Carne de festival

Llegué al festival demasiado pronto y me dediqué a deambular por entre los escenarios y las tiendas de camisetas que estaban por todas partes. Hacía calor: no había ni una sola nube y el sol tenía vía libre para torturarme. Caminé y esquivé las caras, todas iguales; y los cuerpos, vestidos siguiendo un número limitado de tendencias, de los asistentes. Parecía como si hubiera habido una estandarización a la que estaba acostumbrado en mi exilio voluntario pero que para nada esperaba encontrarme aquí, en casa, en mi ciudad. Me sentía extraño: vestía con un pantalón militar, cadenas, zapatillas reventadas por los mil y un festivales que había visitado y una extraña camiseta cuyo motto era la fusión de dos de mis bandas favoritas: Venom y los Chichos:

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Me encontraba fuera de lugar en aquel ambiente: mi presencia en el festival se debía a la más pura casualidad. Un conocido mío se puso enfermo cuando faltaban apenas unas cincuenta horas para que empezara y en vez de vender la entrada a un desconocido prefirió ofrecérmela. Está bien, dije, me la quedo, gracias. Así que se la pagué y un par de días después me planté en el recinto.

Había llegado demasiado pronto: ¿qué hacer? La primera banda empezaría en unos diez minutos. No los conocía. Soy de los que piensa que a un festival hay que ir a ver grupos y descubrir sonidos. Por eso me gusta ir solo a este tipo de eventos. No amigos, no preguntas, no respuestas, no comentarios. Los músicos, la música, y yo. La música es capaz de hacerme llevar a otros mundos. Es una de las pocas cosas que me mantienen vivo. Mi amigo lo sabía: pensaba que me hacía un gran favor vendiéndome la entrada.

Puse rumbo al escenario. Me moví entre los asistentes como una sombra: no existía para ellos, y ellos para mí eran obstáculos a esquivar para llegar lo más rápido posible a mi destino. Esto parece Coachellano me extraña que lo patrocinen tantas marcas de ropa. Asistentes quejándose de los asistentes. ¿has visto a ésa, cómo puede vestir así? La moda A criticando a la moda B. ¿Media hora de cola para conseguir una copa de vino?  La moda B criticando a la moda C. ¿Estás loco? a ésa no la soporto, mejor pidámonos un gintonic con café. Y la C a la A. Móviles, selfies, vídeos. La máquina estaba bien engrasada: la prensa repartida por las carpas proclamaba un gran éxito de asistencia en el festival: estaba lleno de famosos, influencers y estrellas de los ciento cuarenta caracters.

Me costó encontrar el escenario. Estaba escondido: se había aprovechado un requiebro del camino su emplazamiento bajo una escalera lo suficientemente ancha como para simular una grada. Sólo pude encontrarlo gracias al tótem que indicaba su presencia: un tótem negro, con caracteres blancos, pequeños. Parecía como si su presencia no fuera deseada, señalado solo por obligación y sin querer molestar. Así, sin molestar, bajé la grada. El poco interés que despertaba entre el público me hizo deducir que la banda era local, de las del cupo que el ayuntamiento exigía al festival para poder realizarse en suelo público. Hice tiempo pidiéndome una cerveza. Pagué y me giré. Los músicos salieron a escena. Su aspecto era de lo más a la moda: parecían seleccionados de entre los asistentes. Los acordes empezaron a sonar.

Su música me sorprendió: era algo nuevo. Nunca, tras casi treinta años y una sordera incipiente a base de escuchar música, había oído un sonido así. Cerré los ojos. La misma música me invitó a cerrarlos y que fueran los otros sentidos los que gobernaran mi emoción. Noté el sol, que antes azotaba mi cabeza sin piedad, desaparecer. Dejé de tener calor. Dejé de sentir que estaba rodeado de asistentes. Cuando volví a abrir los ojos me encontraba solo delante del escenario: los músicos se habían esfumado. El público ya no existía. Los instrumentos descansaban en sus soportes. Los altavoces enmudecían. En el centro del escenario había una mujer vaporosa, de vestido semitransparente como su cuerpo, que parecía mutable y hecho de melodías, que cambiaba a su gusto en una danza carnal y adoptaba mil formas, todas a la vez, ninguna concreta; era el ser más bello que jamás he contemplado.

Caminó hasta el borde del escenario y bajó de un salto suspendido en el aire. Sus pies descalzos tocaron tierra con delicadeza. Avanzó hasta situarse delante de mí. Me miró.

Lo siguiente que recuerdo fue despertar en la playa, desnudo. Amanecía. Me levanté y caminé por la orilla. No había nadie. Me encontraba a pocos cientos de metros de la zona urbanizada. Bajé y caminé por el paseo marítimo durante media hora. Me paró un policía. Empecé a explicarle qué creía que me había pasado. Me interrumpió: había por lo menos quince vídeos míos bailando desnudo y corriendo por la playa. Fui Trending Topic mundial durante unas seis horas.


Camiseta cortesía de tupatutupa.

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Seldon*

Te pareces a Seldon.

¿A qué Seldon? ¿A cuál de los dos? ¿Cuál es el nombre de uno y cuál es el apellido del otro? Y, ¿por qué? ¿Por qué? Joder. ¿Por qué?

¿Por qué me comparó con Seldon, el de Big Bang Theory?

Esas preguntas conscientes, junto con un infinito de inconscientes, volaron, ocultando la grieta que se formó a mi alrededor. No sabía quién era Seldon, quien se supone que es un personaje tan importante como para que, como Travolta, o Jesucristo, deba conocerlo con un único nombre. Dudé y me convertí en un desgarro ignorante y existencial. Hari. Empecé a preguntarme si ella había leído a Asimov, si conocía que Seldon era Seldon por Hari y es que a mí Seldon nunca me hizo gracia y si sé quién es es porque hace muchos años todavía tenía la ilusión de que era bueno sentirse parte de un grupo y para sentirse parte de un grupo había que participar en las conversaciones del grupo.

Ideas estúpidas.

Ella se alejaba como se alejaba toda la civilización occidental de mi polla humillada al ser comparada con un personaje que me la pelaba bastante.

Las canciones se sucedían una tras otra, y ella me dijo que fue por mis gestos. Ya. Que gesticulo como él. Ya. Me habían dicho muchas cosas. Desde que leo como Josep Pedrerol hasta que paso por inglés y paso por vasco y soy rubio y soy moreno, pero nunca me habían comparado con Seldon. Quería poguear, no podía porque el medio metro cuadrado ocupado por mis pies empezó a elevarse y a elevarse hasta ver a la comparadora, a mis amigos, a sus amigos, a todos los punks de rostros demacrados que poblaban el festival, el festival en sí y Barcelona convertidos en un único movimiento, más concreto en un sonido repetido tres veces, toc. Toc, toc, toc.

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Siglos de civilización occidental resumidos en un toc, toc, toc.

Ni para paja de la derrota.

Toc, toc, toc.

Y por cosas como esta no me molesto ni en intentar ligar.

Toc, toc, toc.

La mañana siguiente, cuando me acuerdo, como en esta mañana, pierdo toda la fe en la humanidad que me inventé antes de ir de fiesta y creer que, sí, tal vez, quizá, pueda encontrar una conversación interesante, sólo eso. Recuerdo conversaciones con consumidores de sustancias cuyo cerebro iba más rápido que su coherencia.

Toc, toc, toc.

Que no, imbécil, si ni siquiera tienes un libro publicado en papel, tú, que eres el mejor escritor del siglo XXI, cómo va a tener un mínimo de conversación interesante la masa que prefiere a Cooper antes que a Hari.

Estaba buena Mata Hari.

Toc, toc, toc.

Como aquella conversación sobre el Theremín que me acaba evocando indefectiblemente a la sierra musical de Delicatessen y de rebote al problema de la alimentación mundial y de ahí a Soylent Green y así podría seguir. Pero no:

Toc, toc, toc.

En fin.


* Sí, desconozco si va con o sin h. Me la pela.