entonces.

—Entonces…

Silencio.

—Nos acostamos.

—Os acostasteis.

El hombre tiró de la cadena. Abrió la puerta. Salió. Me miró a los ojos. Se marchó. Todo ello en silencio. Estuvimos tanto rato callados que se volvió a cortar la llamada. Ella llamó de nuevo.

—Perdóname —dijo al cabo del rato.

No dije nada.

—Necesito escuchar que me perdonas.

Seguí callado.

—Por favor, Alfonso, dime algo, lo que sea.

—Sigue.

—¿Que siga?

—Sí.

La megafonía avisó que estábamos llegando a Alicante.

—¿Estás en el tren?

—Sigue.

—Cuando me desperté me di cuenta de lo que había hecho. Tenía vergüenza. Le dije que se tenía que ir, que eso estaba mal, que tenía novio. Él también tenía novia, me dijo. Tenía razón, me dijo. Aquello estaba mal. Se marchó.

—Sigue.

—¿Qué más quieres que te diga?

No contesté. Estaba cómodo de pie, con las piernas estiradas. En la maleta, a pocos metros, tenía algo de ropa, un par de libros y mi ordenador portátil. El resto iba de camino a la casa de Rosario.

—No puedo perdonarte. No así. No aquí.

—Por favor, Alfonso.

—No quiero verte. Ni se te ocurra venir a buscarme a la estación.

Colgué. Apagué el teléfono. Volví a mi asiento. El espacio seguía siendo demasiado pequeño.