La canción

He cantado mil veces esta canción,

todavía recuerdo el dolor de garganta

al día siguiente,

la sordera, la resaca y las ojeras

después de los conciertos a los que fui

tanta gente, tantos músicos y nombres

y siempre la misma canción,

sobre otros acordes

en la boca de tantas bocas

sobre el escenario

o en la cercanía de la intimidad

de un balcón sobre el abismo

o en listas de reproducción en la soledad

de una habitación que podría ser cualquiera.

 

Ahora, a mis años,

sin saber muy bien por qué,

sin esperarlo ya,

había dejado de dejar de escuchar música

-hasta cancelé mi suscripción a Spotify-

la tengo ante mí,

la misma voz que es mil voces

en la misma boca que es mil bocas

en la distancia que da la renuncia

por primera vez

he decidido hacer un esfuerzo por entenderla

y he entendido sin entender

que no hay nada que entender.

Sólo es una canción,

y en eso reside su grandeza.

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Memento de la verdad

De vez en cuando ocurre algo que podría llamar memento de la verdad. Cuando sucede sólo yo lo percibo así, para el resto de los mortales mi turbación, duda y zozobra no tienen sentido o explicación más o menos lógica.

El último de ellos ha sido cuando he dicho un comentario que me ha puesto ante una verdad pasada: las cuatro de la mañana de hace diez años, ciento cuarenta y cuatro días y nueve horas. Tenía un güisqui en la mano y un alcoholismo en gestación prolongada.

—¿Estás bien?
—Sí.

Y se callan. Me sirve, no como Respice post te, hominem te esse memento. Quizá poco apropiada para los tiempos que corren.