Timeline

Esta mañana, de camino a casa, tropecé mientras miraba las fotos de Instagram de la gente a la que sigo. Miré a mi alrededor para ver si había alguien grabándome. Me alegré de mi buena suerte: nadie se percató. Y después otra alegría: el objeto con el que había tropezado era una cartera. Estaba llena. De verdad: me la encontré, en la calle, en el suelo, abandonadita en busca de protección. Vino a mí. Y como vino a mí la abrí y vi que estaba llena de billetes de diez y de veinte euros.

Por fin, pensé, por fin tendré dinero para ser yo mismo, para poder llevar la ropa que marcará mi estilo, en lugar de estas feas prendas, anodinas y aburridas. Me gasté todo el dinero en prendas de ropa molonas, en un tinte para el pelo, un arreglo para la barba y unas gafas de pasta sin graduar. Mi viejo yo se podía ir a paseo. Me saqué fotos desde todos los ángulos posibles, con todas las ropas y todas las combinaciones que se me ocurrieron. Cada una con un mensaje, una intención: por fin me sentía yo mismo.

Actualicé el timeline. La había cagado con la compra: ya estaba todo pasado de moda, mi Instagram volvía a ser el de un viejo anodino, sin personalidad.

😦

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Dos piedras

Todos esos que se creen que van a ser una celebridad son unos ilusos: no van a lograr más que esa triste y enana marrón, incapaz de competir con el top del PageRank del estrellato en el que estaré, porque ya nací predestinado a la Fama, con mayúsculas, un veintiséis de junio de mil novecientos ochenta y nueve, justo cuatrocientos tres días después del estreno en EEUU de la serie original, y cuatrocientos un día después de que lo hicieran en España. Vi la serie una y otra vez hasta aprenderme los diálogos e interiorizar las actitudes y gestos de cada uno de los protagonistas: de Bernie, el basurero que alcanzaba la gloria a partir de sus movimientos entendí que el esfuerzo no lleva a ninguna parte, y de Hannah, gracias a su apertura de piernas, que lo importante de la vida era dejarse hacer hasta alcanzar la conmiseración venérea de alguien con pasta. Más tarde llegó la versión española, justo cuando empecé mi segunda época onánica, todavía en pleno esplendor, y con Eladia y Urraca fortalecí mis músculos a base de ejercicio: mi mano derecha tenía la fuerza necesaria para poder levantar un coche. No un utilitario, eso era una prueba nimia, sino uno de esos Porche Canyelle de nuevo rico, con nuevo rico y amante y depósito lleno de camino a la escapadita romántica en el mismo fin de semana en el que su cónyuge aprovecha para irse con su amante a ver el nuevo musical Fama en Broadway. Más tarde llegó el tatuaje, como no podía ser menos, de el logotipo de los hermanos Lehman. Ellos lo consiguieron sin necesitar bailar, sino preparando pacientemente un bosque de bambú que cuando brotó llevó a todo el mundo a hablar de ellos. Y más tarde llegó Internet, donde los quince minutos de fama sufren un recorte a lo Troika y quedan encogidos en un puñado de segundos capturados a base de vídeos de chiste y fotos sobre la única pared rosa del mundo, pared cuántica capaz de estar en mil lugares y un millón de timelines a la vez. Se la tendrán que cascar con dos piedras. Por eso, y porque tampoco soy un miserable ególatra cuya imagen pública lo es todo, he hecho un vídeo explicando cómo se la casca uno con dos piedras. Mi cirujano dice que hay que amputar. Perfecto: haré otro vídeo con la operación que obtendrá otro gritón de visitas. Le pediré que lo haga sin anestesia, así lo petará más.

Máscaras

¿Has oído hablar del hombre que llevaba una máscara a todas partes, de mil colores, y que bajo ella escondía otra máscara, y bajo ella otra máscara, y bajo ella un sinnúmero de máscaras que olvidaba quitarse?

Trabaja por la noche: termina de perfilar una nueva máscara. Ésta es perfecta, finísima y no deja entrever que bajo ella hay otras máscaras. Termina cuando el resto nos despertamos, siempre justo a tiempo. Entonces, nos ponemos delante del espejo y si no nos damos cuenta aprovecha que se refleja en nosotros para ajustársela.


Imagen de aquí.

El gorrión en la selva

Cuentan las leyendas que, después de una fuerte tormenta, un pequeño gorrión acabó en la selva. Desorientado, vio que a su alrededor todos los pájaros eran de vivos colores y él, marrón, se sentía feo y sucio.

Se acercó a una cacatúa y le preguntó a la cacatúa por qué tenía esos colores tan hermosos. La cacatúa le contestó que era para ser más hermoso, y cuanto más hermoso más querido y aceptado sería. El gorrión, triste, le pidió si podía darle una de sus plumas, a lo que la cacatúa accedió, se arrancó una de las más largas y se la dio al gorrión, que se la puso en su plumaje.

Más contento, el gorrión alzó el vuelo. Notó que la pluma le pesaba y le dificultaba volar, pero esto no le detuvo y decidió acercarse a un grupo de unas aves de colores más vivos que los de la cacatúa.

No lo aceptaron.

Llorando, se le acercó un loro, pues el grupo de aves estaba formado por loros, y le preguntó qué era lo que le pasaba. El gorrión le dijo que se sentía feo porque era marrón, y allá todas las aves eran de colores vivos. Le explicó lo que le dijo a la cacatúa y pensó que con la pluma de la cacatúa sería aceptado pero no. El loro se apiadó de él y le dijo que si quería le daría una de sus plumas. El gorrión, feliz, la aceptó.

El loro se despidió y el gorrión, con las dos plumas, emprendió el vuelo. Estas pesaban mucho, y le costó barbaridades llegar hasta el siguiente grupo de aves, que eran aves del paraíso. Se acercó hasta ellas.

Tampoco lo aceptaron.

El gorrión se alejó lamentándose por haber sido rechazado. Una de las aves del paraíso se le acercó y le preguntó qué le pasaba y por qué lloraba. Le explicó lo mismo que a la cacatúa y al loro, y el ave del paraíso le entregó otra de sus plumas. El ave del paraíso extendió sus alas y se marchó. El gorrión quiso hacer lo mismo, pero como tenía tanto peso perdió el equilibrio y se cayó al suelo.

Cuando se levantó se dio cuenta de que había perdido las plumas que las otras aves le habían dado. Se desesperó y empezó a saltar y a volar entre las ramas. Como no las encontraba subió y bajó por entre los árboles, se puso sobre las copas y cayó en picado e hizo unas cabriolas tan magníficas que congregó a todas las demás aves de la selva a su alrededor, que le admiraron y le pidieron que les enseñara a volar con tanta agilidad y donaire como él, el pequeño gorrión, sólo sabía hacer.