Autopublicar en Amazon: lecciones aprendidas

Hace veinticinco días que publiqué En deuda y Sheffield/Brough. No llega a un mes. Cómo son las cosas, desde que empecé el año no hice otra cosa que obsesionarme con este proyecto. Ahora, desde la pequeña perspectiva que da el haber publicado y visto los resultados, puedo saber qué ha pasado y cómo mejorar.

Publicar en Amazon es fácil. Muy fácil. Quizá demasiado fácil. Han montado el negocio para que cualquiera pueda subir contenidos. El flujo es el siguiente -no voy a ser exhaustivo, la documentación de Amazon es buena-: te das de alta, rellenas un par de formularios sencillos para la facturación, subes el documento, la portada, inscribes los participantes -entre ellos el autor, no hagas como yo que me olvidé de indicar quién había escrito los libros-, seleccionas un precio y le das a publicar.

Amazon, entre otras plataformas de publicación on-line, ha revolucionado el sector y se ha cargado al intermediario. Mi objetivo no era publicar a lo grande, a través de una editorial, sino simplemente publicar. Como desarrollador de software que soy decidí aplicar una metodología ágil con todo este proceso, es decir, patadón y pa’lante. Objetivo cumplido. Ahora ya puedo decir que he publicado un par de libros, estoy orgullosísimo de ver el resultado de estos meses de trabajo de escritura, revisión e investigación plasmado en dos libros que podéis descargar, disfrutar y compartir. Porque el trabajo ha sido intenso y, tal vez a que he tenido que llevarlo solo, todavía hoy me encuentro con errores. Corregirlos es sencillo, basta con volver a subir el archivo. Lo que me lleva a pensar si lo que he subido se puede considerar un libro como objeto cerrado o es más bien como una entrada de blog más largo y a la que le estoy poniendo precio.

¿Qué puede entrar en Amazon? ¿Qué hay de los escritores independientes? En su libro Indies, hipsters y gafapastas Víctor Lenore define “indie” no como independiente, sino como individualista. Muy centrado en el ser, en el ego, y no en querer ir más allá. Es de lo que se aprovecha Amazon para establecer su base de negocio. Al facilitar estas plataformas de publicación sin filtros, barreras y requisitos, cualquier cosa puede entrar aquí. Admito que no me interesan las publicaciones indies, me cuesta leer cosas sin tener referencias y, para mí, una referencia básica es que haya un objeto físico que respalde la propuesta del autor. Es decir, si alguien se ha molestado en imprimir un libro, es porque este libro merece la pena ser impreso. Me da miedo leer un libro indie, lo reconozco. El tiempo es oro y entre enfrentarme a un clásico o a un libro que sé que no me va a aportar nada, pues bien, tengo bastante clara la decisión. Y sí, he publicado dos libros en Amazon sin siquiera pensar en imprimirlos en papel. Soy consciente de ello.

Un libro, en cuanto abandona al autor y se lanza a la selva, deja de ser un libro, el libro, el resultado de lustros de experiencia, meses -o años- de trabajo, mimo, amor, obsesión, aislamiento y esfuerzo, para convertirse en un vulgar producto de consumo. Y en un mercado sin barreras de entrada tu producto es uno más en las infinitas estanterías digitales de un hipermercado virtualmente infinito. ¿Merece la pena esforzarse para sacar el mejor producto o hay que sacrificar calidad para crear algo rápido, inundar el mercado y llamar la atención al máximo número posible de lectores? ¿Qué prefieres, Vince, el premio Nobel o la revista Hola?

Esto me lleva a pensar en el rendimiento del libro. Amazon ofrece dos tipos de contrato. Uno, el normal, que te da en torno al 30% de las regalías del libro. Otro el 70% a cambio de exclusividad y que el libro se sitúe entre los 2,99€ y los 299,99€. Elegí este segundo. Sólo lo compraron amigos y familia. Aunque tres euros me parezca un precio razonable para un libro, en Amazon es excesivo. Pura ley de la oferta y la demanda. El exceso de demanda hunde los precios, como bien sabía Adam Smith. Y si nos vamos a David Ricardo, no queda otra que asignar a tu producto el valor marginal adecuado porque mis libros carecen de las características distintivas que lo llevarían a una zona más confortable del mercado. Y como mercado que es no se busca la excelencia del producto, sino la facilidad de salida. Por tanto, hay que adaptar el producto a lo que quiere el lector. Estoy de acuerdo. Escribir pensando en uno y no en el lector es un acto egoísta. Es decir, arte. Todo lo contrario que escribir para las masas, donde el autor conecta con las corrientes mayoritarias de la sociedad.

Otro reverso que ofrece la autopublicación es que el autor se encuentra solo ante el peligro. El libro no vale nada. Es el proceso de promoción y distribución lo que importa. Hay que trabajar en la preventa, la postventa, redes sociales, blogs, ir a charlas y coloquios y hablar con otros escritores para jugar al vengo a hablar de mi libro. Un coñazo. En eso una editorial, incluso autopublicar en papel y patearse mil y un garitos con tu libro bajo el brazo gana. Es más fácil presentar, regalar, invitar, sugerir o mostrar un producto que no un enlace. Lo contrario es más complicado. Cuando surge el tema de que he publicado cosas la conversación sigue este patrón: ¿has publicado, Vince? ¿Puedo verlo? Ah, en Amazon. Avísame cuando lo tengas en libro, que te lo compro, y ¿me lo firmarás?

En resumen, autopublicar en Amazon puede servir para inundar un mercado con un montón de títulos muy baratos y conseguir una fuente de ingresos extra a base de productos de consumo fáciles de digerir y sirvan para entretener. Lo importante es llamar la atención ya sea por volumen, por promoción o por precio. La calidad, la originalidad y el trabajo pasan a ser secundarios.

¿Qué te ha parecido? ¿Estás de acuerdo con mis conclusiones?

 

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Ediciones en papel

Estimado lector,

Muchas gracias a todos los que habéis mostrado interés en los dos libros que he publicado. La acogida de los libros ha sido superior a la que esperaba, así que no puedo más que agradeceros vuestro ánimo.

Algunos de vosotros me preguntan si voy a sacar una edición en papel. En un principio no iba a hacerlo, porque supone un gasto en dinero y en espacio -sobre todo el espacio- que no dispongo. En cambio, si veo que hay mucha demanda lo haré.

Por favor, comenta, tuitéame, ponte en contacto conmigo en el caso de que te interesara una copia en papel de alguno de los dos libros, o si quieres que te regale una edición firmada. Prepararé ediciones si hay suficiente demanda.

Un abrazo,

Vince

En deuda (extracto)

El desierto esplendor gótico de la iglesia parroquial contenía su penumbra en silencio. Se encontraba a la espera de que algún feligrés abriera la puerta principal, que era la que daba a la plaza del pueblo. Así, junto al fiel podría entrar el aliento del frío día que se había levantado aquella mañana. Poco duró la espera, pues la quietud del templo se estremeció con el crujido de una de las hojas de madera empujada desde el exterior. La luz de la calle entró recortando la silueta de un hombre. Junto a él el tráfico gritó su remolino de ruidos, prisas y llegotardes. Cerró la puerta tras él. Volvió el silencio. El hombre arrastraba los pies. Caminaba encorvado. Cruzó el ábside de la iglesia hasta llegar al estoico altar de piedra traicionado por un par de ramos de vivaces flores anacrónicas. Una vez allí se detuvo y contempló con una reverencia mil veces repetida el cristo de madera policromada y las vidrieras que representaban la ascensión del hijo de Dios al reino de los cielos tras innumerables sufrimientos en el mundo terrenal. Giró hacia la derecha encarándose a pequeña cripta dominada por una estatua dedicada a Santa Teresa entre cirios altos, cristos y textos en relieve alabando a la santa abulense.

El hombre entró en la pequeña cripta, donde unos pocos bancos de madera envejecida llenaban el espacio desnudo sólo coronado por la figura de la santa tras un enrejado y unas lápidas con nombres todavía legibles esparcidas por el suelo. Se sentó en el primer banco de la derecha, justo frente a la escultura, y sacó un rosario desgastado por el uso. Pasó cuentas a medida que iba completando las oraciones recogido sobre sí mismo. Los rezos no eran constantes, a diferencia de la rítmica y las interrupciones que profería, consistentes en peticiones de un auxilio que se tendría que condensar en un milagro que pudiera salvarlos.

Se levantó tras terminar la plegaria. Aún con el rosario entre sus dedos se acercó a la santa todo lo que le permitieron la decencia y la reja de hierro forjado. Apoyó sus manos sobre los barrotes verticales y pidió una vez más a Santa Teresa que si le ayudaba a no perder la casa se lo daría todo. Soltó el enrejado, guardó el rosario en el bolsillo de la chaqueta y miró a los ojos a la escultura. Por mucho que lo intentó, no pudo quitarse el regusto de ser incapaz de mostrarle ninguna emoción a la figura más allá de la desesperación ante la perspectiva que se le avecinaba si la santa no intercedía ante el director de la oficina bancaria para evitar el desahucio.

Salió de la cripta cabizbajo, cubierto por la vergüenza que brotaba de su impotencia, cruzó la iglesia sólo mirando de reojo los ricos exvotos que embellecían el edificio sagrado y empujó la puerta que daba a la calle. Junto con la atenuación de la sensación de frío y la retirada de las nubes que amenazaban descargar su negrura había llegado la luz en la plaza. El tráfico aparentaba haberse calmado. La quietud que envolvía la plaza, muy diferente a la astracanada de resol y horas punta con la que se encontró al llegar, le reconfortó. Era como si el manto protector de Santa Teresa le cubriera haciendo que su pequeño via crucis empezara con buenos augurios. Cruzó la plaza directo a la oficina bancaria. Había cola. Era día de cobro de las pensiones. Atravesó de malos modos, incluso a costa de llevarse consigo y a modo de propina miradas de rabia e indignación de un par de viejos ociosos, la cola de pensionistas que esperaba en la caja a que el primero de ellos terminara de comprobar el pago y actualizar la cartilla.

Faltaban tres minutos para la cita que tenía con el director de la sucursal. Se sentó en una de las sillas libres junto a la puerta del despacho. Destacaban por su incomodidad aún por encima del diseño, tan corporativo como perfecto para debilitar la vehemencia de posibles clientes quisquillosos.

Conocía muy bien a los empleados que trabajaban en esa sucursal. Ellos, a su vez, también a él. Eran gente del pueblo, compañeros de clase y de juegos cuando eran críos, hasta que la vida los llevó a cada uno por caminos diferenciados. En cierta manera se repetían los patrones repetidos durante la niñez salvo por un matiz: lo que se dirimía no era el prestigio del vencedor, sino una serie de transferencias bancarias. Los pósteres repartidos por la oficina anunciaban felicidad encima, debajo o sobre números con muchos ceros, porcentajes, letra pequeña y nombres de nuevos productos cuya definición pasaba inadvertida hasta para los propios empleados de la oficina. Dentro del despacho el director de la sucursal miraba el reloj. Un momento antes revisó su agenda. Sabía que su siguiente visita era puntual así que no se hicieron esperar. El hombre se levantó, hinchó su pecho con el máximo aire que pudo inspirar, contuvo la respiración, estiró la columna para recuperar la envergadura perdida por el trabajo primero y después por las penurias, y pensó en que Santa Teresa estaba con él para obrar el milagro que tenía que tener cocinado y listo para servir.

Golpeó con cuidado la puerta del despacho, que permanecía entreabierta. El director de oficina le invitó a pasar. El hombre entró decidido y le tendió la mano al empleado de banca, situado de pie junto a su escritorio, a un par de pasos de su puesto tras la mesa para recibirlo en el centro del despacho.


Mañana más.