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Berenice – Edgar Allan Poe

1916-illustration-by-harry-clarke-for-edgar-allan-poe_s-berenice-from-tales-of-mystery-and-imaginationBerenice, de Edgar Allan Poe, es uno de los primeros cuentos que escribió. Esta semana he tenido el honor de poder contarlo en La Casa de los Cuentos, y para ello he tenido que leérmelo, repasarlo, memorizarlo y comprenderlo hasta hacerlo mío.

Le entregué a la historia mis silencios y los pocos momentos de tranquilidad de los que suelo disfrutar allende la jornada laboral y las actividades de mantenimiento más básicas, como las relativas a la alimentación, a la higiene o al sueño. Mi constitución, de la que nunca he podido darme el gusto de presumir, se debilitó y mi humor pronto acabó equiparándose al de Egaeus, el narrador de la historia.

Esta emulación llegó al punto de que empecé a pasar por, al principio breves, luego más largos, accesos de atención suspendida, como las del protagonista. Un punto en la pantalla, un coche aparcado, el café enfriándose con sus burbujas del espresso descomponiéndose junto al borde de la taza. Cualquier cosa era capaz de provocar en mí el estado de suspensión que describió Poe.

Tuve que esforzarme para evitar sumergirme en él. Cada vez con mayor intensidad según se acercaba el día. En tanto, según repasaba las notas manuscritas percibí la trama mutando en un fractal bidireccional: hacia dentro, iterando el mismo concepto una y otra vez desde la más pequeña de las palabras hasta construir todo el conjunto del cuento, y hacia fuera, envolviendo mi propia realidad e igualándose a la propia entropía destructora de la cotidianidad.

Confinado en su biblioteca, Egaeus sólo podía seguir un único hilo. Al fin y al cabo, se trata de un personaje de ficción. En cambio yo puedo elegir. Puedo mantener la calma y tomar el camino que más me guste. Incluso el camino de la inacción. Para ello lo único necesario es la calma. No la  de la superficie, donde la atención monomaniática conlleva el horror engarzado en su ánima, sino en la profundidad. Es el conjunto lo que importa.

Por eso estoy hablando de este relato y por eso lo seleccioné. Tanto me fascinó cuando lo leí. No fue por el horror que habitaba entre sus poco menos de diez páginas, sino por la belleza que se ocultaba tras él. El mal surge del bien, anuncia Egaeus. A su vez, como bien calla el narrador limitado en la idiosincrasia de su prisión, el bien surge a su vez del mal. De la desolación surge la regeneración y de la muerte el renacimiento, como el que habitaba en las expresiones de alivio de los incautos que me escucharon y, por qué no admitirlo, en mí mismo cuando, agotado y envenenado, terminé de contar el cuento y me volví a sentar.

 

Ilustración de Harry Clarke.

Axl y Angus

Axl a un lado. Angus al otro. Entre ellos una mesa con un tapete, y sobre el tapete cartas ilustradas. Unas pocas relucen boca arriba. Juegan a Magic: The Gathering. Hay una raya de cocaína en el medio que bien podría simular la distancia que separa a ambos artistas.

A Angus se le está acabando el maná. Las cartas de tierras, con las que puede invocar criaturas, están pudriéndose por el paso de los años. En cambio, Axl sólo es Axl. Tiene mono. No de la raya, alrededor de la cual gravita toda su atención. Lo suyo se trata de un mono más allá del mono.

Hace tiempo que involucionó hasta igualarse a su deseo. Por eso Axl se va a dejar ganar: está en juego quién será el que se esnifará la raya. El perdedor, como contraprestación, tendrá que destruir el legado de una de las mayores bandas de rock, en estado de descomposición esclerótica por la propia ceguera avariciosa de Angus.

Ambos saben qué aguarda en los camerinos y les da igual cómo se repartan los roles. No se les nota. Por eso, no por otra cosa, son monstruos escénicos.