La sanción

Pensé que lo de la sanción era una broma. El nuevo concejal de cultura, hombre larguirucho, de mirada distante dentro de unos ojos hundidos, de una palidez fantasmal, y una prosodia similar a una letanía mortuoria; prometió atajar de lleno los retrasos en las devoluciones de libros y películas en la biblioteca municipal.

Diez libros son la causa de mi desgracia. Aquellos diez libros que saqué el mes pasado de la biblioteca, y que reposaban ante mí, en la estantería, vacía a excepción de aquellos volúmenes y una foto de mi gato. Tres eran novelas baratas, otros tres prosa poética, un par de historia de la Segunda Guerra Mundial, y el último, la versión en cómic de Fahrenheit 451. Por motivos que no vienen al caso no he podido leer ni una sola de las páginas, las semanas han ido pasando y ahora mismo estoy temblando mientras escribo estas últimas palabras.

Se me pasó devolver los libros. Pude haberlos renovado. Me descuidé. Ahora oigo los golpes en la puerta. De tres en tres. Una voz trémula, sin vida, repite entre estertores, tras cada serie, mi nombre junto con una frase:

―Venimos a hacer efectiva la sanción.

(Texto escrito para el Instagram de Leemergence)

La gavina

Cada matí, cap a dos quarts d’onze, una mà rugosa, picada pel pas dels anys posava una boleta de pa sobre l’ampit de la finestra. Deu minuts després, una gavina baixava per a menjar-se’l. Així va ser per setmanes, fins que de la barra de pa només quedà una mica tan petita que l’aire se l’emportà ben lluny.

La gavina arribà massa tard: la darrera boleta de pa havia desaparegut. Colpejà el vidre amb el bec, demanant-ne més, però no va rebre cap resposta. Així va ser per tres dies. L’au arribava, cercava el pa i, quan comprenia que no en trobaria, colpejava el vidre i se n’anava.

Fins ahir. Aquest matí la gavina, a dos quarts i deu d’onze va sobrevolar la casa i, en lloc de baixar a l’ampit, va marxar espantada: els tècnics de l’ambulància parlaven i de la llitera coberta per un llençol penjava una mà rugosa, picada pel pas dels anys.

Berenice – Edgar Allan Poe

1916-illustration-by-harry-clarke-for-edgar-allan-poe_s-berenice-from-tales-of-mystery-and-imaginationBerenice, de Edgar Allan Poe, es uno de los primeros cuentos que escribió. Esta semana he tenido el honor de poder contarlo en La Casa de los Cuentos, y para ello he tenido que leérmelo, repasarlo, memorizarlo y comprenderlo hasta hacerlo mío.

Le entregué a la historia mis silencios y los pocos momentos de tranquilidad de los que suelo disfrutar allende la jornada laboral y las actividades de mantenimiento más básicas, como las relativas a la alimentación, a la higiene o al sueño. Mi constitución, de la que nunca he podido darme el gusto de presumir, se debilitó y mi humor pronto acabó equiparándose al de Egaeus, el narrador de la historia.

Esta emulación llegó al punto de que empecé a pasar por, al principio breves, luego más largos, accesos de atención suspendida, como las del protagonista. Un punto en la pantalla, un coche aparcado, el café enfriándose con sus burbujas del espresso descomponiéndose junto al borde de la taza. Cualquier cosa era capaz de provocar en mí el estado de suspensión que describió Poe.

Tuve que esforzarme para evitar sumergirme en él. Cada vez con mayor intensidad según se acercaba el día. En tanto, según repasaba las notas manuscritas percibí la trama mutando en un fractal bidireccional: hacia dentro, iterando el mismo concepto una y otra vez desde la más pequeña de las palabras hasta construir todo el conjunto del cuento, y hacia fuera, envolviendo mi propia realidad e igualándose a la propia entropía destructora de la cotidianidad.

Confinado en su biblioteca, Egaeus sólo podía seguir un único hilo. Al fin y al cabo, se trata de un personaje de ficción. En cambio yo puedo elegir. Puedo mantener la calma y tomar el camino que más me guste. Incluso el camino de la inacción. Para ello lo único necesario es la calma. No la  de la superficie, donde la atención monomaniática conlleva el horror engarzado en su ánima, sino en la profundidad. Es el conjunto lo que importa.

Por eso estoy hablando de este relato y por eso lo seleccioné. Tanto me fascinó cuando lo leí. No fue por el horror que habitaba entre sus poco menos de diez páginas, sino por la belleza que se ocultaba tras él. El mal surge del bien, anuncia Egaeus. A su vez, como bien calla el narrador limitado en la idiosincrasia de su prisión, el bien surge a su vez del mal. De la desolación surge la regeneración y de la muerte el renacimiento, como el que habitaba en las expresiones de alivio de los incautos que me escucharon y, por qué no admitirlo, en mí mismo cuando, agotado y envenenado, terminé de contar el cuento y me volví a sentar.

 

Ilustración de Harry Clarke.

Axl y Angus

Axl a un lado. Angus al otro. Entre ellos una mesa con un tapete, y sobre el tapete cartas ilustradas. Unas pocas relucen boca arriba. Juegan a Magic: The Gathering. Hay una raya de cocaína en el medio que bien podría simular la distancia que separa a ambos artistas.

A Angus se le está acabando el maná. Las cartas de tierras, con las que puede invocar criaturas, están pudriéndose por el paso de los años. En cambio, Axl sólo es Axl. Tiene mono. No de la raya, alrededor de la cual gravita toda su atención. Lo suyo se trata de un mono más allá del mono.

Hace tiempo que involucionó hasta igualarse a su deseo. Por eso Axl se va a dejar ganar: está en juego quién será el que se esnifará la raya. El perdedor, como contraprestación, tendrá que destruir el legado de una de las mayores bandas de rock, en estado de descomposición esclerótica por la propia ceguera avariciosa de Angus.

Ambos saben qué aguarda en los camerinos y les da igual cómo se repartan los roles. No se les nota. Por eso, no por otra cosa, son monstruos escénicos.