El usuario

“Soy libre”, escribí a muchos de mis contactos de WhatsApp una vez llegué a mi casa y cargaba el móvil.

Pasé intercambiando mensajes, poniéndome a la última en noticias, vídeos de YouTube, fotos de Instagram toda la noche. Leí mis correos electrónicos y planificamos en un grupo un viaje a Croacia. La semana pasada fue a Budapest. No sé a dónde lo planificaremos la próxima, quizá una ruta por el interior, o por Escandinavia. Con las fotos de las auroras boreales y los filtros se pueden hacer cosas muy guays.

Me saqué un par de selfies, grabé unos vídeos hablando de mi primer día de trabajo. El trabajo no es de lo mío, pero me vendrá bien para pagarme el nuevo iPhone. No es que éste, del que os escribo, falle, pero lo compré hace un año y medio, casi dos, ¿y adónde voy yo con un cacharro tan viejo?

Sin filtros

Lidi Farnals pasó nombres de canciones en el menú de la furgoneta de reparto, todavía en modo de ahorro de energía. Buscaba una en particular: la misma que escuchaba siempre cuando veía a las fotos de Zorita. Escuchar esa melodía dulce y alegre, junto con los preciosos contenidos de su influencer favorita, la hacía feliz. Sentada a su lado iba Gascó, el encargado de reparto. A Gascó no le hacía ninguna gracia tener que cuidar de la hija del jefe. No tenía opción: la niña se había emperrado en conocer a Zorita.
—Está bien, hija mía, hablaré con Gascó para ver si puede llevarte.
Gascó no pudo negarse. Era una orden directa de Farnals, él solo pudo elegir la fecha en la que su superior directo y su hija le acompañarían en su reparto por La Ram.
—¿Le importa que fume? —preguntó Gascó— Es mentolado.
—Sin problema.
El chofer puso la yema del pulgar sobre el escáner de huellas dactilares. La furgoneta se puso en marcha. Se iluminaron los mandos, las luces de posición y cruce se encendieron. —¿Es seguro?
—No hay nada más seguro en toda la comarca —Gascó golpeó la guantera del vehículo—, se lo prometo. Ahora, disfrute del paseo. ¿Es la primera vez que bajan a Barcentro?
—Hace años que no piso el área metropolitana. Ella, en cambio, nunca.
—¿Le ha explicado?
—No hará falta. Mírala, se pasará el viaje mirando fotos de Zorita.
—Esperemos, señor.
Su padre la conocía bien: durante el trayecto la niña no levantó los ojos de la pantalla de su teléfono inteligente. Tuvo tiempo de repasar con detenimiento las últimas fotos y vídeos subidos por la influencer. La parte que más le gustaba de Barcentro era La Ram: desde la estatua de Col hasta la fuente de Naletas, la había recorrido de la mano virtual de Zorita innumerables veces.
Para ella, La Ram y Zorita eran sinónimos. Lidi era una más de las habituales de sus contenidos, famosos en toda La Red por conseguir captar la esencia, según decía, del casco histórico de Barcentro. Era experta en el uso de filtros para lograr lo que parecía imposible: que La Ram se viera desierta y limpia.
La furgoneta salió de su garaje y el chofer activó el piloto automático. El sólido vehículo acorazado se incorporó a la carretera y pronto llegaron al área metropolitana. Mientras Farnals contemplaba horrorizado los suburbios su chofer aprovechó para poner a punto el subfusil.
—La nueve milímetros está en la guantera, señor. Por si acaso.
—Gracias, Gascó.
—Tiene suerte, hace poco terminaron de despejar el Paseo de Gra. Podremos llegar a Plaza Taluny antes de lo habitual.
Aún quedaban restos de chabolas sobre las aceras del Paseo. Cada cien metros había un destacamento y los accesos a las calles perpendiculares estaban bloqueados por barricadas.
—Madre del amor hermoso, parece zona de guerra.
—…y aquí tenemos una auténtica tienda de animales, con sus pajaritos, con qué colores, y sus conejitos y sus, ¿qué es eso, una rata? ¡Qué asco! —la voz chillona salió del teléfono inteligente de Lidi— Que no, que es un hámster, ¡qué mono!…
—Bájale la voz, Lidi. Entre la música y eso me entra dolor de cabeza.
—Sí, papá.
Se detuvieron al llegar al cruce entre la Ronda Santper y Paseo de Gra. Gascó saludó con la mano a los mercenarios que le esperaban. Entraron en el punto de control. El chofer abrió la puerta.
—La hemos avisado para que venga —El chofer señaló a la niña—. ¿Sabe qué se va a encontrar?
—¿Voy a conocer a Zorita?
—Un poco de paciencia, cariño.
—Síganme —dijo Gascó, dándoles la espalda.
Dos operarios empezaron a bajar cajas de la furgoneta. Gascó, Farnals y Lidi caminaron por un pasillo hasta llegar a una sala con mobiliario de campaña, dos hombres armados y una puerta desde cuyos ojos de buey se veía una alambrada y tras ella chabolas.
—Papá, esto no me gusta, no se parece en nada a las fotos de Zorita.
—¿No querías conocerla?
—Sí, pero no me esperaba esto. Este sitio es feo.
Gascó miró el reloj de su pulsera.
—Se retrasa, siempre igual.
Al cabo de unos minutos un mercenario abrió una de las puertas. Era un hombre fornido, armado con un subfusil. Junto a ella había una muchacha joven con cara de pocos amigos.
—A ver si esta vez me das un cacharro que funcione, matón, el anterior con esa mierda de filtros no me sirvió para casi nada, y necesito hacer fotos nuevas. ¿Habéis puesto alguno nue…
Gascó la censuró con la mirada.
—Hola Zorita —dijo.
—Tú no eres Zorita —exclamó Lidi.
—¿Cómo no voy a ser Zorita? Y tú, ¿quién coño eres?
—Es la niña que te dije que vendría a conocerte hoy —contestó Gascó.
—¡Hostia! No me acordaba. Hola, niña, ¿qué tal?
Pero Lidi no contestó. Se refugió tras las piernas de su padre.
—Encantado, Zorita.
—¿Y tú, viejo?
—Su padre.
—No eres Zorita —repitió Lidi, sollozando—. No te pareces en nada.
—Sí lo soy. Bah, da igual, para ti la perra chica que yo me quedo con la gorda. Matón, el móvil, y lo otro también, si no se acabaron las tonterías para distraer niñas bien.

A Lidi se le pasó la impresión en el viaje de vuelta. Pronto encontró otra influencer a quien seguir, y sin darse cuenta había vuelto a ver las fotos de Zorita. Le gustaban: la prefería así.
—Por cierto, señor, ¿para qué todo esto? —preguntó Gascó— ¿por qué no dejan que se mueran de hambre todos esos chabolistas?
—Sencillo: no sólo niñas bien, como dijo Zorita, la siguen. Ella no lo sabe, pero también vemos sus contenidos sin ningún filtro, y la retransmisión de la vida de las chabolas es un negocio muy lucrativo. No se hace la idea del dinero que se mueve con las apuestas.

Sagrera

L’Eusebi va avisar la Laia que ja havia agafat el metro, Hostafrancs. Calculà que arribaria a Sagrera, on l’esperava la seva xicona, en uns vint-i-pocs minuts. Portava amb ell, dintre de la butxaca de l’abric, la seva mà i juntament amb la mà una carta escrita des de les cinc del matí, quan es va despertar a conseqüència d’un malson, fins a les set. Es tractava d’un poema, encara que depenia molt de qui ho llegís. Per a l’Eusebi, era una disculpa sense acabar de ser-ho. Encara tenia com una mala consciència, un regust d’haver fet alguna cosa malament, perquè no entenia la distància apareguda des de feia unes dues setmanes entre la Laia i ell.
Notava el tacte del paper amb la punta dels dits. Amb facilitat repassava amb la ment cadascuna de les estrofes, de les paraules escrites amb tota la cura que hi va poder aplicar. Cuidava del sobre amb zel, no deixava que ningú s’apropés a la seva mà, fins i tot posant el seu cos com a barrera entre la porta i uns passatgers concentrats en el seu constant pujar i baixar del vagó.
El metro anava ple de gom a gom. Era hora punta, i a més plovia a Barcelona. Donava la sensació que els barcelonins, poc acostumats a la pluja, havien decidit amuntegar-se en el mateix metre quadrat on l’Eusebi protegia el poema mentre que, amb l’altra mà, es mirava el mòbil. Esperava una resposta de la Laia. Quan aquesta va arribar no va ser l’esperada.
Deia: “Uf, ara ve el pesat de l’Eusebi, quan acabi amb ell et truco i parlem, carinyu”. I un emoji amb un petó, i un cor.
La Laia va esborrar el missatge massa tard. L’Eusebi li va preguntar pel que acabava de llegir. La Laia va escriure i escriure i després no va dir res, i va escriure i al final va dir “què?” i l’Eusebi va saber que alguna cosa no hi anava bé. Li va dir que ho havia llegit i que si pensava que era un pesat la deixaria tranquil·la. No era un pesat, va contestar la seva xicona, que d’on treia això.
No cal que et facis la boja, ho he…

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Máscaras

¿Has oído hablar del hombre que llevaba una máscara a todas partes, de mil colores, y que bajo ella escondía otra máscara, y bajo ella otra máscara, y bajo ella un sinnúmero de máscaras que olvidaba quitarse?

Trabaja por la noche: termina de perfilar una nueva máscara. Ésta es perfecta, finísima y no deja entrever que bajo ella hay otras máscaras. Termina cuando el resto nos despertamos, siempre justo a tiempo. Entonces, nos ponemos delante del espejo y si no nos damos cuenta aprovecha que se refleja en nosotros para ajustársela.


Imagen de aquí.

El piano preparado

El pianista preparaba su piano con tuercas, con tornillos, llaves y piedras. Monedas. Una cadena. Argollas o unas pinzas. Según. Cada tarde se sentaba y tocaba, primero, la misma melodía. Después se levantaba, recogía las preparaciones y el piano volvía a su sonido tradicional. Esa parte no era importante. Lo único que le interesaba era escuchar la misma melodía alterada por la casualidad.

Las preparaciones erosionaban las notas: a veces un re sonaba como un martillazo, o un re sostenido emitía un sonido opaco, a espiración fatal. O un mi hacía saltar una tuerca y volvía a ser el mi que todos conocían salvo en la memoria del pianista: él recordaba su renacimiento.

Estas alteraciones tampoco eran importantes. Tan solo tocar: la misma melodía, nunca igual. Nunca se repetía. Las alteraciones lo eran todo, pero tampoco influían en la melodía. Sus dedos se movían del mismo modo automático, en su cabeza era el mismo sonido, y aun así jamás repitió la canción.


Imagen tomada de aquí.