La canción

He cantado mil veces esta canción,

todavía recuerdo el dolor de garganta

al día siguiente,

la sordera, la resaca y las ojeras

después de los conciertos a los que fui

tanta gente, tantos músicos y nombres

y siempre la misma canción,

sobre otros acordes

en la boca de tantas bocas

sobre el escenario

o en la cercanía de la intimidad

de un balcón sobre el abismo

o en listas de reproducción en la soledad

de una habitación que podría ser cualquiera.

 

Ahora, a mis años,

sin saber muy bien por qué,

sin esperarlo ya,

había dejado de dejar de escuchar música

-hasta cancelé mi suscripción a Spotify-

la tengo ante mí,

la misma voz que es mil voces

en la misma boca que es mil bocas

en la distancia que da la renuncia

por primera vez

he decidido hacer un esfuerzo por entenderla

y he entendido sin entender

que no hay nada que entender.

Sólo es una canción,

y en eso reside su grandeza.

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Carne de festival

Llegué al festival demasiado pronto y me dediqué a deambular por entre los escenarios y las tiendas de camisetas que estaban por todas partes. Hacía calor: no había ni una sola nube y el sol tenía vía libre para torturarme. Caminé y esquivé las caras, todas iguales; y los cuerpos, vestidos siguiendo un número limitado de tendencias, de los asistentes. Parecía como si hubiera habido una estandarización a la que estaba acostumbrado en mi exilio voluntario pero que para nada esperaba encontrarme aquí, en casa, en mi ciudad. Me sentía extraño: vestía con un pantalón militar, cadenas, zapatillas reventadas por los mil y un festivales que había visitado y una extraña camiseta cuyo motto era la fusión de dos de mis bandas favoritas: Venom y los Chichos:

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Me encontraba fuera de lugar en aquel ambiente: mi presencia en el festival se debía a la más pura casualidad. Un conocido mío se puso enfermo cuando faltaban apenas unas cincuenta horas para que empezara y en vez de vender la entrada a un desconocido prefirió ofrecérmela. Está bien, dije, me la quedo, gracias. Así que se la pagué y un par de días después me planté en el recinto.

Había llegado demasiado pronto: ¿qué hacer? La primera banda empezaría en unos diez minutos. No los conocía. Soy de los que piensa que a un festival hay que ir a ver grupos y descubrir sonidos. Por eso me gusta ir solo a este tipo de eventos. No amigos, no preguntas, no respuestas, no comentarios. Los músicos, la música, y yo. La música es capaz de hacerme llevar a otros mundos. Es una de las pocas cosas que me mantienen vivo. Mi amigo lo sabía: pensaba que me hacía un gran favor vendiéndome la entrada.

Puse rumbo al escenario. Me moví entre los asistentes como una sombra: no existía para ellos, y ellos para mí eran obstáculos a esquivar para llegar lo más rápido posible a mi destino. Esto parece Coachellano me extraña que lo patrocinen tantas marcas de ropa. Asistentes quejándose de los asistentes. ¿has visto a ésa, cómo puede vestir así? La moda A criticando a la moda B. ¿Media hora de cola para conseguir una copa de vino?  La moda B criticando a la moda C. ¿Estás loco? a ésa no la soporto, mejor pidámonos un gintonic con café. Y la C a la A. Móviles, selfies, vídeos. La máquina estaba bien engrasada: la prensa repartida por las carpas proclamaba un gran éxito de asistencia en el festival: estaba lleno de famosos, influencers y estrellas de los ciento cuarenta caracters.

Me costó encontrar el escenario. Estaba escondido: se había aprovechado un requiebro del camino su emplazamiento bajo una escalera lo suficientemente ancha como para simular una grada. Sólo pude encontrarlo gracias al tótem que indicaba su presencia: un tótem negro, con caracteres blancos, pequeños. Parecía como si su presencia no fuera deseada, señalado solo por obligación y sin querer molestar. Así, sin molestar, bajé la grada. El poco interés que despertaba entre el público me hizo deducir que la banda era local, de las del cupo que el ayuntamiento exigía al festival para poder realizarse en suelo público. Hice tiempo pidiéndome una cerveza. Pagué y me giré. Los músicos salieron a escena. Su aspecto era de lo más a la moda: parecían seleccionados de entre los asistentes. Los acordes empezaron a sonar.

Su música me sorprendió: era algo nuevo. Nunca, tras casi treinta años y una sordera incipiente a base de escuchar música, había oído un sonido así. Cerré los ojos. La misma música me invitó a cerrarlos y que fueran los otros sentidos los que gobernaran mi emoción. Noté el sol, que antes azotaba mi cabeza sin piedad, desaparecer. Dejé de tener calor. Dejé de sentir que estaba rodeado de asistentes. Cuando volví a abrir los ojos me encontraba solo delante del escenario: los músicos se habían esfumado. El público ya no existía. Los instrumentos descansaban en sus soportes. Los altavoces enmudecían. En el centro del escenario había una mujer vaporosa, de vestido semitransparente como su cuerpo, que parecía mutable y hecho de melodías, que cambiaba a su gusto en una danza carnal y adoptaba mil formas, todas a la vez, ninguna concreta; era el ser más bello que jamás he contemplado.

Caminó hasta el borde del escenario y bajó de un salto suspendido en el aire. Sus pies descalzos tocaron tierra con delicadeza. Avanzó hasta situarse delante de mí. Me miró.

Lo siguiente que recuerdo fue despertar en la playa, desnudo. Amanecía. Me levanté y caminé por la orilla. No había nadie. Me encontraba a pocos cientos de metros de la zona urbanizada. Bajé y caminé por el paseo marítimo durante media hora. Me paró un policía. Empecé a explicarle qué creía que me había pasado. Me interrumpió: había por lo menos quince vídeos míos bailando desnudo y corriendo por la playa. Fui Trending Topic mundial durante unas seis horas.


Camiseta cortesía de tupatutupa.

Axl y Angus

Axl a un lado. Angus al otro. Entre ellos una mesa con un tapete, y sobre el tapete cartas ilustradas. Unas pocas relucen boca arriba. Juegan a Magic: The Gathering. Hay una raya de cocaína en el medio que bien podría simular la distancia que separa a ambos artistas.

A Angus se le está acabando el maná. Las cartas de tierras, con las que puede invocar criaturas, están pudriéndose por el paso de los años. En cambio, Axl sólo es Axl. Tiene mono. No de la raya, alrededor de la cual gravita toda su atención. Lo suyo se trata de un mono más allá del mono.

Hace tiempo que involucionó hasta igualarse a su deseo. Por eso Axl se va a dejar ganar: está en juego quién será el que se esnifará la raya. El perdedor, como contraprestación, tendrá que destruir el legado de una de las mayores bandas de rock, en estado de descomposición esclerótica por la propia ceguera avariciosa de Angus.

Ambos saben qué aguarda en los camerinos y les da igual cómo se repartan los roles. No se les nota. Por eso, no por otra cosa, son monstruos escénicos.