La rueda

Ahora que veo la rueda de mi vida de perfil,
sin correr ante ella,
sin ahogarme en mi propia velocidad.

Ahora que me han apartado de un empujón
la veo, en todo su esplendor,
¿qué veo? ¿qué jeroglíficos la hechizan?

Floto en el vacío y afuera llueve,
las aves continúan sobrevolando
y la ingravidez del vacío me abraza.

Por suerte, todavía no ha llegado el frío.
Aunque aún no tengo claro si floto,
caigo, o simplemente asciendo.

Silencio pregunta

Estás encerrado en casa con alguien que no conoces. Puede ser tu cónyuge, tu  descendencia, tus padres, y con ellos estás tú y tú contigo mismo, y contigo el silencio que llega después de Netflix, después de la última película cuando ya, hastiado, apagas la tele.

En ese silencio ¿qué escuchas?, ¿qué es esa voz al fondo que hasta hoy has ahogado con fiestas, trabajos, fantasías, envidias y caprichos?, ¿oyes lo que te pregunta?

Por mucho que mires el calendario, por mucho que se acabe el confinamiento, esa voz va a estar ahí esperando. No tiene prisa, te acompañará hasta el día de tu muerte. Y ese día, cuando os despidáis, tú solo podrás responder una única cosa.

Por jugar

En mi humilde opinión escribir es, más que un arte, un trabajo de artesanía. La parte artística está ahí, es necesaria para que un hilo de palabras se convierta en algo hermoso. Pero este hilo sin tener debajo un cuerpo, una estructura, no pasa de madeja a abandonar en un cajón cualquiera del escritorio.

Todo esto lo digo porque hace meses que no consigo escribir nada, que noto un candado, un bloqueo, un juicio que me impide no sólo considerar ideas como buen material sobre el que poder trabajar, sino directamente me incapacita para tener algo escrito. ¿Miedo a la hoja en blanco? He oído algo de eso, aunque creo que va más allá.

Esto debe tener un por qué, me pregunto. Y se me ocurren, a bote pronto, varias causas. La primera, seguramente, es que hace mucho que no escribo. Si dicen que dinero llama a dinero, si no escribo, no van a venir las palabras como arte de magia a mi cabeza arrastrando un carromato lleno de buenas ideas. Es bastante de cajón.

Por otra parte desde hace por lo menos un año he descuidado mucho esta parte de mí. Si antes escribía por placer y encontraba tiempo para hacerlo, desde que empecé el máster y volví a trabajar en serio como desarrollador el tiempo, simplemente, se ha esfumado. A la vez la sombra del estrés, del tener mil cosas que hacer, el acabar con la cabeza llena de líneas de código, materia de estudio, y otros elementos ajenos que provocan una tensión ligera buscar trabajos, moderada manifestaciones y monotemas políticos o graves la pandemia vírica, hacen que la capacidad de soñar despierto, de evadirse, de dejar entrar la magia de las palabras se marchite.

¿Culpa mía? Sí. El único responsable de que no pueda escribir soy yo. Por la seriedad con la que me lo tomo. Demasiada o demasiada poca, todavía no lo he decidido. También lo soy de haber metido dentro de una cajita esta amante caprichosa como si fuera yo quien tuviera la sartén por el mango, en lugar de aceptar que, como todas las relaciones, esto es cosa de dos y que una relación a medias es una relación condenada al fracaso. Así que, sin duda alguna, acepto mis errores.

También, y sin que sirva como excusa barata para salir del paso, creo que esta pequeña crisis creativa puede estar relacionada con mis últimas lecturas. Durante los últimos 15 días he tenido que dedicar mi tiempo a leer un libro tan malo que me ha hecho sentir rabia y asco hacia el libro, su autor, y también hacia el oficio de escribir. Un libro de un autor famosillo, que vende bastante y saca libros como churros, no como yo, que soy incapaz de sacar nada. Lo único bueno del libro es la reseña que publicaré en Leemergence dentro de unos días, y todo lo que estoy aprendiendo sobre el oficio de escribir mal.

¿Qué hacer para curarme? Una opción es asumir que esto no va conmigo. Muerto el perro, se acabó la rabia. Pero rabia me da no poder escribir. Lo noto por dentro, noto la necesidad de hacerlo, de mantener vivo mi cerebro, de construir algo: no es una buena opción. Otra opción es escribir. Lo que sea. Esta entrada es una muestra de ello. Si no lo publico tendré la tentación de borrarlo, de destruirlo, o de dejarlo aparcado y olvidarme. Tengo por ahí muchos textos que como no van a tener ninguna salida —asumámoslo, esto es por jugar, se van a perder para siempre en cuanto Google Drive muera.

Volver a empezar. Poco a poco, armando pequeñas historias. A ver qué sale. Quizá sea esto lo que necesito, activar el blog, sacar mierdecilla e ir tirando. Por jugar.

Timeline

Esta mañana, de camino a casa, tropecé mientras miraba las fotos de Instagram de la gente a la que sigo. Miré a mi alrededor para ver si había alguien grabándome. Me alegré de mi buena suerte: nadie se percató. Y después otra alegría: el objeto con el que había tropezado era una cartera. Estaba llena. De verdad: me la encontré, en la calle, en el suelo, abandonadita en busca de protección. Vino a mí. Y como vino a mí la abrí y vi que estaba llena de billetes de diez y de veinte euros.

Por fin, pensé, por fin tendré dinero para ser yo mismo, para poder llevar la ropa que marcará mi estilo, en lugar de estas feas prendas, anodinas y aburridas. Me gasté todo el dinero en prendas de ropa molonas, en un tinte para el pelo, un arreglo para la barba y unas gafas de pasta sin graduar. Mi viejo yo se podía ir a paseo. Me saqué fotos desde todos los ángulos posibles, con todas las ropas y todas las combinaciones que se me ocurrieron. Cada una con un mensaje, una intención: por fin me sentía yo mismo.

Actualicé el timeline. La había cagado con la compra: ya estaba todo pasado de moda, mi Instagram volvía a ser el de un viejo anodino, sin personalidad.

😦

¿Qué?

Acabo de volverme consciente de una anomalía en mi caja de herramientas. Algo sobra en ella. Es una pieza insana, malsana, hecha de veneno retorcido. Frases enlazan frases, palabras una detrás de otra se pegan sin sentido, abriendo ríos sin ser otra cosa más allá de la pura y puta verborrea autocomplciente. Me construye frases largas. De esas formadas por morralla, exiliando adjetivos y definiciones más exactas: No la quiero ahí. Frases como acueductos romanos, todavía considerados como maravillas de la arquitectura, incluso hay ciudades donde sirven de gancho para turistas, sin embargo como elemento de ingeniería no pasaban de puta mierda. Los vasos comunicantes no existían en su época, y ahora tenemos, pues eso, un montón de piedras.

Sin esa herramienta venenosa el texto mejora, el resultado es un poquitín más digno. No llega a ser una obra de arte, ¿qué es eso? No se trata de arte, no se trata de la construcción de un texto bello o hermoso, no juego a esto de la ambición técnica, se trata de un juego, ver las consecuencias, detectar los flujos y las ideas surgidas a partir de un gesto: en nuestro idioma es una oclusiva velar antes de una vocal. En otros adopta otra forma, también una consonante antes de una vocal. Es lo no marcado, y un texto sin marcar de esta forma, sin detectar trazo de este elemento es más limpio, más elegante, más fluido.

Seguramente deberé aprender a olvidar este término.

A ti también debería olvidarte, como también debería huir de las formas indirectas de usar las herramientas tóxicas, detectarla como te podría detectar entre otras palabras, otras piezas en la construcción de mi futuro más inmediato cuando me siento ante el cuaderno o el teclado e invito a mis dedos volar: cuando me engaño buscando en otras caras la tuya y abro la puerta a subproductos como los usados para sustituir lo insustituible. A ti tampoco te puedo olvidar, como tampoco pudo olvidar Perec la víctima de su secuestro ni lo quiso hacer. Imagina, si hubiera olvidado su crimen podría haber dejado la puerta abierta propiciando así la fuga y su posterior detención. En cambio publicó un libro.

Es mejor no olvidarlo. Tampoco me da la gana olvidarlo: en el espacio vacío, en el entrelíneas de todo lo dejado atrás viven las palabras innecesarias, indeseadas, las caras y los números de teléfono, las horas de espera, las paradas de tren donde bajé, y donde seguí. Y todo eso es mi historia, todo eso forma mi tosca técnica de narración, de construcción. No hay mucho más. Solo restricciones, limitaciones, barreras, cientocuarentacaracteres condensados en un Big Bang intertextualizado con las decisiones correctas e incorrectas a la vez.

Lo admito: es mejor no olvidar quién soy, qué soy, qué tengo, qué limitaciones y qué condenas arrastro. Son yo mismo, si no sería algo así como Dios, sin barreras, sin restricciones donde encontrarme a mí mismo. La voz es lineal, construimos un único flujo basado en el tiempo, hilamos silencios rotos tan solo por una elección inconsciente y siempre perfecta para transmitir unos significados generados muchísimo más allá de nuestra parte consciente: no tenemos ni la más remota idea de los mensajes enviados, recibidos, interpretados, comprendidos y más tarde recordados.

Sin embargo, a la vez pienso: a la mierda, a la mierda con el mensaje. Éste no importa en nuestro mundo del todo vale, todo sirve, pornoverbo y prosa poética, fotocopia de forma y ventas gastrointeríticas. ¿No ves la montaña de libros en la estantería de libros de actualidad?

No vamos a vivir de esto. Por eso somos libres.

¿De qué?