Una sutil lluvia de muerte

Una sutil lluvia de muerte brota ajada,
invisible para el ciego que vendió su vista,
una sutil lluvia que pudre mi alma
con su eterno vertido que el corazón enquista,
una sutil lluvia sobre tierra mojada
donde cipreses salvajes quiebran la pista,
encharca los pulmones del ángel que pierde
la voz, la mano, y cuya esperanza avista
las lágrimas de las náyades descarnadas
cantando poemas a la parca fatalista.

¿Y a quién cantamos hoy
buscando salvación y piedad?
¿Y a quién pedimos hoy
que nos levante la soledad?

Una sutil lluvia de muerte nos calla,
solo nos queda el aplauso y la desconfianza,
una sutil lluvia de muerte, sin arca
bajo ella somos granizo el día de labranza,
una sutil lluvia en la noche sin alba
donde gritamos que queremos luz y chanza,
para qué luz y un amago de risa enlatada,
cuando desnudos la lluvia nos alcanza
como el cénit del eclipse que abrasa
en la hora nona afilando, paciente, su lanza.

¿Y a quién cantamos hoy
buscando salvación y piedad?
¿Y a quién pedimos hoy
que nos levante la soledad?

Una sutil lluvia que tiene mil rostros
ha hecho del hombre una plaga impía,
una sutil lluvia que ha sembrado de lodo
ruinas de fábricas y tierra baldía,
una sutil lluvia que somos nosotros
ahoga la vida y obstruye la vía
que podría limpiar podredumbre y oro
porque para qué nos sirve este día
la cuenta bancaria y el viejo tesoro
cuando un simple virus siega y hastía.

¿Y a quién cantamos hoy
buscando salvación y piedad?
¿Y a quién pedimos hoy
que nos levante la soledad?

El ángel de la guarda

El ángel de la guarda no vive en las iglesias,
arrastra su cuerpo entre la inmundicia del vertedero.

No tiene brillantes alas ni aspecto divino,
sus manos están encallecidas y la dentadura podrida.

La belleza le expulsa y lo aplasta al bajo fondo,
arrastra muertos, se infecta y acaba muriendo él también.

No vive en las altas torres de las altas montañas,
se acumula junto a otros ángeles de la guarda en hormigueros.

El ángel de la guarda somos nosotros,
dispuestos a soportar otra vez otro golpe
de parte de los pocos a los que salvamos
pagando con nuestras vidas sus excesos.

Confinamiento

La casa está en llamas por un fuego invisible,
la piel se ha convertido en grasa tóxica,
las bocas en pozos de muerte,
la compañía en vehículo de la enfermedad,
nuestros cuerpos son portadores de la pandemia
y seguimos riéndonos las gracias,
mirando al cielo y rogando a dios por un perdón
que nosotros mismos no nos damos
y que, más allá del perdón mismo,
no va a servir para nada:
las camas están llenas
y de la esperanza de volver a anteayer
solo queda la esperanza.

¿Quién enterrará a quién?
¿Qué enterrará a qué?

Demasiado agudo

Estoy sentado en el balcón de mi casa viendo cómo un hospital raquítico se satura de enfermos inconscientes de una enfermedad que es una broma comparada con la peste bubónica. Algunos bromean con el Apocalipsis, otros con el fin del mundo tal y como lo conocemos.

La cuerda, tensa, se rompió. Y lo que tenía que morir, parece que por fin va a morir. Los cuerpos los contaremos nosotros cuando llegue la luz del amanecer y, los sueños, como dijo Garcilaso, sueños son.

El ángel

El ángel vino de Marruecos para salvarte,
cruzó el estrecho bajo un camión,
vive en la calle, donde no puedes verlo,
escondido junto a la bolsa de pegamento,
esperándote.

Vino para salvarte de tu prisión eterna,
dispuesto a romper tus cadenas de miseria
de un tirón, sin piedad,
como actúan los ángeles descorazonados,
subido a la moto de un amigo suyo.

De entre su miseria surgirá una mano rápida,
buscará con ejecución certera
tu reloj de oro y brillantes que te esclaviza,
y tu bolso donde cargas a tu amo inteligente.

No más selfies, no más prisas,
solo el suelo desde el que contemplar
cómo la moto derrapa al girar la esquina.

¿Qué?

Acabo de volverme consciente de una anomalía en mi caja de herramientas. Algo sobra en ella. Es una pieza insana, malsana, hecha de veneno retorcido. Frases enlazan frases, palabras una detrás de otra se pegan sin sentido, abriendo ríos sin ser otra cosa más allá de la pura y puta verborrea autocomplciente. Me construye frases largas. De esas formadas por morralla, exiliando adjetivos y definiciones más exactas: No la quiero ahí. Frases como acueductos romanos, todavía considerados como maravillas de la arquitectura, incluso hay ciudades donde sirven de gancho para turistas, sin embargo como elemento de ingeniería no pasaban de puta mierda. Los vasos comunicantes no existían en su época, y ahora tenemos, pues eso, un montón de piedras.

Sin esa herramienta venenosa el texto mejora, el resultado es un poquitín más digno. No llega a ser una obra de arte, ¿qué es eso? No se trata de arte, no se trata de la construcción de un texto bello o hermoso, no juego a esto de la ambición técnica, se trata de un juego, ver las consecuencias, detectar los flujos y las ideas surgidas a partir de un gesto: en nuestro idioma es una oclusiva velar antes de una vocal. En otros adopta otra forma, también una consonante antes de una vocal. Es lo no marcado, y un texto sin marcar de esta forma, sin detectar trazo de este elemento es más limpio, más elegante, más fluido.

Seguramente deberé aprender a olvidar este término.

A ti también debería olvidarte, como también debería huir de las formas indirectas de usar las herramientas tóxicas, detectarla como te podría detectar entre otras palabras, otras piezas en la construcción de mi futuro más inmediato cuando me siento ante el cuaderno o el teclado e invito a mis dedos volar: cuando me engaño buscando en otras caras la tuya y abro la puerta a subproductos como los usados para sustituir lo insustituible. A ti tampoco te puedo olvidar, como tampoco pudo olvidar Perec la víctima de su secuestro ni lo quiso hacer. Imagina, si hubiera olvidado su crimen podría haber dejado la puerta abierta propiciando así la fuga y su posterior detención. En cambio publicó un libro.

Es mejor no olvidarlo. Tampoco me da la gana olvidarlo: en el espacio vacío, en el entrelíneas de todo lo dejado atrás viven las palabras innecesarias, indeseadas, las caras y los números de teléfono, las horas de espera, las paradas de tren donde bajé, y donde seguí. Y todo eso es mi historia, todo eso forma mi tosca técnica de narración, de construcción. No hay mucho más. Solo restricciones, limitaciones, barreras, cientocuarentacaracteres condensados en un Big Bang intertextualizado con las decisiones correctas e incorrectas a la vez.

Lo admito: es mejor no olvidar quién soy, qué soy, qué tengo, qué limitaciones y qué condenas arrastro. Son yo mismo, si no sería algo así como Dios, sin barreras, sin restricciones donde encontrarme a mí mismo. La voz es lineal, construimos un único flujo basado en el tiempo, hilamos silencios rotos tan solo por una elección inconsciente y siempre perfecta para transmitir unos significados generados muchísimo más allá de nuestra parte consciente: no tenemos ni la más remota idea de los mensajes enviados, recibidos, interpretados, comprendidos y más tarde recordados.

Sin embargo, a la vez pienso: a la mierda, a la mierda con el mensaje. Éste no importa en nuestro mundo del todo vale, todo sirve, pornoverbo y prosa poética, fotocopia de forma y ventas gastrointeríticas. ¿No ves la montaña de libros en la estantería de libros de actualidad?

No vamos a vivir de esto. Por eso somos libres.

¿De qué?

En la cafetería

Me mira, ___sonríe,
__________baja la mirada,
__
_____vuelve a estar triste.
___
___Aprieta los ojos y
baja___otra vez___la mirada.

_Se toca el pelo,
tiene un mal día,
uno más y,
____encima,
__olvidó la cartera antes de salir.

Su acompañante
___invita________a un café,
___café con leche____y un hielo,
______________________hace calor,
________es primavera
___sin saber
que_______también_______lo es
_______para_________ella.

Bajo el sol

Estamos en medio de la explanada
el sol está en lo alto
pájaros nos sobrevuelan
el sol en lo alto
nos observa
deja caer su esencia
nuestros cuerpos transpiran
estamos desnudos bajo el sol
que
en lo alto
cae sobre nosotros
en medio de la explanada
bajo el sol
y los pájaros
que
nos sobrevuelan
inmunes al calor
inmunes al sol
y
fijos
en nuestras cabezas
mareadas
bajo el calor
aplastadas
por el sol
sin saber si
besarnos
o
echar a correr

A Patroclo

Patroclo, tuviste que morir para hacerme comprender que la inmortalidad carece de valor. El destino es mudo imán, ciego captor, impío verdugo. En mi evasión tomaste mis armas sabiendo que mi hado pendía de ellas. Ahora, tu cuerpo se pudre y tu alma, en tránsito hacia el Aqueronte, será mi óbolo en manos del barquero.

Las rencillas con Agamenón y el orgullo ultrajado no son más que fuegos fatuos con los que ahuyentar a las Erinias. Fuegos alimentados con sangre griega, sangre amiga, con la vanidad como ulterior ceniza. Entre ellas veo a medio consumir tu nombre, tu memoria, ¿tras tu muerte, quién conducirá mis caballos?

¡Cuánto sufrimiento en la batalla contra la única de las batallas que no es de recibo entablar! ¡Cuánta ausencia trajo la ausencia del primero de los hombres ante los muros de Ilión! De nada sirven la sangre heroica ni la luz del sol ni mi cuádriga sin tu gallardía. Tampoco loor tiznada de veleidad inane si de tu amistad solo conservo mis manos ensangrentadas.

¡A las armas, Pelida! La destrucción es la única retribución digna de tu cobardía.

¡A las armas!

En Troya, Casandra sintió un escalofrío.

La canción

He cantado mil veces esta canción,

todavía recuerdo el dolor de garganta

al día siguiente,

la sordera, la resaca y las ojeras

después de los conciertos a los que fui

tanta gente, tantos músicos y nombres

y siempre la misma canción,

sobre otros acordes

en la boca de tantas bocas

sobre el escenario

o en la cercanía de la intimidad

de un balcón sobre el abismo

o en listas de reproducción en la soledad

de una habitación que podría ser cualquiera.

 

Ahora, a mis años,

sin saber muy bien por qué,

sin esperarlo ya,

había dejado de dejar de escuchar música

-hasta cancelé mi suscripción a Spotify-

la tengo ante mí,

la misma voz que es mil voces

en la misma boca que es mil bocas

en la distancia que da la renuncia

por primera vez

he decidido hacer un esfuerzo por entenderla

y he entendido sin entender

que no hay nada que entender.

Sólo es una canción,

y en eso reside su grandeza.