Confesiones de un viajero

Pude cambiar el billete de tren.

Logré convertir la carta de la ostentación.

Conquisté bautizos la carta de la ostentación.

Camelé con adulteradas misivas prosopopéyicas.

Sí coba a la perversión de avisada vanidad.

Sucedí lisonjas depravadas al poner sobre aviso su altivez.

Prolongué el aplauso envilecido apostando tras chismes desdeñosos.

Postergué la alabanza humillada compitiendo después del chirimbolo arrogante.

Desastre

A veces, uno sin darse cuenta camina hacia el desastre,
hacia un empastre de nimiedades convertidas en lastre,
de casualidades que, como cantaría Mocedades,
te recuerdan que eres tú, eres tú quien suma maldades
en los pequeños detalles apilados en los valles
de una supuesta tranquilidad que no está en las calles,
ni en las oficinas ni en la cima de esa colina
que se ve más allá de de la constancia de una lluvia fina
en forma de interferencias y extrañas creencias
en un dios que aunque se vertebra de ciencias
y razones, por una extraña casualidad, concentra
su odio indiferente en una pulsión que encuentra
el instante exacto para romper el pacto
de no agresión que culmina el entreacto
que algunos llaman vida y que no es más que deriva
en océanos de marea convulsa y opresiva.

Y mientras me hago el muerto me espera un examen,
echo de menos un aliento que avive el velamen
con palabras dulces y suaves, que empuje las naves
de armazones podridos y camarotes sin llaves
hasta puertos de tranquilidad y quietud,
donde el estrés descanse dentro de plúmbeo ataúd
y la sencillez, la placidez, la sensatez levanten el vuelo
y descorran el velo que cubren mis ojos de lelo,
de quebrado, de celo extraviado, de enajenado caos
acostumbrado a gritar en cada ocasión: “sentaos,
tus sueños y tú, sed generosa casa de empeños,
de reluctante fachada y estoicos pergeños,
para quien quiera canjear mierda por paciencia,
avaricia por generosidad y vertedero por presencia”,
caos que tan solo por no saber decir que no
me convierte en otra ficha más del gran dominó.

No puedo volver atrás y deshacer casi todo este año,
lo vivido y lo cedido en decisiones que hoy son daño;
no puedo desandarlo porque sé que a herirme tiendo,
a decir que sí sin pensar y a zurcir con un remiendo
costuras de ajena pose y descerebrado impulso,
de acción rimbombante y compás insulso,
de mala memoria, de peor recuerdo y ciego a besos
y a caricias y a esperas y a los momentos que ilesos
e inmaculados salen de mi palacio autodestructivo,
esos que callados, privados, trazan el camino furtivo
de esperanza que conduce, en vez de a Roma,
a la alabanza a piso viejo, a cama estrecha y al idioma
que solo entiende de sábanas, de café por la mañana,
de cábala cotidiana; idoma que en parte del caos emana,
en parte de ti, y que si hoy se escucha en mi estancia
es porque el desastre no tiene, tal vez, tanta importancia.

Memento de la verdad

De vez en cuando ocurre algo que podría llamar memento de la verdad. Cuando sucede sólo yo lo percibo así, para el resto de los mortales mi turbación, duda y zozobra no tienen sentido o explicación más o menos lógica.

El último de ellos ha sido cuando he dicho un comentario que me ha puesto ante una verdad pasada: las cuatro de la mañana de hace diez años, ciento cuarenta y cuatro días y nueve horas. Tenía un güisqui en la mano y un alcoholismo en gestación prolongada.

—¿Estás bien?
—Sí.

Y se callan. Me sirve, no como Respice post te, hominem te esse memento. Quizá poco apropiada para los tiempos que corren.

Es fortuito

Elegí mi profesión que me da de comer y es fortuito.
Elegí una casa donde me cobijo y es fortuito.
Elegí un amor que me reconforta y es fortuito.
Elegí a mi familia, a mis padres y hermanos, y es fortuito.
Elegí a mis amigos y van y vienen porque es fortuito.
Elegí mis libros y películas y es fortuito.
Elegí un nombre que a su vez fue fortuito.
Elegí mi aspecto y mis taras de origen fortuito.
Elegí quién soy y es fortuito.
Elegí elegir y es fortuito
dentro del capricho de un orden fortuito.
Elegí preocuparme y dejar de preocuparme al ser fortuito.
Te elegí a ti como pude elegir a otro suceso fortuito.
Te dije adiós y te dije hola y el orden es fortuito.
Elegí la forma de matarme pero también es fortuito.
Elegí una única canción de nombre y ritmo fortuito.
Elegí la incomprensión, la soledad de lo fortuito.
Elegí el eco del valle de descubrimiento fortuito.
Elegí no elegir porque eso no es fortuito,
es un poema de carretera y madrugada.

La traición

Guy_fawkes_henry_perronet_briggs

Me traiciono cada vez que pienso en mañana y en ayer.

Cada vez que prefiero cerrar los ojos y dormir.

O salir y buscar una conversación.

O quedarme encadenado a una silla de madera llena de excusas.

Me traiciono a mí mismo sin piedad ninguna.

Y busco en el papel en blanco un verso único.

Me traiciono al creer que soy alguien.

Al pensar que merece la pena algo de lo que hago.

Al soñar que a alguien le importa esto.

Cavo mi propia tumba cuando espero algo de mí.

Es fácil traicionarme.

Me traiciono y la vergüenza llega,

la misma que me anima a pensar en mañana y en ayer,

en cerrar los ojos y dormir,

o salir y buscar una conversación.

Son mis excusas, las conozco bien.

Me traiciono en horario de oficina.

Fuera, ¡ay! estoy cansado.

Y como traidor no merezco más que mi muerte.

La estoy deseando.