Guía de comportamiento social

La reciprocidad parasitaria impide la contemplación excorpórea por parte del huésped. En cambio, la consecuente estandarización de la moda a la vez producto y radical del arribismo socioestético, es de tremenda utilidad para reconocer a simple vista a los gilipollas que es mejor evitar a toda costa.

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Solo loco

Leí a Raymond Roussel tan mal que construí un jardín donde cada escena representaba un pasaje importante de mi vida. Invertí en él los mejores años de mi juventud. Cuando estuvo terminado lo recorrí una sola vez y ordené su demolición.

Solo entonces cobró sentido.

El gorrión en la selva

Cuentan las leyendas que, después de una fuerte tormenta, un pequeño gorrión acabó en la selva. Desorientado, vio que a su alrededor todos los pájaros eran de vivos colores y él, marrón, se sentía feo y sucio.

Se acercó a una cacatúa y le preguntó a la cacatúa por qué tenía esos colores tan hermosos. La cacatúa le contestó que era para ser más hermoso, y cuanto más hermoso más querido y aceptado sería. El gorrión, triste, le pidió si podía darle una de sus plumas, a lo que la cacatúa accedió, se arrancó una de las más largas y se la dio al gorrión, que se la puso en su plumaje.

Más contento, el gorrión alzó el vuelo. Notó que la pluma le pesaba y le dificultaba volar, pero esto no le detuvo y decidió acercarse a un grupo de unas aves de colores más vivos que los de la cacatúa.

No lo aceptaron.

Llorando, se le acercó un loro, pues el grupo de aves estaba formado por loros, y le preguntó qué era lo que le pasaba. El gorrión le dijo que se sentía feo porque era marrón, y allá todas las aves eran de colores vivos. Le explicó lo que le dijo a la cacatúa y pensó que con la pluma de la cacatúa sería aceptado pero no. El loro se apiadó de él y le dijo que si quería le daría una de sus plumas. El gorrión, feliz, la aceptó.

El loro se despidió y el gorrión, con las dos plumas, emprendió el vuelo. Estas pesaban mucho, y le costó barbaridades llegar hasta el siguiente grupo de aves, que eran aves del paraíso. Se acercó hasta ellas.

Tampoco lo aceptaron.

El gorrión se alejó lamentándose por haber sido rechazado. Una de las aves del paraíso se le acercó y le preguntó qué le pasaba y por qué lloraba. Le explicó lo mismo que a la cacatúa y al loro, y el ave del paraíso le entregó otra de sus plumas. El ave del paraíso extendió sus alas y se marchó. El gorrión quiso hacer lo mismo, pero como tenía tanto peso perdió el equilibrio y se cayó al suelo.

Cuando se levantó se dio cuenta de que había perdido las plumas que las otras aves le habían dado. Se desesperó y empezó a saltar y a volar entre las ramas. Como no las encontraba subió y bajó por entre los árboles, se puso sobre las copas y cayó en picado e hizo unas cabriolas tan magníficas que congregó a todas las demás aves de la selva a su alrededor, que le admiraron y le pidieron que les enseñara a volar con tanta agilidad y donaire como él, el pequeño gorrión, sólo sabía hacer.

Tabú

No sé por qué le tienen tanto respeto, incluso miedo, al suicidio. Es tabú. El peor pecado que puede cometer un cristiano. Origen de traumas en tus allegados, pobre de aquel que sea el primero en encontrar el cadáver. Tu hijo, tu amante, un enemigo, la policía después de una denuncia por peste a putrefacción.

Hola señor tal vez desconocido: usted está viendo mi cadáver. Yo ya no estoy.

Y te has ido. Te has suicidado, has elegido morir por tu propia mano. Elegir poner fin a la existencia. De repente, dejas de existir. Has dejado escrita una nota sobre la mesa, has preparado la cuchilla, o la cuerda, o el arma de fuego, o los somníferos y la botella, y se acabó. Cuando despiertas, según nuestra tradición judeocristiana, estás en el purgatorio. Si eres ateo directamente no vuelves a ver nada más. Se acabó, te has ido. Te has largado.

Muy pocos aprenden a contemplar su belleza. El suicidio es bello. Es lo más bello que puede hacer una persona: morir. No morir de casualidad o como punto final a una larga enfermedad, de esas que destrozan no sólo al paciente sino a todo su entorno. Es una muerte digna. Es una muerte desesperada, rápida, y eficaz. Te largas. Cierras tu historia, una historia que como toda buena historia tiene un punto final perfecto: el protagonista muere. Y muere con ganas. Con ilusión por morir. Ha cambiado.

Se ha trascendido.

En lugar de suicidio debería ser trascendencia. Yo trasciendo. Elijo ir más allá, elijo terminar. Mi existencia ha llegado a su límite: no hay nada que pueda aportar más, me retiro y dejo espacio para el siguiente que quiera trascender.

Lo he perdido todo por el camino. He visto lo que tenía que ver y he vivido lo que tenía que vivir. He cometido errores, he aprendido y he amado y he odiado y he dejado de lado todo lo que tenía que dejar de lado. Lo único que me queda es morir.

Viva el suicidio.

Fotocopias

El día en el que la pareja se rompió nuestro protagonista hizo una fotocopia en blanco y negro de la primera foto que se tomaron juntos, salió a la calle y comparó la imagen con los transeúntes con los que se cruzaba.

Al día siguiente hizo una fotocopia de la fotocopia, se plantó en medio de la plaza y volvió a la comparativa. Lo mismo cada mañana hasta que rostro del amado era tan irreconocible que podía encontrar una amplia variedad de similitudes en todas las comparaciones.

Se alegró de que su relación terminara.

—En el fondo era un cualquiera.

Desde ese momento pudo volver a hacerse autofotos compartidas.