A Patroclo

Patroclo, tuviste que morir para hacerme comprender que la inmortalidad carece de valor. El destino es mudo imán, ciego captor, impío verdugo. En mi evasión tomaste mis armas sabiendo que mi hado pendía de ellas. Ahora, tu cuerpo se pudre y tu alma, en tránsito hacia el Aqueronte, será mi óbolo en manos del barquero.

Las rencillas con Agamenón y el orgullo ultrajado no son más que fuegos fatuos con los que ahuyentar a las Erinias. Fuegos alimentados con sangre griega, sangre amiga, con la vanidad como ulterior ceniza. Entre ellas veo a medio consumir tu nombre, tu memoria, ¿tras tu muerte, quién conducirá mis caballos?

¡Cuánto sufrimiento en la batalla contra la única de las batallas que no es de recibo entablar! ¡Cuánta ausencia trajo la ausencia del primero de los hombres ante los muros de Ilión! De nada sirven la sangre heroica ni la luz del sol ni mi cuádriga sin tu gallardía. Tampoco loor tiznada de veleidad inane si de tu amistad solo conservo mis manos ensangrentadas.

¡A las armas, Pelida! La destrucción es la única retribución digna de tu cobardía.

¡A las armas!

En Troya, Casandra sintió un escalofrío.

Anuncios

La canción

He cantado mil veces esta canción,

todavía recuerdo el dolor de garganta

al día siguiente,

la sordera, la resaca y las ojeras

después de los conciertos a los que fui

tanta gente, tantos músicos y nombres

y siempre la misma canción,

sobre otros acordes

en la boca de tantas bocas

sobre el escenario

o en la cercanía de la intimidad

de un balcón sobre el abismo

o en listas de reproducción en la soledad

de una habitación que podría ser cualquiera.

 

Ahora, a mis años,

sin saber muy bien por qué,

sin esperarlo ya,

había dejado de dejar de escuchar música

-hasta cancelé mi suscripción a Spotify-

la tengo ante mí,

la misma voz que es mil voces

en la misma boca que es mil bocas

en la distancia que da la renuncia

por primera vez

he decidido hacer un esfuerzo por entenderla

y he entendido sin entender

que no hay nada que entender.

Sólo es una canción,

y en eso reside su grandeza.

Memento de la verdad

De vez en cuando ocurre algo que podría llamar memento de la verdad. Cuando sucede sólo yo lo percibo así, para el resto de los mortales mi turbación, duda y zozobra no tienen sentido o explicación más o menos lógica.

El último de ellos ha sido cuando he dicho un comentario que me ha puesto ante una verdad pasada: las cuatro de la mañana de hace diez años, ciento cuarenta y cuatro días y nueve horas. Tenía un güisqui en la mano y un alcoholismo en gestación prolongada.

—¿Estás bien?
—Sí.

Y se callan. Me sirve, no como Respice post te, hominem te esse memento. Quizá poco apropiada para los tiempos que corren.