Confinamiento

La casa está en llamas por un fuego invisible,
la piel se ha convertido en grasa tóxica,
las bocas en pozos de muerte,
la compañía en vehículo de la enfermedad,
nuestros cuerpos son portadores de la pandemia
y seguimos riéndonos las gracias,
mirando al cielo y rogando a dios por un perdón
que nosotros mismos no nos damos
y que, más allá del perdón mismo,
no va a servir para nada:
las camas están llenas
y de la esperanza de volver a anteayer
solo queda la esperanza.

¿Quién enterrará a quién?
¿Qué enterrará a qué?

La rueda

Ahora que veo la rueda de mi vida de perfil,
sin correr ante ella,
sin ahogarme en mi propia velocidad.

Ahora que me han apartado de un empujón
la veo, en todo su esplendor,
¿qué veo? ¿qué jeroglíficos la hechizan?

Floto en el vacío y afuera llueve,
las aves continúan sobrevolando
y la ingravidez del vacío me abraza.

Por suerte, todavía no ha llegado el frío.
Aunque aún no tengo claro si floto,
caigo, o simplemente asciendo.

Demasiado agudo

Estoy sentado en el balcón de mi casa viendo cómo un hospital raquítico se satura de enfermos inconscientes de una enfermedad que es una broma comparada con la peste bubónica. Algunos bromean con el Apocalipsis, otros con el fin del mundo tal y como lo conocemos.

La cuerda, tensa, se rompió. Y lo que tenía que morir, parece que por fin va a morir. Los cuerpos los contaremos nosotros cuando llegue la luz del amanecer y, los sueños, como dijo Garcilaso, sueños son.

El ángel

El ángel vino de Marruecos para salvarte,
cruzó el estrecho bajo un camión,
vive en la calle, donde no puedes verlo,
escondido junto a la bolsa de pegamento,
esperándote.

Vino para salvarte de tu prisión eterna,
dispuesto a romper tus cadenas de miseria
de un tirón, sin piedad,
como actúan los ángeles descorazonados,
subido a la moto de un amigo suyo.

De entre su miseria surgirá una mano rápida,
buscará con ejecución certera
tu reloj de oro y brillantes que te esclaviza,
y tu bolso donde cargas a tu amo inteligente.

No más selfies, no más prisas,
solo el suelo desde el que contemplar
cómo la moto derrapa al girar la esquina.

Silencio pregunta

Estás encerrado en casa con alguien que no conoces. Puede ser tu cónyuge, tu  descendencia, tus padres, y con ellos estás tú y tú contigo mismo, y contigo el silencio que llega después de Netflix, después de la última película cuando ya, hastiado, apagas la tele.

En ese silencio ¿qué escuchas?, ¿qué es esa voz al fondo que hasta hoy has ahogado con fiestas, trabajos, fantasías, envidias y caprichos?, ¿oyes lo que te pregunta?

Por mucho que mires el calendario, por mucho que se acabe el confinamiento, esa voz va a estar ahí esperando. No tiene prisa, te acompañará hasta el día de tu muerte. Y ese día, cuando os despidáis, tú solo podrás responder una única cosa.

Por jugar

En mi humilde opinión escribir es, más que un arte, un trabajo de artesanía. La parte artística está ahí, es necesaria para que un hilo de palabras se convierta en algo hermoso. Pero este hilo sin tener debajo un cuerpo, una estructura, no pasa de madeja a abandonar en un cajón cualquiera del escritorio.

Todo esto lo digo porque hace meses que no consigo escribir nada, que noto un candado, un bloqueo, un juicio que me impide no sólo considerar ideas como buen material sobre el que poder trabajar, sino directamente me incapacita para tener algo escrito. ¿Miedo a la hoja en blanco? He oído algo de eso, aunque creo que va más allá.

Esto debe tener un por qué, me pregunto. Y se me ocurren, a bote pronto, varias causas. La primera, seguramente, es que hace mucho que no escribo. Si dicen que dinero llama a dinero, si no escribo, no van a venir las palabras como arte de magia a mi cabeza arrastrando un carromato lleno de buenas ideas. Es bastante de cajón.

Por otra parte desde hace por lo menos un año he descuidado mucho esta parte de mí. Si antes escribía por placer y encontraba tiempo para hacerlo, desde que empecé el máster y volví a trabajar en serio como desarrollador el tiempo, simplemente, se ha esfumado. A la vez la sombra del estrés, del tener mil cosas que hacer, el acabar con la cabeza llena de líneas de código, materia de estudio, y otros elementos ajenos que provocan una tensión ligera buscar trabajos, moderada manifestaciones y monotemas políticos o graves la pandemia vírica, hacen que la capacidad de soñar despierto, de evadirse, de dejar entrar la magia de las palabras se marchite.

¿Culpa mía? Sí. El único responsable de que no pueda escribir soy yo. Por la seriedad con la que me lo tomo. Demasiada o demasiada poca, todavía no lo he decidido. También lo soy de haber metido dentro de una cajita esta amante caprichosa como si fuera yo quien tuviera la sartén por el mango, en lugar de aceptar que, como todas las relaciones, esto es cosa de dos y que una relación a medias es una relación condenada al fracaso. Así que, sin duda alguna, acepto mis errores.

También, y sin que sirva como excusa barata para salir del paso, creo que esta pequeña crisis creativa puede estar relacionada con mis últimas lecturas. Durante los últimos 15 días he tenido que dedicar mi tiempo a leer un libro tan malo que me ha hecho sentir rabia y asco hacia el libro, su autor, y también hacia el oficio de escribir. Un libro de un autor famosillo, que vende bastante y saca libros como churros, no como yo, que soy incapaz de sacar nada. Lo único bueno del libro es la reseña que publicaré en Leemergence dentro de unos días, y todo lo que estoy aprendiendo sobre el oficio de escribir mal.

¿Qué hacer para curarme? Una opción es asumir que esto no va conmigo. Muerto el perro, se acabó la rabia. Pero rabia me da no poder escribir. Lo noto por dentro, noto la necesidad de hacerlo, de mantener vivo mi cerebro, de construir algo: no es una buena opción. Otra opción es escribir. Lo que sea. Esta entrada es una muestra de ello. Si no lo publico tendré la tentación de borrarlo, de destruirlo, o de dejarlo aparcado y olvidarme. Tengo por ahí muchos textos que como no van a tener ninguna salida —asumámoslo, esto es por jugar, se van a perder para siempre en cuanto Google Drive muera.

Volver a empezar. Poco a poco, armando pequeñas historias. A ver qué sale. Quizá sea esto lo que necesito, activar el blog, sacar mierdecilla e ir tirando. Por jugar.