Tabú

No sé por qué le tienen tanto respeto, incluso miedo, al suicidio. Es tabú. El peor pecado que puede cometer un cristiano. Origen de traumas en tus allegados, pobre de aquel que sea el primero en encontrar el cadáver. Tu hijo, tu amante, un enemigo, la policía después de una denuncia por peste a putrefacción.

Hola señor tal vez desconocido: usted está viendo mi cadáver. Yo ya no estoy.

Y te has ido. Te has suicidado, has elegido morir por tu propia mano. Elegir poner fin a la existencia. De repente, dejas de existir. Has dejado escrita una nota sobre la mesa, has preparado la cuchilla, o la cuerda, o el arma de fuego, o los somníferos y la botella, y se acabó. Cuando despiertas, según nuestra tradición judeocristiana, estás en el purgatorio. Si eres ateo directamente no vuelves a ver nada más. Se acabó, te has ido. Te has largado.

Muy pocos aprenden a contemplar su belleza. El suicidio es bello. Es lo más bello que puede hacer una persona: morir. No morir de casualidad o como punto final a una larga enfermedad, de esas que destrozan no sólo al paciente sino a todo su entorno. Es una muerte digna. Es una muerte desesperada, rápida, y eficaz. Te largas. Cierras tu historia, una historia que como toda buena historia tiene un punto final perfecto: el protagonista muere. Y muere con ganas. Con ilusión por morir. Ha cambiado.

Se ha trascendido.

En lugar de suicidio debería ser trascendencia. Yo trasciendo. Elijo ir más allá, elijo terminar. Mi existencia ha llegado a su límite: no hay nada que pueda aportar más, me retiro y dejo espacio para el siguiente que quiera trascender.

Lo he perdido todo por el camino. He visto lo que tenía que ver y he vivido lo que tenía que vivir. He cometido errores, he aprendido y he amado y he odiado y he dejado de lado todo lo que tenía que dejar de lado. Lo único que me queda es morir.

Viva el suicidio.

Fotocopias

El día en el que la pareja se rompió nuestro protagonista hizo una fotocopia en blanco y negro de la primera foto que se tomaron juntos, salió a la calle y comparó la imagen con los transeúntes con los que se cruzaba.

Al día siguiente hizo una fotocopia de la fotocopia, se plantó en medio de la plaza y volvió a la comparativa. Lo mismo cada mañana hasta que rostro del amado era tan irreconocible que podía encontrar una amplia variedad de similitudes en todas las comparaciones.

Se alegró de que su relación terminara.

—En el fondo era un cualquiera.

Desde ese momento pudo volver a hacerse autofotos compartidas.