Bajo el sol

Estamos en medio de la explanada
el sol está en lo alto
pájaros nos sobrevuelan
el sol en lo alto
nos observa
deja caer su esencia
nuestros cuerpos transpiran
estamos desnudos bajo el sol
que
en lo alto
cae sobre nosotros
en medio de la explanada
bajo el sol
y los pájaros
que
nos sobrevuelan
inmunes al calor
inmunes al sol
y
fijos
en nuestras cabezas
mareadas
bajo el calor
aplastadas
por el sol
sin saber si
besarnos
o
echar a correr

Anuncios

Máscaras

¿Has oído hablar del hombre que llevaba una máscara a todas partes, de mil colores, y que bajo ella escondía otra máscara, y bajo ella otra máscara, y bajo ella un sinnúmero de máscaras que olvidaba quitarse?

Trabaja por la noche: termina de perfilar una nueva máscara. Ésta es perfecta, finísima y no deja entrever que bajo ella hay otras máscaras. Termina cuando el resto nos despertamos, siempre justo a tiempo. Entonces, nos ponemos delante del espejo y si no nos damos cuenta aprovecha que se refleja en nosotros para ajustársela.


Imagen de aquí.

El piano preparado

El pianista preparaba su piano con tuercas, con tornillos, llaves y piedras. Monedas. Una cadena. Argollas o unas pinzas. Según. Cada tarde se sentaba y tocaba, primero, la misma melodía. Después se levantaba, recogía las preparaciones y el piano volvía a su sonido tradicional. Esa parte no era importante. Lo único que le interesaba era escuchar la misma melodía alterada por la casualidad.

Las preparaciones erosionaban las notas: a veces un re sonaba como un martillazo, o un re sostenido emitía un sonido opaco, a espiración fatal. O un mi hacía saltar una tuerca y volvía a ser el mi que todos conocían salvo en la memoria del pianista: él recordaba su renacimiento.

Estas alteraciones tampoco eran importantes. Tan solo tocar: la misma melodía, nunca igual. Nunca se repetía. Las alteraciones lo eran todo, pero tampoco influían en la melodía. Sus dedos se movían del mismo modo automático, en su cabeza era el mismo sonido, y aun así jamás repitió la canción.


Imagen tomada de aquí.

A Patroclo

Patroclo, tuviste que morir para hacerme comprender que la inmortalidad carece de valor. El destino es mudo imán, ciego captor, impío verdugo. En mi evasión tomaste mis armas sabiendo que mi hado pendía de ellas. Ahora, tu cuerpo se pudre y tu alma, en tránsito hacia el Aqueronte, será mi óbolo en manos del barquero.

Las rencillas con Agamenón y el orgullo ultrajado no son más que fuegos fatuos con los que ahuyentar a las Erinias. Fuegos alimentados con sangre griega, sangre amiga, con la vanidad como ulterior ceniza. Entre ellas veo a medio consumir tu nombre, tu memoria, ¿tras tu muerte, quién conducirá mis caballos?

¡Cuánto sufrimiento en la batalla contra la única de las batallas que no es de recibo entablar! ¡Cuánta ausencia trajo la ausencia del primero de los hombres ante los muros de Ilión! De nada sirven la sangre heroica ni la luz del sol ni mi cuádriga sin tu gallardía. Tampoco loor tiznada de veleidad inane si de tu amistad solo conservo mis manos ensangrentadas.

¡A las armas, Pelida! La destrucción es la única retribución digna de tu cobardía.

¡A las armas!

En Troya, Casandra sintió un escalofrío.

Césped

 

El césped brilla, los cuerpos de los internos se mueven de aquí para allá. Algunos caminan con sus andadores, otros se agarran al brazo de algún joven de facciones similares. Unos cuantos, al fondo, sobre sillas plegables, conversan. Unos cuantos tienen miradas perdidas. Están bien cuidados, vestidos con pulcritud, con el esmero digno de una visita programada.

Esa es la parte pública.

En cambio, allende el toque de queda, todos volvemos a la realidad de habitaciones clónicas, camas individuales y los restos del naufragio que llevó nuestras vidas al fondo abisal de una memoria inaccesible.

Mis nietos mayores, cuando me ven, me dicen que aquí me tratan muy bien. Los más pequeños me miran con repelús. No soy uno de esos viejos de trato agradable: de todo lo que he construido, hoy tan solo sirvo para moverme de aquí para allá y mirar las gotas del rocío artificial del riego automático.

Leemergence

Parafraseo a Robe Inieta cuando digo que no solo de escribir vive el hombre. Supongo que habréis visto que he tenido este blog un poco parado. También, si habéis sido avispados (hola Chaume) también sabréis que los libros ya no están en Amazon.

El motivo de este parón es sencillo. Junto a Judith hemos empezado un nuevo proyecto literario: Leemergence. En este blog vamos a subir reseñas de libros. Algo muy común hoy día. Sí, es cierto, sin embargo hemos decidido hacer un pequeño experimento: hemos decidido que reseñaremos los dos el mismo libro, como cada uno tiene una perspectiva literaria y vital diferente. Así podremos ver, comparar, y con suerte iniciar un debate alrededor de cada uno de los libros en particular y de la literatura en general.

Nuestra intención es publicar las reseñas cada dos semanas, así tendremos tiempo para leer los libros correspondientes y preparar la mejor versión de cada una de ellas. Hoy hemos publicado las primeras, correspondientes al libro de Defreds, núḿero uno en ventas, Historias de un náufrago hipocondríaco. Las podéis encontrar aquí -Judith- y aquí -la mía-. ¿Lo conoces? ¿Qué te parece? ¿Y las reseñas, se ajustan a tu opinión?

Por favor, si te gusta la literatura, leer, o simplemente quieres pasar un buen rato, estás más que invitado a Leemergence. Espero que disfrutes tu estancia en nuestro humilde blog compartido tanto como hemos disfrutado preparando, leyendo y reseñando estos libros.

¡Sé bienvenido!