Soy imbécil

Lo reconozco: soy imbécil. Profundo. Profundísimo. De veras que me creí que había una posibilidad de que aquellos que han convertido el país en el cenagal apestoso que es pudieran marcharse a través de unas elecciones democráticas.

Creí que los españoles votaríamos de una forma más sensata, no eligiendo ya a nivel de ideas políticas, sino entre criminales condenados o ciudadanos que todavía no tienen un historial tan podrido. Los resultados de las elecciones están ahí. Aumentan los votos a unos, se reducen los votos de los otros. Es la voz del pueblo. España ha hablado.

Lo pensé. Lo reconozco. Soy imbécil. Profundo.

Ahora sólo falta ver las estadísticas de los votos para comprender qué ha pasado. Porque mientras escribo estas palabras pienso en la cuestión demográfica. Falta población joven, aumenta la población vieja, conservadora. Mi mundo, mi realidad, es la menos. Por contra, aquellos que ya solo miran por su propio interés, los que tienen miedo, los que ven la muerte cerca y sólo les importa su futuro, y los beneficiados por este sistema; son mayoría.

España somos un país envejecido, envilecido, empobrecido y envenenado.

Envejecido:

(Fuente: degeografía32)

Envilecido:

Empobrecido:

(Fuente: Arope 2014)

Envenenado:

(Fuente: PISA)

En fin. Soy imbécil.

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Propaganda electoral

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-Sí, hijo, todos esos hombres de los carteles son políticos, cada uno de un partido. Los políticos van a un lugar llamado parlamento, hablan y arreglan los problemas del país.

-¿Y por qué están en los carteles?

-Porque quieren que los votemos.

-¿Y por qué quieren que les votemos?

-Porque todos quieren ser presidente.

-¿Y por qué quieren ser presidente?

-Porque así podrán mandar.

-Papá, en mi cole hay un niño que manda mucho, pero no habla con casi nadie. ¿Por qué quieren mandar si son políticos y tendrían que hablar en vez de mandar?

-Hijo, yo tampoco lo entiendo.

 

¿Sabes? O sea, no sé

¿Cuál podría ser el misterio que se yergue tras las crípticas palabras que constituyen el título de esta entrada?

Una pista: se cambió de canal de televisión de uno donde emitían un programa indefinido a otro que tiene una rima horrorosa. La hora: la una y algo entre semana.

¿Me siento escandalizado por la frase que dijo la chica? ¿Tengo motivos para esta sensación? O sea, no sé. Ella es una imbécil, los que la rodean unos aprovechados, los que la miran unos idiotas y los que la siguen unos borregos. Es mi opinión, ¿sabes? Porque el libro más leído en este país es el de una rubia televisiva, y los programas de televisión son los que dictan a golpe de grito qué, cómo y cuánto piensa, dice o cree todo mi país. O sea, olos motivos tras las grandes manifestaciones del país vienen dictados por el deporte, un reality show o incluso la religión.

No sé.

Mientras tanto surgen nuevos nombres en los llamados “Papeles de Panamá”, que me traen a la memoria esa frase de la derechona que decía que no era bueno subir los impuestos al capital porque el capital huiría y se iría a otro lugar donde tributara menos. Y aquí no pasa nada.

O que los diputados y las diputadas de nuestro bendito país no sean capaces de respetar el mandato de la ciudadanía y ni siquiera sean capaces de formar un gobierno de mínimos.

Supongo que ¿sabes? O sea, no sé.

 

Berenice – Edgar Allan Poe

1916-illustration-by-harry-clarke-for-edgar-allan-poe_s-berenice-from-tales-of-mystery-and-imaginationBerenice, de Edgar Allan Poe, es uno de los primeros cuentos que escribió. Esta semana he tenido el honor de poder contarlo en La Casa de los Cuentos, y para ello he tenido que leérmelo, repasarlo, memorizarlo y comprenderlo hasta hacerlo mío.

Le entregué a la historia mis silencios y los pocos momentos de tranquilidad de los que suelo disfrutar allende la jornada laboral y las actividades de mantenimiento más básicas, como las relativas a la alimentación, a la higiene o al sueño. Mi constitución, de la que nunca he podido darme el gusto de presumir, se debilitó y mi humor pronto acabó equiparándose al de Egaeus, el narrador de la historia.

Esta emulación llegó al punto de que empecé a pasar por, al principio breves, luego más largos, accesos de atención suspendida, como las del protagonista. Un punto en la pantalla, un coche aparcado, el café enfriándose con sus burbujas del espresso descomponiéndose junto al borde de la taza. Cualquier cosa era capaz de provocar en mí el estado de suspensión que describió Poe.

Tuve que esforzarme para evitar sumergirme en él. Cada vez con mayor intensidad según se acercaba el día. En tanto, según repasaba las notas manuscritas percibí la trama mutando en un fractal bidireccional: hacia dentro, iterando el mismo concepto una y otra vez desde la más pequeña de las palabras hasta construir todo el conjunto del cuento, y hacia fuera, envolviendo mi propia realidad e igualándose a la propia entropía destructora de la cotidianidad.

Confinado en su biblioteca, Egaeus sólo podía seguir un único hilo. Al fin y al cabo, se trata de un personaje de ficción. En cambio yo puedo elegir. Puedo mantener la calma y tomar el camino que más me guste. Incluso el camino de la inacción. Para ello lo único necesario es la calma. No la  de la superficie, donde la atención monomaniática conlleva el horror engarzado en su ánima, sino en la profundidad. Es el conjunto lo que importa.

Por eso estoy hablando de este relato y por eso lo seleccioné. Tanto me fascinó cuando lo leí. No fue por el horror que habitaba entre sus poco menos de diez páginas, sino por la belleza que se ocultaba tras él. El mal surge del bien, anuncia Egaeus. A su vez, como bien calla el narrador limitado en la idiosincrasia de su prisión, el bien surge a su vez del mal. De la desolación surge la regeneración y de la muerte el renacimiento, como el que habitaba en las expresiones de alivio de los incautos que me escucharon y, por qué no admitirlo, en mí mismo cuando, agotado y envenenado, terminé de contar el cuento y me volví a sentar.

 

Ilustración de Harry Clarke.

El cactus y la justificación

 

Hola, me llamo Vince y soy escritor. Tengo un cactus dentro de una bolsa y encima de mi mesa, al lado del ordenador.

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Tengo algo más entre manos: una justificación. ¿Por qué hay un cactus encima de mi mesa? Eso es otra historia. La justificación corresponde a la afirmación previa. Soy escritor.

Soy escritor.

Y os lo voy a demostrar. Pronto. Muy pronto.

Ahora, os dejo con un (indecente) primer plano del cactus para que lo disfrutéis.

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