El ángel de la guarda

El ángel de la guarda no vive en las iglesias,
arrastra su cuerpo entre la inmundicia del vertedero.

No tiene brillantes alas ni aspecto divino,
sus manos están encallecidas y la dentadura podrida.

La belleza le expulsa y lo aplasta al bajo fondo,
arrastra muertos, se infecta y acaba muriendo él también.

No vive en las altas torres de las altas montañas,
se acumula junto a otros ángeles de la guarda en hormigueros.

El ángel de la guarda somos nosotros,
dispuestos a soportar otra vez otro golpe
de parte de los pocos a los que salvamos
pagando con nuestras vidas sus excesos.

Confinamiento

La casa está en llamas por un fuego invisible,
la piel se ha convertido en grasa tóxica,
las bocas en pozos de muerte,
la compañía en vehículo de la enfermedad,
nuestros cuerpos son portadores de la pandemia
y seguimos riéndonos las gracias,
mirando al cielo y rogando a dios por un perdón
que nosotros mismos no nos damos
y que, más allá del perdón mismo,
no va a servir para nada:
las camas están llenas
y de la esperanza de volver a anteayer
solo queda la esperanza.

¿Quién enterrará a quién?
¿Qué enterrará a qué?

El ángel

El ángel vino de Marruecos para salvarte,
cruzó el estrecho bajo un camión,
vive en la calle, donde no puedes verlo,
escondido junto a la bolsa de pegamento,
esperándote.

Vino para salvarte de tu prisión eterna,
dispuesto a romper tus cadenas de miseria
de un tirón, sin piedad,
como actúan los ángeles descorazonados,
subido a la moto de un amigo suyo.

De entre su miseria surgirá una mano rápida,
buscará con ejecución certera
tu reloj de oro y brillantes que te esclaviza,
y tu bolso donde cargas a tu amo inteligente.

No más selfies, no más prisas,
solo el suelo desde el que contemplar
cómo la moto derrapa al girar la esquina.