El césped brilla, los cuerpos de los internos se mueven de aquí para allá. Algunos caminan con sus andadores, otros se agarran al brazo de algún joven de facciones similares. Unos cuantos, al fondo, sobre sillas plegables, conversan. Unos cuantos tienen miradas perdidas. Están bien cuidados, vestidos con pulcritud, con el esmero digno de una visita programada.

Esa es la parte pública.

En cambio, allende el toque de queda, todos volvemos a la realidad de habitaciones clónicas, camas individuales y los restos del naufragio que llevó nuestras vidas al fondo abisal de una memoria inaccesible.

Mis nietos mayores, cuando me ven, me dicen que aquí me tratan muy bien. Los más pequeños me miran con repelús. No soy uno de esos viejos de trato agradable: de todo lo que he construido, hoy tan solo sirvo para moverme de aquí para allá y mirar las gotas del rocío artificial del riego automático.

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