Confinamiento

La casa está en llamas por un fuego invisible,
la piel se ha convertido en grasa tóxica,
las bocas en pozos de muerte,
la compañía en vehículo de la enfermedad,
nuestros cuerpos son portadores de la pandemia
y seguimos riéndonos las gracias,
mirando al cielo y rogando a dios por un perdón
que nosotros mismos no nos damos
y que, más allá del perdón mismo,
no va a servir para nada:
las camas están llenas
y de la esperanza de volver a anteayer
solo queda la esperanza.

¿Quién enterrará a quién?
¿Qué enterrará a qué?

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