Sin filtros

Lidi Farnals pasó nombres de canciones en el menú de la furgoneta de reparto, todavía en modo de ahorro de energía. Buscaba una en particular: la misma que escuchaba siempre cuando veía a las fotos de Zorita. Escuchar esa melodía dulce y alegre, junto con los preciosos contenidos de su influencer favorita, la hacía feliz. Sentada a su lado iba Gascó, el encargado de reparto. A Gascó no le hacía ninguna gracia tener que cuidar de la hija del jefe. No tenía opción: la niña se había emperrado en conocer a Zorita.
—Está bien, hija mía, hablaré con Gascó para ver si puede llevarte.
Gascó no pudo negarse. Era una orden directa de Farnals, él solo pudo elegir la fecha en la que su superior directo y su hija le acompañarían en su reparto por La Ram.
—¿Le importa que fume? —preguntó Gascó— Es mentolado.
—Sin problema.
El chofer puso la yema del pulgar sobre el escáner de huellas dactilares. La furgoneta se puso en marcha. Se iluminaron los mandos, las luces de posición y cruce se encendieron. —¿Es seguro?
—No hay nada más seguro en toda la comarca —Gascó golpeó la guantera del vehículo—, se lo prometo. Ahora, disfrute del paseo. ¿Es la primera vez que bajan a Barcentro?
—Hace años que no piso el área metropolitana. Ella, en cambio, nunca.
—¿Le ha explicado?
—No hará falta. Mírala, se pasará el viaje mirando fotos de Zorita.
—Esperemos, señor.
Su padre la conocía bien: durante el trayecto la niña no levantó los ojos de la pantalla de su teléfono inteligente. Tuvo tiempo de repasar con detenimiento las últimas fotos y vídeos subidos por la influencer. La parte que más le gustaba de Barcentro era La Ram: desde la estatua de Col hasta la fuente de Naletas, la había recorrido de la mano virtual de Zorita innumerables veces.
Para ella, La Ram y Zorita eran sinónimos. Lidi era una más de las habituales de sus contenidos, famosos en toda La Red por conseguir captar la esencia, según decía, del casco histórico de Barcentro. Era experta en el uso de filtros para lograr lo que parecía imposible: que La Ram se viera desierta y limpia.
La furgoneta salió de su garaje y el chofer activó el piloto automático. El sólido vehículo acorazado se incorporó a la carretera y pronto llegaron al área metropolitana. Mientras Farnals contemplaba horrorizado los suburbios su chofer aprovechó para poner a punto el subfusil.
—La nueve milímetros está en la guantera, señor. Por si acaso.
—Gracias, Gascó.
—Tiene suerte, hace poco terminaron de despejar el Paseo de Gra. Podremos llegar a Plaza Taluny antes de lo habitual.
Aún quedaban restos de chabolas sobre las aceras del Paseo. Cada cien metros había un destacamento y los accesos a las calles perpendiculares estaban bloqueados por barricadas.
—Madre del amor hermoso, parece zona de guerra.
—…y aquí tenemos una auténtica tienda de animales, con sus pajaritos, con qué colores, y sus conejitos y sus, ¿qué es eso, una rata? ¡Qué asco! —la voz chillona salió del teléfono inteligente de Lidi— Que no, que es un hámster, ¡qué mono!…
—Bájale la voz, Lidi. Entre la música y eso me entra dolor de cabeza.
—Sí, papá.
Se detuvieron al llegar al cruce entre la Ronda Santper y Paseo de Gra. Gascó saludó con la mano a los mercenarios que le esperaban. Entraron en el punto de control. El chofer abrió la puerta.
—La hemos avisado para que venga —El chofer señaló a la niña—. ¿Sabe qué se va a encontrar?
—¿Voy a conocer a Zorita?
—Un poco de paciencia, cariño.
—Síganme —dijo Gascó, dándoles la espalda.
Dos operarios empezaron a bajar cajas de la furgoneta. Gascó, Farnals y Lidi caminaron por un pasillo hasta llegar a una sala con mobiliario de campaña, dos hombres armados y una puerta desde cuyos ojos de buey se veía una alambrada y tras ella chabolas.
—Papá, esto no me gusta, no se parece en nada a las fotos de Zorita.
—¿No querías conocerla?
—Sí, pero no me esperaba esto. Este sitio es feo.
Gascó miró el reloj de su pulsera.
—Se retrasa, siempre igual.
Al cabo de unos minutos un mercenario abrió una de las puertas. Era un hombre fornido, armado con un subfusil. Junto a ella había una muchacha joven con cara de pocos amigos.
—A ver si esta vez me das un cacharro que funcione, matón, el anterior con esa mierda de filtros no me sirvió para casi nada, y necesito hacer fotos nuevas. ¿Habéis puesto alguno nue…
Gascó la censuró con la mirada.
—Hola Zorita —dijo.
—Tú no eres Zorita —exclamó Lidi.
—¿Cómo no voy a ser Zorita? Y tú, ¿quién coño eres?
—Es la niña que te dije que vendría a conocerte hoy —contestó Gascó.
—¡Hostia! No me acordaba. Hola, niña, ¿qué tal?
Pero Lidi no contestó. Se refugió tras las piernas de su padre.
—Encantado, Zorita.
—¿Y tú, viejo?
—Su padre.
—No eres Zorita —repitió Lidi, sollozando—. No te pareces en nada.
—Sí lo soy. Bah, da igual, para ti la perra chica que yo me quedo con la gorda. Matón, el móvil, y lo otro también, si no se acabaron las tonterías para distraer niñas bien.

A Lidi se le pasó la impresión en el viaje de vuelta. Pronto encontró otra influencer a quien seguir, y sin darse cuenta había vuelto a ver las fotos de Zorita. Le gustaban: la prefería así.
—Por cierto, señor, ¿para qué todo esto? —preguntó Gascó— ¿por qué no dejan que se mueran de hambre todos esos chabolistas?
—Sencillo: no sólo niñas bien, como dijo Zorita, la siguen. Ella no lo sabe, pero también vemos sus contenidos sin ningún filtro, y la retransmisión de la vida de las chabolas es un negocio muy lucrativo. No se hace la idea del dinero que se mueve con las apuestas.

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