Clase turista

El espacio entre mi asiento y el asiento de delante era demasiado pequeño. Tenía las rodillas destrozadas debido a la presión contra las piezas de plástico rugoso que se clavaban en mis articulaciones. Rosario me llamó por teléfono.

—Dime.

No dijo nada.

—Dime —repetí.

—Tengo que contarte algo.

—Te escucho.

—Anoche… anoche…

—¿Qué pasó anoche?

—Perdóname, anoche no sé qué me pasó. Bueno, sí. No, no sé, salí con mis amigos de aquí, primero fuimos a casa de uno de ellos para cenar, después fuimos a un bar. Creo que me pasé con la bebida, perdona.

—Espera, voy a un sitio donde pueda hablar. Sí. Continúa.

Mis piernas se alegraron por poder estirarse.

—Después en el bar nos juntamos con otros amigos de mis amigos. Unos chicos de Colombia. Uno de ellos empezó a hacernos trucos de magia y cosas con cartas. Luego empezó a hacerme un juego de adivinación. Me pidió que imaginara una caja, que la ubicara en el camino. Luego un caballo. Luego una escalera. Después me preguntó si tenía novio, y que nuestra relación no estaba yendo bien. Es cierto, Alfonso, lo nuestro no está yendo bien. Llevamos una semana discutiendo por teléfono todos los días.

—Ya lo sé. ¿Me has llamado por eso?

Tardó en contestar.

—No. Hay más.

—¿Qué más? Te escucho.

Dejé pasar a un hombre de unos cincuenta años. Entró en el baño. El portazo no me dejó escuchar lo que Rosario dijo.

Se cortó.

Llamé. Comunicaba. Ella volvió a llamar.

—Se ha cortado.

—Sí. Se ha cortado —repetí—. Dime.

—Después fuimos a otro bar. Cerró. Mis amigos se fueron. Me quedé con el otro grupo. Hablando con el que me hizo el juego de adivinación. Fuimos a una gasolinera. Compramos café y donuts. Desayunamos sentados en la acera. Luego me acompañó a casa. Subió. Y entonces.

—Entonces…

Silencio.

—Nos acostamos.

—Os acostasteis.

El hombre tiró de la cadena. Abrió la puerta. Salió. Me miró a los ojos. Se marchó. Todo ello en silencio. Estuvimos tanto rato callados que se volvió a cortar la llamada. Ella llamó de nuevo.

—Perdóname —dijo al cabo del rato.

No dije nada.

—Necesito escuchar que me perdonas.

Seguí callado.

—Por favor, Alfonso, dime algo, lo que sea.

—Sigue.

—¿Que siga?

—Sí.

La megafonía avisó que estábamos llegando a Alicante.

—¿Estás en el tren?

—Sigue.

—Cuando me desperté me di cuenta de lo que había hecho. Tenía vergüenza. Le dije que se tenía que ir, que eso estaba mal, que tenía novio. Él también tenía novia, me dijo. Tenía razón, me dijo. Aquello estaba mal. Se marchó.

—Sigue.

—¿Qué más quieres que te diga?

No contesté. Estaba cómodo de pie, con las piernas estiradas. En la maleta, a pocos metros, tenía algo de ropa, un par de libros y mi ordenador portátil. El resto iba de camino a la casa de Rosario.

—No puedo perdonarte. No así. No aquí.

—Por favor, Alfonso.

—No quiero verte. Ni se te ocurra venir a buscarme a la estación.

Colgué. Apagué el teléfono. Volví a mi asiento. El espacio seguía siendo demasiado pequeño.

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