¿Qué?

Acabo de volverme consciente de una anomalía en mi caja de herramientas. Algo sobra en ella. Es una pieza insana, malsana, hecha de veneno retorcido. Frases enlazan frases, palabras una detrás de otra se pegan sin sentido, abriendo ríos sin ser otra cosa más allá de la pura y puta verborrea autocomplciente. Me construye frases largas. De esas formadas por morralla, exiliando adjetivos y definiciones más exactas: No la quiero ahí. Frases como acueductos romanos, todavía considerados como maravillas de la arquitectura, incluso hay ciudades donde sirven de gancho para turistas, sin embargo como elemento de ingeniería no pasaban de puta mierda. Los vasos comunicantes no existían en su época, y ahora tenemos, pues eso, un montón de piedras.

Sin esa herramienta venenosa el texto mejora, el resultado es un poquitín más digno. No llega a ser una obra de arte, ¿qué es eso? No se trata de arte, no se trata de la construcción de un texto bello o hermoso, no juego a esto de la ambición técnica, se trata de un juego, ver las consecuencias, detectar los flujos y las ideas surgidas a partir de un gesto: en nuestro idioma es una oclusiva velar antes de una vocal. En otros adopta otra forma, también una consonante antes de una vocal. Es lo no marcado, y un texto sin marcar de esta forma, sin detectar trazo de este elemento es más limpio, más elegante, más fluido.

Seguramente deberé aprender a olvidar este término.

A ti también debería olvidarte, como también debería huir de las formas indirectas de usar las herramientas tóxicas, detectarla como te podría detectar entre otras palabras, otras piezas en la construcción de mi futuro más inmediato cuando me siento ante el cuaderno o el teclado e invito a mis dedos volar: cuando me engaño buscando en otras caras la tuya y abro la puerta a subproductos como los usados para sustituir lo insustituible. A ti tampoco te puedo olvidar, como tampoco pudo olvidar Perec la víctima de su secuestro ni lo quiso hacer. Imagina, si hubiera olvidado su crimen podría haber dejado la puerta abierta propiciando así la fuga y su posterior detención. En cambio publicó un libro.

Es mejor no olvidarlo. Tampoco me da la gana olvidarlo: en el espacio vacío, en el entrelíneas de todo lo dejado atrás viven las palabras innecesarias, indeseadas, las caras y los números de teléfono, las horas de espera, las paradas de tren donde bajé, y donde seguí. Y todo eso es mi historia, todo eso forma mi tosca técnica de narración, de construcción. No hay mucho más. Solo restricciones, limitaciones, barreras, cientocuarentacaracteres condensados en un Big Bang intertextualizado con las decisiones correctas e incorrectas a la vez.

Lo admito: es mejor no olvidar quién soy, qué soy, qué tengo, qué limitaciones y qué condenas arrastro. Son yo mismo, si no sería algo así como Dios, sin barreras, sin restricciones donde encontrarme a mí mismo. La voz es lineal, construimos un único flujo basado en el tiempo, hilamos silencios rotos tan solo por una elección inconsciente y siempre perfecta para transmitir unos significados generados muchísimo más allá de nuestra parte consciente: no tenemos ni la más remota idea de los mensajes enviados, recibidos, interpretados, comprendidos y más tarde recordados.

Sin embargo, a la vez pienso: a la mierda, a la mierda con el mensaje. Éste no importa en nuestro mundo del todo vale, todo sirve, pornoverbo y prosa poética, fotocopia de forma y ventas gastrointeríticas. ¿No ves la montaña de libros en la estantería de libros de actualidad?

No vamos a vivir de esto. Por eso somos libres.

¿De qué?

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En la cafetería

Me mira, ___sonríe,
__________baja la mirada,
__
_____vuelve a estar triste.
___
___Aprieta los ojos y
baja___otra vez___la mirada.

_Se toca el pelo,
tiene un mal día,
uno más y,
____encima,
__olvidó la cartera antes de salir.

Su acompañante
___invita________a un café,
___café con leche____y un hielo,
______________________hace calor,
________es primavera
___sin saber
que_______también_______lo es
_______para_________ella.

Bajo el sol

Estamos en medio de la explanada
el sol está en lo alto
pájaros nos sobrevuelan
el sol en lo alto
nos observa
deja caer su esencia
nuestros cuerpos transpiran
estamos desnudos bajo el sol
que
en lo alto
cae sobre nosotros
en medio de la explanada
bajo el sol
y los pájaros
que
nos sobrevuelan
inmunes al calor
inmunes al sol
y
fijos
en nuestras cabezas
mareadas
bajo el calor
aplastadas
por el sol
sin saber si
besarnos
o
echar a correr

A Patroclo

Patroclo, tuviste que morir para hacerme comprender que la inmortalidad carece de valor. El destino es mudo imán, ciego captor, impío verdugo. En mi evasión tomaste mis armas sabiendo que mi hado pendía de ellas. Ahora, tu cuerpo se pudre y tu alma, en tránsito hacia el Aqueronte, será mi óbolo en manos del barquero.

Las rencillas con Agamenón y el orgullo ultrajado no son más que fuegos fatuos con los que ahuyentar a las Erinias. Fuegos alimentados con sangre griega, sangre amiga, con la vanidad como ulterior ceniza. Entre ellas veo a medio consumir tu nombre, tu memoria, ¿tras tu muerte, quién conducirá mis caballos?

¡Cuánto sufrimiento en la batalla contra la única de las batallas que no es de recibo entablar! ¡Cuánta ausencia trajo la ausencia del primero de los hombres ante los muros de Ilión! De nada sirven la sangre heroica ni la luz del sol ni mi cuádriga sin tu gallardía. Tampoco loor tiznada de veleidad inane si de tu amistad solo conservo mis manos ensangrentadas.

¡A las armas, Pelida! La destrucción es la única retribución digna de tu cobardía.

¡A las armas!

En Troya, Casandra sintió un escalofrío.

La canción

He cantado mil veces esta canción,

todavía recuerdo el dolor de garganta

al día siguiente,

la sordera, la resaca y las ojeras

después de los conciertos a los que fui

tanta gente, tantos músicos y nombres

y siempre la misma canción,

sobre otros acordes

en la boca de tantas bocas

sobre el escenario

o en la cercanía de la intimidad

de un balcón sobre el abismo

o en listas de reproducción en la soledad

de una habitación que podría ser cualquiera.

 

Ahora, a mis años,

sin saber muy bien por qué,

sin esperarlo ya,

había dejado de dejar de escuchar música

-hasta cancelé mi suscripción a Spotify-

la tengo ante mí,

la misma voz que es mil voces

en la misma boca que es mil bocas

en la distancia que da la renuncia

por primera vez

he decidido hacer un esfuerzo por entenderla

y he entendido sin entender

que no hay nada que entender.

Sólo es una canción,

y en eso reside su grandeza.

Confesiones de un viajero

Pude cambiar el billete de tren.

Logré convertir la carta de la ostentación.

Conquisté bautizos la carta de la ostentación.

Camelé con adulteradas misivas prosopopéyicas.

Sí coba a la perversión de avisada vanidad.

Sucedí lisonjas depravadas al poner sobre aviso su altivez.

Prolongué el aplauso envilecido apostando tras chismes desdeñosos.

Postergué la alabanza humillada compitiendo después del chirimbolo arrogante.

Desastre

A veces, uno sin darse cuenta camina hacia el desastre,
hacia un empastre de nimiedades convertidas en lastre,
de casualidades que, como cantaría Mocedades,
te recuerdan que eres tú, eres tú quien suma maldades
en los pequeños detalles apilados en los valles
de una supuesta tranquilidad que no está en las calles,
ni en las oficinas ni en la cima de esa colina
que se ve más allá de de la constancia de una lluvia fina
en forma de interferencias y extrañas creencias
en un dios que aunque se vertebra de ciencias
y razones, por una extraña casualidad, concentra
su odio indiferente en una pulsión que encuentra
el instante exacto para romper el pacto
de no agresión que culmina el entreacto
que algunos llaman vida y que no es más que deriva
en océanos de marea convulsa y opresiva.

Y mientras me hago el muerto me espera un examen,
echo de menos un aliento que avive el velamen
con palabras dulces y suaves, que empuje las naves
de armazones podridos y camarotes sin llaves
hasta puertos de tranquilidad y quietud,
donde el estrés descanse dentro de plúmbeo ataúd
y la sencillez, la placidez, la sensatez levanten el vuelo
y descorran el velo que cubren mis ojos de lelo,
de quebrado, de celo extraviado, de enajenado caos
acostumbrado a gritar en cada ocasión: “sentaos,
tus sueños y tú, sed generosa casa de empeños,
de reluctante fachada y estoicos pergeños,
para quien quiera canjear mierda por paciencia,
avaricia por generosidad y vertedero por presencia”,
caos que tan solo por no saber decir que no
me convierte en otra ficha más del gran dominó.

No puedo volver atrás y deshacer casi todo este año,
lo vivido y lo cedido en decisiones que hoy son daño;
no puedo desandarlo porque sé que a herirme tiendo,
a decir que sí sin pensar y a zurcir con un remiendo
costuras de ajena pose y descerebrado impulso,
de acción rimbombante y compás insulso,
de mala memoria, de peor recuerdo y ciego a besos
y a caricias y a esperas y a los momentos que ilesos
e inmaculados salen de mi palacio autodestructivo,
esos que callados, privados, trazan el camino furtivo
de esperanza que conduce, en vez de a Roma,
a la alabanza a piso viejo, a cama estrecha y al idioma
que solo entiende de sábanas, de café por la mañana,
de cábala cotidiana; idoma que en parte del caos emana,
en parte de ti, y que si hoy se escucha en mi estancia
es porque el desastre no tiene, tal vez, tanta importancia.