El pianista preparaba su piano con tuercas, con tornillos, llaves y piedras. Monedas. Una cadena. Argollas o unas pinzas. Según. Cada tarde se sentaba y tocaba, primero, la misma melodía. Después se levantaba, recogía las preparaciones y el piano volvía a su sonido tradicional. Esa parte no era importante. Lo único que le interesaba era escuchar la misma melodía alterada por la casualidad.

Las preparaciones erosionaban las notas: a veces un re sonaba como un martillazo, o un re sostenido emitía un sonido opaco, a espiración fatal. O un mi hacía saltar una tuerca y volvía a ser el mi que todos conocían salvo en la memoria del pianista: él recordaba su renacimiento.

Estas alteraciones tampoco eran importantes. Tan solo tocar: la misma melodía, nunca igual. Nunca se repetía. Las alteraciones lo eran todo, pero tampoco influían en la melodía. Sus dedos se movían del mismo modo automático, en su cabeza era el mismo sonido, y aun así jamás repitió la canción.


Imagen tomada de aquí.

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2 comentarios en “El piano preparado

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