Memento de la verdad

De vez en cuando ocurre algo que podría llamar memento de la verdad. Cuando sucede sólo yo lo percibo así, para el resto de los mortales mi turbación, duda y zozobra no tienen sentido o explicación más o menos lógica.

El último de ellos ha sido cuando he dicho un comentario que me ha puesto ante una verdad pasada: las cuatro de la mañana de hace diez años, ciento cuarenta y cuatro días y nueve horas. Tenía un güisqui en la mano y un alcoholismo en gestación prolongada.

—¿Estás bien?
—Sí.

Y se callan. Me sirve, no como Respice post te, hominem te esse memento. Quizá poco apropiada para los tiempos que corren.

Es fortuito

Elegí mi profesión que me da de comer y es fortuito.
Elegí una casa donde me cobijo y es fortuito.
Elegí un amor que me reconforta y es fortuito.
Elegí a mi familia, a mis padres y hermanos, y es fortuito.
Elegí a mis amigos y van y vienen porque es fortuito.
Elegí mis libros y películas y es fortuito.
Elegí un nombre que a su vez fue fortuito.
Elegí mi aspecto y mis taras de origen fortuito.
Elegí quién soy y es fortuito.
Elegí elegir y es fortuito
dentro del capricho de un orden fortuito.
Elegí preocuparme y dejar de preocuparme al ser fortuito.
Te elegí a ti como pude elegir a otro suceso fortuito.
Te dije adiós y te dije hola y el orden es fortuito.
Elegí la forma de matarme pero también es fortuito.
Elegí una única canción de nombre y ritmo fortuito.
Elegí la incomprensión, la soledad de lo fortuito.
Elegí el eco del valle de descubrimiento fortuito.
Elegí no elegir porque eso no es fortuito,
es un poema de carretera y madrugada.