Por jugar

En mi humilde opinión escribir es, más que un arte, un trabajo de artesanía. La parte artística está ahí, es necesaria para que un hilo de palabras se convierta en algo hermoso. Pero este hilo sin tener debajo un cuerpo, una estructura, no pasa de madeja a abandonar en un cajón cualquiera del escritorio.

Todo esto lo digo porque hace meses que no consigo escribir nada, que noto un candado, un bloqueo, un juicio que me impide no sólo considerar ideas como buen material sobre el que poder trabajar, sino directamente me incapacita para tener algo escrito. ¿Miedo a la hoja en blanco? He oído algo de eso, aunque creo que va más allá.

Esto debe tener un por qué, me pregunto. Y se me ocurren, a bote pronto, varias causas. La primera, seguramente, es que hace mucho que no escribo. Si dicen que dinero llama a dinero, si no escribo, no van a venir las palabras como arte de magia a mi cabeza arrastrando un carromato lleno de buenas ideas. Es bastante de cajón.

Por otra parte desde hace por lo menos un año he descuidado mucho esta parte de mí. Si antes escribía por placer y encontraba tiempo para hacerlo, desde que empecé el máster y volví a trabajar en serio como desarrollador el tiempo, simplemente, se ha esfumado. A la vez la sombra del estrés, del tener mil cosas que hacer, el acabar con la cabeza llena de líneas de código, materia de estudio, y otros elementos ajenos que provocan una tensión ligera buscar trabajos, moderada manifestaciones y monotemas políticos o graves la pandemia vírica, hacen que la capacidad de soñar despierto, de evadirse, de dejar entrar la magia de las palabras se marchite.

¿Culpa mía? Sí. El único responsable de que no pueda escribir soy yo. Por la seriedad con la que me lo tomo. Demasiada o demasiada poca, todavía no lo he decidido. También lo soy de haber metido dentro de una cajita esta amante caprichosa como si fuera yo quien tuviera la sartén por el mango, en lugar de aceptar que, como todas las relaciones, esto es cosa de dos y que una relación a medias es una relación condenada al fracaso. Así que, sin duda alguna, acepto mis errores.

También, y sin que sirva como excusa barata para salir del paso, creo que esta pequeña crisis creativa puede estar relacionada con mis últimas lecturas. Durante los últimos 15 días he tenido que dedicar mi tiempo a leer un libro tan malo que me ha hecho sentir rabia y asco hacia el libro, su autor, y también hacia el oficio de escribir. Un libro de un autor famosillo, que vende bastante y saca libros como churros, no como yo, que soy incapaz de sacar nada. Lo único bueno del libro es la reseña que publicaré en Leemergence dentro de unos días, y todo lo que estoy aprendiendo sobre el oficio de escribir mal.

¿Qué hacer para curarme? Una opción es asumir que esto no va conmigo. Muerto el perro, se acabó la rabia. Pero rabia me da no poder escribir. Lo noto por dentro, noto la necesidad de hacerlo, de mantener vivo mi cerebro, de construir algo: no es una buena opción. Otra opción es escribir. Lo que sea. Esta entrada es una muestra de ello. Si no lo publico tendré la tentación de borrarlo, de destruirlo, o de dejarlo aparcado y olvidarme. Tengo por ahí muchos textos que como no van a tener ninguna salida —asumámoslo, esto es por jugar, se van a perder para siempre en cuanto Google Drive muera.

Volver a empezar. Poco a poco, armando pequeñas historias. A ver qué sale. Quizá sea esto lo que necesito, activar el blog, sacar mierdecilla e ir tirando. Por jugar.

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