Confinamiento

La casa está en llamas por un fuego invisible,
la piel se ha convertido en grasa tóxica,
las bocas en pozos de muerte,
la compañía en vehículo de la enfermedad,
nuestros cuerpos son portadores de la pandemia
y seguimos riéndonos las gracias,
mirando al cielo y rogando a dios por un perdón
que nosotros mismos no nos damos
y que, más allá del perdón mismo,
no va a servir para nada:
las camas están llenas
y de la esperanza de volver a anteayer
solo queda la esperanza.

¿Quién enterrará a quién?
¿Qué enterrará a qué?

Demasiado agudo

Estoy sentado en el balcón de mi casa viendo cómo un hospital raquítico se satura de enfermos inconscientes de una enfermedad que es una broma comparada con la peste bubónica. Algunos bromean con el Apocalipsis, otros con el fin del mundo tal y como lo conocemos.

La cuerda, tensa, se rompió. Y lo que tenía que morir, parece que por fin va a morir. Los cuerpos los contaremos nosotros cuando llegue la luz del amanecer y, los sueños, como dijo Garcilaso, sueños son.

Silencio pregunta

Estás encerrado en casa con alguien que no conoces. Puede ser tu cónyuge, tu  descendencia, tus padres, y con ellos estás tú y tú contigo mismo, y contigo el silencio que llega después de Netflix, después de la última película cuando ya, hastiado, apagas la tele.

En ese silencio ¿qué escuchas?, ¿qué es esa voz al fondo que hasta hoy has ahogado con fiestas, trabajos, fantasías, envidias y caprichos?, ¿oyes lo que te pregunta?

Por mucho que mires el calendario, por mucho que se acabe el confinamiento, esa voz va a estar ahí esperando. No tiene prisa, te acompañará hasta el día de tu muerte. Y ese día, cuando os despidáis, tú solo podrás responder una única cosa.