Flor alada

Fue mi pereza la que me llevó a acumular en una esquina toda la suciedad que recogí durante estos años. Lo de la flor que surgió de aquel montoncito no fue cosa mía, pero ya que estaba allá empecé a regarla.

Unos días después la transplanté: aquello no le gustó. La flor sacó un par de alas azules y emprendió el vuelo hasta el alféizar de la ventana. Hizo un gesto que no sé si definir como agradecimiento o rabia y se marchó.

Me alegro de haber dejado correr el aire aquel día.

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