Patroclo, tuviste que morir para hacerme comprender que la inmortalidad carece de valor. El destino es mudo imán, ciego captor, impío verdugo. En mi evasión tomaste mis armas sabiendo que mi hado pendía de ellas. Ahora, tu cuerpo se pudre y tu alma, en tránsito hacia el Aqueronte, será mi óbolo en manos del barquero.

Las rencillas con Agamenón y el orgullo ultrajado no son más que fuegos fatuos con los que ahuyentar a las Erinias. Fuegos alimentados con sangre griega, sangre amiga, con la vanidad como ulterior ceniza. Entre ellas veo a medio consumir tu nombre, tu memoria, ¿tras tu muerte, quién conducirá mis caballos?

¡Cuánto sufrimiento en la batalla contra la única de las batallas que no es de recibo entablar! ¡Cuánta ausencia trajo la ausencia del primero de los hombres ante los muros de Ilión! De nada sirven la sangre heroica ni la luz del sol ni mi cuádriga sin tu gallardía. Tampoco loor tiznada de veleidad inane si de tu amistad solo conservo mis manos ensangrentadas.

¡A las armas, Pelida! La destrucción es la única retribución digna de tu cobardía.

¡A las armas!

En Troya, Casandra sintió un escalofrío.

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