Edición limitada

Cuando descubrí que era de edición limitada, ya era tarde.

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El gorrión en la selva

Cuentan las leyendas que, después de una fuerte tormenta, un pequeño gorrión acabó en la selva. Desorientado, vio que a su alrededor todos los pájaros eran de vivos colores y él, marrón, se sentía feo y sucio.

Se acercó a una cacatúa y le preguntó a la cacatúa por qué tenía esos colores tan hermosos. La cacatúa le contestó que era para ser más hermoso, y cuanto más hermoso más querido y aceptado sería. El gorrión, triste, le pidió si podía darle una de sus plumas, a lo que la cacatúa accedió, se arrancó una de las más largas y se la dio al gorrión, que se la puso en su plumaje.

Más contento, el gorrión alzó el vuelo. Notó que la pluma le pesaba y le dificultaba volar, pero esto no le detuvo y decidió acercarse a un grupo de unas aves de colores más vivos que los de la cacatúa.

No lo aceptaron.

Llorando, se le acercó un loro, pues el grupo de aves estaba formado por loros, y le preguntó qué era lo que le pasaba. El gorrión le dijo que se sentía feo porque era marrón, y allá todas las aves eran de colores vivos. Le explicó lo que le dijo a la cacatúa y pensó que con la pluma de la cacatúa sería aceptado pero no. El loro se apiadó de él y le dijo que si quería le daría una de sus plumas. El gorrión, feliz, la aceptó.

El loro se despidió y el gorrión, con las dos plumas, emprendió el vuelo. Estas pesaban mucho, y le costó barbaridades llegar hasta el siguiente grupo de aves, que eran aves del paraíso. Se acercó hasta ellas.

Tampoco lo aceptaron.

El gorrión se alejó lamentándose por haber sido rechazado. Una de las aves del paraíso se le acercó y le preguntó qué le pasaba y por qué lloraba. Le explicó lo mismo que a la cacatúa y al loro, y el ave del paraíso le entregó otra de sus plumas. El ave del paraíso extendió sus alas y se marchó. El gorrión quiso hacer lo mismo, pero como tenía tanto peso perdió el equilibrio y se cayó al suelo.

Cuando se levantó se dio cuenta de que había perdido las plumas que las otras aves le habían dado. Se desesperó y empezó a saltar y a volar entre las ramas. Como no las encontraba subió y bajó por entre los árboles, se puso sobre las copas y cayó en picado e hizo unas cabriolas tan magníficas que congregó a todas las demás aves de la selva a su alrededor, que le admiraron y le pidieron que les enseñara a volar con tanta agilidad y donaire como él, el pequeño gorrión, sólo sabía hacer.

Maldito pelirrojo irlandés

Me alegré de llegar, por fin, a la puerta del bar. Fuera hacía un frío de mil cojones y cruzar la calle se había convertido en un deporte de alto riesgo si uno no quería ver cómo sus pelotas acababan congeladas, amputadas y con suerte guardadas en un botecito de cristal lleno hasta arriba de salmuera. Puta ventisca. Mis pobres pelotillas, que hacía un momento las había tratado con tanto cariño Mimí, convertidas en dos esferas amoratadas dentro de un frasco puesto encima de la cómoda, único elemento decorativo de la residencia de ancianos en la que acabaré mis días. Con una etiqueta: recuerdo del último invierno realmente duro. No era una imagen agradable, así que abrí la puerta con rabia. Demasiada, no conté con que la ventisca querría echarme una mano y ayudarme a abrirla para hacer que el portazo contra la máquina recreativa situada junto a la entrada resonara en todo el local. Ya podía despedirme de tomarme una cerveza tranquilo en aquel antro de mala muerte. Todos, desde Bennie, el camarero, hasta los viejos granjeros que bebían en la esquina repararon en mí. Fue un momento, tan solo un momento de distracción: pude ver cómo sus facciones pasaban de la sorpresa a la esperanza de que hubiera habido alguna novedad, como si de un spaghetti western se tratara, a la decepción al ver que se trataba de mí. Otro más de los parroquianos que traían sus huesos a esa esquina para emborracharse y pensar en cómo matar el tiempo a base de cerveza. Y eso fue lo que hice: me acerqué a la barra y le pedí a Bennie una pinta. Bendito líquido sagrado, cómo lo necesitaba en aquel momento. Me bebí casi medio vaso de un trago, dejé que la espuma resbalara por dentro y el mágico brebaje bajara por mi garganta, que su frescor sagrado me anunciara la paz mística que estaba contenida en sus moléculas alcohólicas.

Bennie me dijo algo con respecto a los portazos. Ignoré sus palabras sumido en mi éxtasis momentáneo. Las repitió. Me justifiqué diciendo que fue la ventisca, añadí que para que dejara de quejarse le compraría otra cerveza y como muestra de que iba en serio me terminé el vaso con otro trago largo. Aquí tienes, le dije. Bennie me preparó la segunda cerveza, la dejó ante mí y escuché otro portazo: esta vez fue Misha, el puto ruso loco. Nació Michael, de ruso sólo tenía el apellido traído por un inmigrante llegado a Estados Unidos hacía casi un siglo y una afición incontrolable por el Stolichnaya, pero él se empeñaba en presumir de rusidad, como si esa palabra existiera. No la mierda esa de los comunistas: él era un ruso de verdad, de los de los zares y las matrioshkas y las rubias pechugonas con pinta de llevar un millón de años congeladas.

Se sentó a mi lado. Le saludé, y él me contestó con algo que él pensaba que era ruso. Me negaba a seguirle el juego con esas palabras raras y mal pronunciadas. Si eso que decía era ruso, yo era la el puto William Shakespeare. Hizo un gesto a Bennie y se giró hacia mí. Estaba encantado con la ventisca, que era una señal de que sus antepasados cosacos estaban con él y le traerían buena suerte. El tipo estaba de buen humor. Perfecto, pensé, aún el que tendría buena suerte sería yo. Me venía bien que aquel hombretón fuerte y bobo estuviera contento. Hacía años trabajamos juntos en la gasolinera, cuando éramos chavales, antes del accidente que me dejó la mano izquierda para poco más que rascarme el culo. Después su reputación de pendenciero y buscavidas le adelantó: varias noches en el calabozo por escándalo público, comportamiento indecente y desobediencia a la autoridad lo convertían en la persona perfecta para mis planes. Porque tenía un plan, así que le dije que mejor si nos íbamos a hablar a una de las mesas libres. Aceptó.

Lo que le dije fue más o menos estos: Nadie se fija en las viejas locas que tiran cartas y esas mierdas. Esas hijas de puta, según me dijo, tienen pasta hasta en el ojete: cobran un buen pellizco por cada pregunta y únicamente tienen que hacer su teatrillo de pitonisas chungas e inventarse cualquier película que más o menos cuele y de tal forma que las clientas vuelvan una y otra vez a gastarse los cuartos con la mandanga que les venden. Que de dónde lo había sacado, me preguntó. Mimí, que además de chuparla como los ángeles estaba ida, tarada, como una puta regadera. Le gustaba ir a esos sitios y se sabía la vida y milagros de cinco o seis que estaban por el condado, y me habló bien de sobre todo dos de ellas: por lo visto, detrás de toda la decoración de bruja loca, con los santos y las estampitas y las figuritas de madera de a saber qué rollo chungo africano, tenían joyas y oro y diamantes. Sería como robarle el caramelo a un niño.

A Misha no le acabó de gustar la idea. Primero me preguntó quién era esa Mimí, si era Marilyn, la que se fue a la ciudad a estudiar algo de arte y que volvió porque la expulsaron después de pasarse todo el año de polla en polla y de copa en copa. Eso eran las malas lenguas, le contesté, pero sí, era ella misma. Después dijo que le daba mal rollo ponerse a jugar con la magia. Mejor si vas tú solo y te comes esa mierda.  Eh, colega, contesté, ¿que no me has visto bien? Apenas paso de uno sesenta y con esta mano inútil poco podría afanar. En cambio si colaboramos en esto podemos dar un buen palo y tendremos el invierno cubierto. Misha dudaba. Mira, dije, si te parece bien haremos esto: probamos con una vieja, dividiremos lo que arramblemos en dos mitades y tú serás el que elija primero.

Más te vale que no me la estés jugando, Fox, maldito pelirrojo irlandés. Tienes fama de fullero, y como me la líes te juro por la Virgen de Vladimir, que te mataré.

Nos pusimos en marcha en cuanto la tormenta arreció. Elegimos primero a la pitonisa que estaba más lejos de todas. Aquello sería como robarle el caramelo a un niño. La caravana de la vieja estaba en medio de la nada. Como esperábamos, tenía un perro encadenado, algo que parecía como un rottweiller lanudo. La caravana estaba bastante destartalada. La vieja se había hecho un jardincito al lado de la caravana, jardín del que apenas quedaban cuatro plantas congeladas y destrozadas. Junto a los restos del jardín había una PickUp rojo óxido salpicado por manchas de una época mejor.

Será entrar y salir. Entrar y salir, repitió Misha. Había anochecido. Detuvimos el coche sin detener el motor. Bajamos. El perro empezó a ladrar. Le tiré un trozo de carne y Misha se dirigió a la puerta de la caravana. El muy bestia prácticamente la arrancó de cuajo. Entró y yo tras él. Llevábamos pasamontañas y pistolas. La vieja se quedó petrificada, parecía como si no hubiera adivinado aquello, o si lo había hecho fingía que daba gusto. Le pregunté dónde estaban las joyas. Se hizo la loca. Insistí, y para que viera que insistía de verdad le puse mi pistola en su cabeza. La vieja mantuvo la dignidad como pudo, pero sus ojos le traicionaron. Miró hacia un cajón dos o tres veces mientras sudaba y temblaba como un flan. Temblaba toda: las manos, la cabeza, los brazos. Le temblaba la mandíbula. Indiqué a Misha que abriera el cajón.

Dijo que ahí había solo libros viejos y barajas hechas mierda. Le indiqué a la vieja que no se pasara de lista, que nos indicara dónde estaban los oros o acabaría mal. Der-der-derecha, dijo. Misha encontró lo que buscábamos. Vámonos, dijo.

Misha salió, di un par de pasos hacia atrás apuntando a la vieja y vi que suspiraba aliviada. Me llevaré otro recuerdo, le dije. Empalideció cuando cogí las barajas y los libros que había encontrado Misha.

Qué fácil, me dijo Misha una vez estuvimos en el coche. Vamos a por otra de esas viejas. Le tranquilicé. Le propuse que lo mejor sería hacer lo que habíamos propuesto: dividir el botín en dos y colocarlo donde pudiéramos. Misha me enseñó lo que había afanado: joyas, algo de dinero. No estaba mal. Se sorprendió cuando vio los libros y las barajas. Pues esto es lo que tenemos, dije, por una parte el dinero y las joyas, y por otra parte estos libros. Somos hombres de palabra, aquí están los dos montones, elige.

Misha se quedó con las joyas y el dinero, y yo con los libros. Después de separarnos fui a una tienda de antigüedades que no hacía preguntas y donde me dieron una buena pasta por los libros y las cartas. Por lo visto tenían más de doscientos años, en un perfecto estado de conservación. Joder, mi día de suerte, tenía razón el aspirante a ruso con eso de la ventisca. Pensé en Mimí y en lo que me dijo de las viejas: unas eran unas estafadoras, pero otras sí lo hacían en serio, hasta tenían libros del año de maricastaña. Pensé en Misha, aquello había que celebrarlo. Eso sí, primero tenía que darme el banquete. Parte de la pasta la gasté pillando un par de gramos de farlopa que me dediqué a esnifar en los coñitos de un par de putas. Después, borracho y colocado, me fui a casa de Misha. Amanecía. Toqué al timbre. Varias veces. Se encendió la luz. Vi la cara del Michael y después su puño y después nada.

Parecía como si me hubiera golpeado un puto oso. La cabeza me daba vueltas mezcla de alcohol, cocaína y el hostiazo que me pegó. A quién se le ocurre venir a tocar las pelotas a estas horas, me dijo. Luego me pidió perdón a su manera: con la botella de Stolichnaya sobre la mesa y un par de vasos, uno a cada lado. Cuando bebimos tres chupitos cada uno me contó que las joyas eran falsas. Qué putada, tío, fue lo máximo que alcancé a decir. Me preguntó después si había más pitonisas a las que robar. Asentí. Quería repetir. Y todo igual: entraríamos, le daríamos el palo a la tía y nos repartiríamos lo que pillásemos eligiendo él primero.

Muy bien, como quieras, contesté. Eso sí, tendremos que esperar a que se tranquilicen las cosas. Por ahora no se ha escuchado nada en la prensa, pero seguro que la bofia anda investigando esto.

Nos lo tomamos con calma. Durante medio año nos vimos lo mínimo y tuvimos los oídos bien abiertos: nadie hablaba de la vieja aquella. Únicamente Mimí me dijo que una de las pocas pitonisas legales se había marchado. Un día fue y se encontró con la maleza aplastada por las ruedas allá donde antes estaba la caravana. Por lo que me dijo Mimí llevaba tiempo pensando en marcharse y que estaba esperando a recibir la señal del bosque para buscar nuevos vientos. Misha se descojonó cuando se lo conté. Ahora éramos las señales del bosque, dijo. Su risa, en cambio, era nerviosa. Lo achaqué a su respeto por las cosas de magia negra. Lo importante es que teníamos carta blanca para actuar.

Dimos el segundo palo unas semanas después. La primavera despuntaba. El robo fue bastante igual: vieja solitaria en caravana, esta vez sin perro y sin jardín, puerta casi arrancada y cañón de pistola junto a la sien de la mujer. Pronto encontramos las joyas y el dinero, pero Misha quería algo más: le preguntó por los libros y las cartas. La vieja no entendió. Dónde están los libros y las cartas. En las estanterías junto a la cocina, dijo. Misha se los llevó todos. Después, en el coche, comprobamos que había cogido hasta libros de cocina y novelas baratas de chicas de piernas largas, can-can y pistoleros de gatillo fácil. Y entre ellos también libros de mancias, adivinación y Tarot.

Misha se quedó con los libros. Con todos. Hasta con las novelitas baratas.

No le volví a ver hasta que volví al pueblo y me lo encontré. Vendí las joyas por un dineral, que junto con el del primer palo a la tarotista estuve dando vueltas por la costa oeste durante unos tres meses. Fue en el bar. Entré y Misha, en cuanto me vio, se levantó. Se dirigió hacia mí. Salí a la calle, reculando. Me alcanzó, me alzó por los aires y me lanzó al suelo. Acabé en medio de la calle. Me levanté. Me dolía hasta el último hueso, pero a parte de eso todo bien, no parecía haber nada roto. Intenté tranquilizarle. Le pregunté qué era lo que pasaba. Puse mis manos a mano de pantalla. Un puñetazo suyo bien dado podría matarme. Caminé hacia atrás, él avanzaba hasta mí. Cómo iba yo a saberlo, le dije. Ha sido mala suerte. Sí, me lo he gastado. Putas, drogas, juerga. No he parado. Me sabe mal, colega, pero estas cosas son así. Tuviste que haber elegido mejor.

Mis palabras le enfurecían cada vez más. Me salvó la distancia que mantuve. Conocía bien esas calles, mejor que él. Sus gritos cada vez eran más fuertes. Estaba perdiendo el control. Hizo un amago de lanzarse sobre mí. Era muy grande, fácil de esquivar. Otro. Un tercero. El tipo estaba borracho. Sólo tuve que ayudarle con un empujoncito: cayó a tierra.

Aproveché para salir corriendo.

Lástima, no pude despedirme de Mimí. Me habría gustado, pero por lo que oí una tarotista le dijo que encontraría pronto el amor y esta vez uno de verdad, no el de un pelirrojo, que dicen que estamos engendrados por el diablo.


Texto inspirado en El zorro y el oso, cuento de tradición oral ruso.

Nuevo proyecto

No ha pasado ni un mes y mi cuerpo me pide que vuelva a escribir. Qué le vamos a hacer, descarto negarme porque si no terminaría de camino al manicomio y después de llevar años entrando y saliendo de oficinas que bien se podrían tildar con ese nombre no tengo muchas ganas de acabar desquiciándome.

Para ello, y como ando un poquito escaso de tiempo, voy a probar en dormir menos. Hace años probé el sueño polifásico, Uberman -una siesta de veinte minutos cada cuatro horas, total dormir dos horas al día-. Aguanté unos dos meses, hasta que rompí la rutina y me fui de vacaciones. Funcionó muy bien, sin sensación de fatiga o cansancio, y creo que las secuelas no han sido demasiado graves. Creo. Espero.

Por ejemplo, Leonardo Da Vinci no dormía mucho. Una hora y media al día. No voy a ser tan bestia. Me conformo con bajar a cuatro horas al día y, con las tres extra que le saco, escribir. Y ya si eso ir reduciéndolo hasta alcanzar al florentino. Y en estas tres horas extra aprovechar para escribir.

¿Escribir el qué, so pesao? Cuentos. Para niños. Cosas bonitas.