La noche más corta del año

Hace calor. Sudo. Del calor. Sudo del calor. No sudo del calor. Me aplasta. ¿Pensar? No hoy. Mañana. Gotea. Todo pringado. Resbaladizo. El teclado está empapado. Los perros jadean. Calma. El aire acondicionado no funciona. Anochece. Me adentro en la noche. Me ducho. Salgo a la calle. Sigue sin correr el aire. Alguien se cruza en mi camino. Viste con ropas estrafalarias: el calor, me dice, le ha quemado el resto de ropa. Ahora se puede salir, asiento, sigue su camino, sigo el mío. Descubro comas en mis palabras. Se separan las frases que construyo no como hasta hacía un momento que el calor me impedía pensar. Me maravillo ante la recursividad, pero pronto amanecerá. Es la noche más corta del año, decido vivirla dentro del mar. El mar está infestado de medusas y borrachos, cuerpos consumidos por el shock producido por la ingesta de alcohol y la insolación. Por la mañana la marea los dejará en la playa y los pocos carroñeros que se atrevan a salir a esas horas comerán sus cuerpos hinchados por el agua. El amanecer me alcanza demasiado pronto. El calor vuelve. Vuelve. Vuelve. Es insoportable. Se marchan mis palabrsa. Empiezo a sudar. Me derrito. Estoy lejos de casa. No hay refugios para mí. Aquí no. Camino. Respiro. Rezo. Sudo del calor. Del calor. Me aplasta. Sudo. Hace calor. Hace…

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