Fair play

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Los aficionados del mejor equipo del mundo, los más fieles y fanáticos, se reunieron una tarde antes de empezar la nueva temporada. Entre todos decidieron que, por el bien del espectáculo y el de su propia coherencia interna, cambiarían sus cánticos para, en vez de animar, desanimar a los suyos.


Imagen obtenida de Pixabay, autor Andy03

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Desastre

A veces, uno sin darse cuenta camina hacia el desastre,
hacia un empastre de nimiedades convertidas en lastre,
de casualidades que, como cantaría Mocedades,
te recuerdan que eres tú, eres tú quien suma maldades
en los pequeños detalles apilados en los valles
de una supuesta tranquilidad que no está en las calles,
ni en las oficinas ni en la cima de esa colina
que se ve más allá de de la constancia de una lluvia fina
en forma de interferencias y extrañas creencias
en un dios que aunque se vertebra de ciencias
y razones, por una extraña casualidad, concentra
su odio indiferente en una pulsión que encuentra
el instante exacto para romper el pacto
de no agresión que culmina el entreacto
que algunos llaman vida y que no es más que deriva
en océanos de marea convulsa y opresiva.

Y mientras me hago el muerto me espera un examen,
echo de menos un aliento que avive el velamen
con palabras dulces y suaves, que empuje las naves
de armazones podridos y camarotes sin llaves
hasta puertos de tranquilidad y quietud,
donde el estrés descanse dentro de plúmbeo ataúd
y la sencillez, la placidez, la sensatez levanten el vuelo
y descorran el velo que cubren mis ojos de lelo,
de quebrado, de celo extraviado, de enajenado caos
acostumbrado a gritar en cada ocasión: “sentaos,
tus sueños y tú, sed generosa casa de empeños,
de reluctante fachada y estoicos pergeños,
para quien quiera canjear mierda por paciencia,
avaricia por generosidad y vertedero por presencia”,
caos que tan solo por no saber decir que no
me convierte en otra ficha más del gran dominó.

No puedo volver atrás y deshacer casi todo este año,
lo vivido y lo cedido en decisiones que hoy son daño;
no puedo desandarlo porque sé que a herirme tiendo,
a decir que sí sin pensar y a zurcir con un remiendo
costuras de ajena pose y descerebrado impulso,
de acción rimbombante y compás insulso,
de mala memoria, de peor recuerdo y ciego a besos
y a caricias y a esperas y a los momentos que ilesos
e inmaculados salen de mi palacio autodestructivo,
esos que callados, privados, trazan el camino furtivo
de esperanza que conduce, en vez de a Roma,
a la alabanza a piso viejo, a cama estrecha y al idioma
que solo entiende de sábanas, de café por la mañana,
de cábala cotidiana; idoma que en parte del caos emana,
en parte de ti, y que si hoy se escucha en mi estancia
es porque el desastre no tiene, tal vez, tanta importancia.

Tabú

No sé por qué le tienen tanto respeto, incluso miedo, al suicidio. Es tabú. El peor pecado que puede cometer un cristiano. Origen de traumas en tus allegados, pobre de aquel que sea el primero en encontrar el cadáver. Tu hijo, tu amante, un enemigo, la policía después de una denuncia por peste a putrefacción.

Hola señor tal vez desconocido: usted está viendo mi cadáver. Yo ya no estoy.

Y te has ido. Te has suicidado, has elegido morir por tu propia mano. Elegir poner fin a la existencia. De repente, dejas de existir. Has dejado escrita una nota sobre la mesa, has preparado la cuchilla, o la cuerda, o el arma de fuego, o los somníferos y la botella, y se acabó. Cuando despiertas, según nuestra tradición judeocristiana, estás en el purgatorio. Si eres ateo directamente no vuelves a ver nada más. Se acabó, te has ido. Te has largado.

Muy pocos aprenden a contemplar su belleza. El suicidio es bello. Es lo más bello que puede hacer una persona: morir. No morir de casualidad o como punto final a una larga enfermedad, de esas que destrozan no sólo al paciente sino a todo su entorno. Es una muerte digna. Es una muerte desesperada, rápida, y eficaz. Te largas. Cierras tu historia, una historia que como toda buena historia tiene un punto final perfecto: el protagonista muere. Y muere con ganas. Con ilusión por morir. Ha cambiado.

Se ha trascendido.

En lugar de suicidio debería ser trascendencia. Yo trasciendo. Elijo ir más allá, elijo terminar. Mi existencia ha llegado a su límite: no hay nada que pueda aportar más, me retiro y dejo espacio para el siguiente que quiera trascender.

Lo he perdido todo por el camino. He visto lo que tenía que ver y he vivido lo que tenía que vivir. He cometido errores, he aprendido y he amado y he odiado y he dejado de lado todo lo que tenía que dejar de lado. Lo único que me queda es morir.

Viva el suicidio.

Ya no quiero ser yo

Soy una versión de mí mismo. Una versión iterable, en constante cambio. Mi estómago deshace el yogur que me he comido hace un momento. Sudo. Pienso en qué voy a comer hoy. Espaguetis carbonara a no ser que ocurra algo que me haga cambiar de opinión aunque, seamos sinceros, eso no ocurrirá.

Podría ser otra persona, como cantaba Evaristo Páramos, como el Rey de Roma o el alcalde de Pamplona o el payaso que dispare sobre ti. O un pequeño cambio, algo puramente aleatorio e intrascendente, como mi sexo, mi género, el color de mi piel. Hasta el color de mis ojos. Sería otra persona si mis ojos fueran de otro color. No me habrías dicho nunca que te enamoraste de mí por su color claro. Quizá te prendarías de otra cosa, pero no del color de mis ojos que serían del montón, como calificas el de los tuyos.

O si fuera de otro color de piel sería transparente a tus ojos. Tendría cds y sombreros para vender y habría llegado aquí en cayuco o patera o lo que esté de moda entre el sector del transporte de borregos sapiens sapiens de un lado a otro del mar. En las cajitas de plástico podrías leer el nombre de tus artistas favoritos, algunos del mismo color de piel que el que tendría yo, y pensarías en que pronto vendrán de gira, o que hace mucho que no ves ningún vídeo suyo en YouTube; o por qué no comprármelo pero para qué, si lo pones en Spotify o te lo bajas en ThePirateBay.

Imagina que fuera mujer. Tú que me miras con respeto porque sientes que hablo con propiedad y seguridad. Pasaría a ser una feminazi, o una chica insegura, débil, abotargada por tantos y tantos años de humillaciones constantes por guapa fea alta gorda baja delgada tetona plana culona culocarpeta zurda diestra normal desnormal subnormal anormal rubia morena rizada pelochina pelopolla bizca bofio caballuna narigona orejona uniceja gafotas torpe. Me mirarías el culo, querrías follarme, empotrarme, avasallarme con tu inteligencia habilidad conocimiento sabiduría fuerza chulería corte de pelo coche moto centímetros de bíceps de altura de polla.

Imagina que hubiera sido educado bajo los parámetros de otra religión. Incluso tal vez podría seguirla. Me mirarías y pensarías que quiero matarme porque hago el Ramadán y abluciones cinco veces al día, y yo te miraría con desprecio y asco porque tu cabeza no va cubierta por un velo; o seríamos enemigos porque tu deseo es diferente al que en público muestro; o creerías que soy un ser débil y apocado porque no como carne y quemo incienso en silencio cuando quiero alejarme un poco del mundo.

Podría seguir. Podría enumerar mil casos de discriminación que son fruto de la casualidad y que después pasan a ser causalidad de la superioridad con la que me tratas y con la que tratas a cualquiera que no haya tenido la puta suerte de nacer en tu sitio con tus papis y con tus padrinos y con tus millones en el puto banco. En cambio, estás podrido, tan podrido como yo lo puedo estar cuando me aprovecho de mi propia situación de superioridad. Cuando digo y pienso y miro y temo y sudo y me excito y ya no quiero ser yo porque de pequeño sólo quería ser una bola de energía sin cuerpo, sin que me dijeran qué guapo que era y qué bonitos eran mis ojos azules y qué alto y qué gracioso y bonico.

¿Eso soy yo?

Sí y no. Ya no quiero ser yo si ser yo es un conjunto de variables que son fruto de la alineación de la más absurda de las casualidades. A la mierda con el karma, a la mierda con los rasgos, a la mierda con todo lo que me define como lo que soy. A la mierda absolutamente todo lo que digo hago pienso escucho: todo eso define mi actual versión. Si es una versión, cambia, es decir, hay algo más allá, algo inmutable que ha de guiar ese cambio. El no-yo. Aquello que se encuentra más allá el yo. Ya no quiero ser yo. Sólo quiero ser no-yo.

Ese es mi regalo para ti. Te guste o no.