En la cafetería

Me mira, ___sonríe,
__________baja la mirada,
__
_____vuelve a estar triste.
___
___Aprieta los ojos y
baja___otra vez___la mirada.

_Se toca el pelo,
tiene un mal día,
uno más y,
____encima,
__olvidó la cartera antes de salir.

Su acompañante
___invita________a un café,
___café con leche____y un hielo,
______________________hace calor,
________es primavera
___sin saber
que_______también_______lo es
_______para_________ella.

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Sagrera

L’Eusebi va avisar la Laia que ja havia agafat el metro, Hostafrancs. Calculà que arribaria a Sagrera, on l’esperava la seva xicona, en uns vint-i-pocs minuts. Portava amb ell, dintre de la butxaca de l’abric, la seva mà i juntament amb la mà una carta escrita des de les cinc del matí, quan es va despertar a conseqüència d’un malson, fins a les set. Es tractava d’un poema, encara que depenia molt de qui ho llegís. Per a l’Eusebi, era una disculpa sense acabar de ser-ho. Encara tenia com una mala consciència, un regust d’haver fet alguna cosa malament, perquè no entenia la distància apareguda des de feia unes dues setmanes entre la Laia i ell.
Notava el tacte del paper amb la punta dels dits. Amb facilitat repassava amb la ment cadascuna de les estrofes, de les paraules escrites amb tota la cura que hi va poder aplicar. Cuidava del sobre amb zel, no deixava que ningú s’apropés a la seva mà, fins i tot posant el seu cos com a barrera entre la porta i uns passatgers concentrats en el seu constant pujar i baixar del vagó.
El metro anava ple de gom a gom. Era hora punta, i a més plovia a Barcelona. Donava la sensació que els barcelonins, poc acostumats a la pluja, havien decidit amuntegar-se en el mateix metre quadrat on l’Eusebi protegia el poema mentre que, amb l’altra mà, es mirava el mòbil. Esperava una resposta de la Laia. Quan aquesta va arribar no va ser l’esperada.
Deia: “Uf, ara ve el pesat de l’Eusebi, quan acabi amb ell et truco i parlem, carinyu”. I un emoji amb un petó, i un cor.
La Laia va esborrar el missatge massa tard. L’Eusebi li va preguntar pel que acabava de llegir. La Laia va escriure i escriure i després no va dir res, i va escriure i al final va dir “què?” i l’Eusebi va saber que alguna cosa no hi anava bé. Li va dir que ho havia llegit i que si pensava que era un pesat la deixaria tranquil·la. No era un pesat, va contestar la seva xicona, que d’on treia això.
No cal que et facis la boja, ho he…

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Palabras inútiles

Esta mañana, mientras esperaba sentado en el autobús a que el atasco se diluyera lo suficiente como para llegar más o menos a tiempo a mi puesto de trabajo, vi dos idiotas.

Después, me quedé pensando en eso mismo. Dos idiotas. Esas dos personas son idiotas. ¿Lo saben? ¿Son conscientes de ello? ¿Por qué lo sé yo?

Ni siquiera lo sé. Lo deduzco. Tengo unas pistas: sus problemas de dicción, su espontaneidad irreverente y descarada, la amplitud de sus gestos, su boca perennemente entreabierta, su mirada ida.

No es la primera vez que me he encontrado con idiotas. Unos con más rasgos, otros con menos, pero idiotas al fin y al cabo. Pero en esta ocasión fue diferente. Eran muy idiotas.

Aunque, en verdad, el idiota era yo. O no. Porque a partir de estos dos idiotas entendí que era yo quien los convertía en idiotas. Ellos no lo sabían, o sí, pero actuaban como si no les importase. Su forma de ser era censurable únicamente a mis ojos. Los censuraba yo. Los calificaba yo.

El idiota era yo.

Como cuando alguien es alto. O bajo. O inteligente, o estúpido. A es B, siendo A algo, y B una opinión subjetiva. El verbo ser lo crea, y esta creación desaparece en el momento en el que el receptor de esta idea deja de pensar en ello.

Una garrafa de cinco litros es pesada cuando tienes seis años. Esa misma garrafa deja de ser pesada cuando tienes treintaiséis. La garrafa en la que pienso no es la garrafa en la que piensas tú, lector. Por tanto, no es ni pesada ni ligera. Como el color. El cielo es azul y la luz más alta del semáforo es roja. Un daltónico no piensa lo mismo. O si la luz está apagada (otro copulativo, sólo nos dice que una luz apagada podrá cambiar pronto de estado, a uno que no sea apagado (si es binario a encendido, si es ternario a intermitente, etcétera).

Por tanto, el verbo copulativo no aporta nada. En cambio, eso que aporta es lo que nos hace humanos.

O no. Tampoco es que importe mucho.

(Como tampoco importa mi inseguridad a la hora de escribir la frase anterior. Ahora ya está escrita.)

Bajo el sol

Estamos en medio de la explanada
el sol está en lo alto
pájaros nos sobrevuelan
el sol en lo alto
nos observa
deja caer su esencia
nuestros cuerpos transpiran
estamos desnudos bajo el sol
que
en lo alto
cae sobre nosotros
en medio de la explanada
bajo el sol
y los pájaros
que
nos sobrevuelan
inmunes al calor
inmunes al sol
y
fijos
en nuestras cabezas
mareadas
bajo el calor
aplastadas
por el sol
sin saber si
besarnos
o
echar a correr

Máscaras

¿Has oído hablar del hombre que llevaba una máscara a todas partes, de mil colores, y que bajo ella escondía otra máscara, y bajo ella otra máscara, y bajo ella un sinnúmero de máscaras que olvidaba quitarse?

Trabaja por la noche: termina de perfilar una nueva máscara. Ésta es perfecta, finísima y no deja entrever que bajo ella hay otras máscaras. Termina cuando el resto nos despertamos, siempre justo a tiempo. Entonces, nos ponemos delante del espejo y si no nos damos cuenta aprovecha que se refleja en nosotros para ajustársela.


Imagen de aquí.

El piano preparado

El pianista preparaba su piano con tuercas, con tornillos, llaves y piedras. Monedas. Una cadena. Argollas o unas pinzas. Según. Cada tarde se sentaba y tocaba, primero, la misma melodía. Después se levantaba, recogía las preparaciones y el piano volvía a su sonido tradicional. Esa parte no era importante. Lo único que le interesaba era escuchar la misma melodía alterada por la casualidad.

Las preparaciones erosionaban las notas: a veces un re sonaba como un martillazo, o un re sostenido emitía un sonido opaco, a espiración fatal. O un mi hacía saltar una tuerca y volvía a ser el mi que todos conocían salvo en la memoria del pianista: él recordaba su renacimiento.

Estas alteraciones tampoco eran importantes. Tan solo tocar: la misma melodía, nunca igual. Nunca se repetía. Las alteraciones lo eran todo, pero tampoco influían en la melodía. Sus dedos se movían del mismo modo automático, en su cabeza era el mismo sonido, y aun así jamás repitió la canción.


Imagen tomada de aquí.