La sanción

Pensé que lo de la sanción era una broma. El nuevo concejal de cultura, hombre larguirucho, de mirada distante dentro de unos ojos hundidos, de una palidez fantasmal, y una prosodia similar a una letanía mortuoria; prometió atajar de lleno los retrasos en las devoluciones de libros y películas en la biblioteca municipal.

Diez libros son la causa de mi desgracia. Aquellos diez libros que saqué el mes pasado de la biblioteca, y que reposaban ante mí, en la estantería, vacía a excepción de aquellos volúmenes y una foto de mi gato. Tres eran novelas baratas, otros tres prosa poética, un par de historia de la Segunda Guerra Mundial, y el último, la versión en cómic de Fahrenheit 451. Por motivos que no vienen al caso no he podido leer ni una sola de las páginas, las semanas han ido pasando y ahora mismo estoy temblando mientras escribo estas últimas palabras.

Se me pasó devolver los libros. Pude haberlos renovado. Me descuidé. Ahora oigo los golpes en la puerta. De tres en tres. Una voz trémula, sin vida, repite entre estertores, tras cada serie, mi nombre junto con una frase:

―Venimos a hacer efectiva la sanción.

(Texto escrito para el Instagram de Leemergence)