Palabras inútiles

Esta mañana, mientras esperaba sentado en el autobús a que el atasco se diluyera lo suficiente como para llegar más o menos a tiempo a mi puesto de trabajo, vi dos idiotas.

Después, me quedé pensando en eso mismo. Dos idiotas. Esas dos personas son idiotas. ¿Lo saben? ¿Son conscientes de ello? ¿Por qué lo sé yo?

Ni siquiera lo sé. Lo deduzco. Tengo unas pistas: sus problemas de dicción, su espontaneidad irreverente y descarada, la amplitud de sus gestos, su boca perennemente entreabierta, su mirada ida.

No es la primera vez que me he encontrado con idiotas. Unos con más rasgos, otros con menos, pero idiotas al fin y al cabo. Pero en esta ocasión fue diferente. Eran muy idiotas.

Aunque, en verdad, el idiota era yo. O no. Porque a partir de estos dos idiotas entendí que era yo quien los convertía en idiotas. Ellos no lo sabían, o sí, pero actuaban como si no les importase. Su forma de ser era censurable únicamente a mis ojos. Los censuraba yo. Los calificaba yo.

El idiota era yo.

Como cuando alguien es alto. O bajo. O inteligente, o estúpido. A es B, siendo A algo, y B una opinión subjetiva. El verbo ser lo crea, y esta creación desaparece en el momento en el que el receptor de esta idea deja de pensar en ello.

Una garrafa de cinco litros es pesada cuando tienes seis años. Esa misma garrafa deja de ser pesada cuando tienes treintaiséis. La garrafa en la que pienso no es la garrafa en la que piensas tú, lector. Por tanto, no es ni pesada ni ligera. Como el color. El cielo es azul y la luz más alta del semáforo es roja. Un daltónico no piensa lo mismo. O si la luz está apagada (otro copulativo, sólo nos dice que una luz apagada podrá cambiar pronto de estado, a uno que no sea apagado (si es binario a encendido, si es ternario a intermitente, etcétera).

Por tanto, el verbo copulativo no aporta nada. En cambio, eso que aporta es lo que nos hace humanos.

O no. Tampoco es que importe mucho.

(Como tampoco importa mi inseguridad a la hora de escribir la frase anterior. Ahora ya está escrita.)

El piano preparado

El pianista preparaba su piano con tuercas, con tornillos, llaves y piedras. Monedas. Una cadena. Argollas o unas pinzas. Según. Cada tarde se sentaba y tocaba, primero, la misma melodía. Después se levantaba, recogía las preparaciones y el piano volvía a su sonido tradicional. Esa parte no era importante. Lo único que le interesaba era escuchar la misma melodía alterada por la casualidad.

Las preparaciones erosionaban las notas: a veces un re sonaba como un martillazo, o un re sostenido emitía un sonido opaco, a espiración fatal. O un mi hacía saltar una tuerca y volvía a ser el mi que todos conocían salvo en la memoria del pianista: él recordaba su renacimiento.

Estas alteraciones tampoco eran importantes. Tan solo tocar: la misma melodía, nunca igual. Nunca se repetía. Las alteraciones lo eran todo, pero tampoco influían en la melodía. Sus dedos se movían del mismo modo automático, en su cabeza era el mismo sonido, y aun así jamás repitió la canción.


Imagen tomada de aquí.

Desastre

A veces, uno sin darse cuenta camina hacia el desastre,
hacia un empastre de nimiedades convertidas en lastre,
de casualidades que, como cantaría Mocedades,
te recuerdan que eres tú, eres tú quien suma maldades
en los pequeños detalles apilados en los valles
de una supuesta tranquilidad que no está en las calles,
ni en las oficinas ni en la cima de esa colina
que se ve más allá de de la constancia de una lluvia fina
en forma de interferencias y extrañas creencias
en un dios que aunque se vertebra de ciencias
y razones, por una extraña casualidad, concentra
su odio indiferente en una pulsión que encuentra
el instante exacto para romper el pacto
de no agresión que culmina el entreacto
que algunos llaman vida y que no es más que deriva
en océanos de marea convulsa y opresiva.

Y mientras me hago el muerto me espera un examen,
echo de menos un aliento que avive el velamen
con palabras dulces y suaves, que empuje las naves
de armazones podridos y camarotes sin llaves
hasta puertos de tranquilidad y quietud,
donde el estrés descanse dentro de plúmbeo ataúd
y la sencillez, la placidez, la sensatez levanten el vuelo
y descorran el velo que cubren mis ojos de lelo,
de quebrado, de celo extraviado, de enajenado caos
acostumbrado a gritar en cada ocasión: “sentaos,
tus sueños y tú, sed generosa casa de empeños,
de reluctante fachada y estoicos pergeños,
para quien quiera canjear mierda por paciencia,
avaricia por generosidad y vertedero por presencia”,
caos que tan solo por no saber decir que no
me convierte en otra ficha más del gran dominó.

No puedo volver atrás y deshacer casi todo este año,
lo vivido y lo cedido en decisiones que hoy son daño;
no puedo desandarlo porque sé que a herirme tiendo,
a decir que sí sin pensar y a zurcir con un remiendo
costuras de ajena pose y descerebrado impulso,
de acción rimbombante y compás insulso,
de mala memoria, de peor recuerdo y ciego a besos
y a caricias y a esperas y a los momentos que ilesos
e inmaculados salen de mi palacio autodestructivo,
esos que callados, privados, trazan el camino furtivo
de esperanza que conduce, en vez de a Roma,
a la alabanza a piso viejo, a cama estrecha y al idioma
que solo entiende de sábanas, de café por la mañana,
de cábala cotidiana; idoma que en parte del caos emana,
en parte de ti, y que si hoy se escucha en mi estancia
es porque el desastre no tiene, tal vez, tanta importancia.

Tabú

No sé por qué le tienen tanto respeto, incluso miedo, al suicidio. Es tabú. El peor pecado que puede cometer un cristiano. Origen de traumas en tus allegados, pobre de aquel que sea el primero en encontrar el cadáver. Tu hijo, tu amante, un enemigo, la policía después de una denuncia por peste a putrefacción.

Hola señor tal vez desconocido: usted está viendo mi cadáver. Yo ya no estoy.

Y te has ido. Te has suicidado, has elegido morir por tu propia mano. Elegir poner fin a la existencia. De repente, dejas de existir. Has dejado escrita una nota sobre la mesa, has preparado la cuchilla, o la cuerda, o el arma de fuego, o los somníferos y la botella, y se acabó. Cuando despiertas, según nuestra tradición judeocristiana, estás en el purgatorio. Si eres ateo directamente no vuelves a ver nada más. Se acabó, te has ido. Te has largado.

Muy pocos aprenden a contemplar su belleza. El suicidio es bello. Es lo más bello que puede hacer una persona: morir. No morir de casualidad o como punto final a una larga enfermedad, de esas que destrozan no sólo al paciente sino a todo su entorno. Es una muerte digna. Es una muerte desesperada, rápida, y eficaz. Te largas. Cierras tu historia, una historia que como toda buena historia tiene un punto final perfecto: el protagonista muere. Y muere con ganas. Con ilusión por morir. Ha cambiado.

Se ha trascendido.

En lugar de suicidio debería ser trascendencia. Yo trasciendo. Elijo ir más allá, elijo terminar. Mi existencia ha llegado a su límite: no hay nada que pueda aportar más, me retiro y dejo espacio para el siguiente que quiera trascender.

Lo he perdido todo por el camino. He visto lo que tenía que ver y he vivido lo que tenía que vivir. He cometido errores, he aprendido y he amado y he odiado y he dejado de lado todo lo que tenía que dejar de lado. Lo único que me queda es morir.

Viva el suicidio.