Cualquiera puede ser Dios

Cualquiera puede ser Dios. O el diablo. O quien quiera ser: basta con decirlo. No es necesario siquiera serlo, o como mínimo creérselo. Eso es lo que cualquiera podría esperar, en cambio es falso que una persona pueda alcanzar la divinidad, ni siquiera la burda y bastante común santidad, con interiorizarlo. Lo importante es el decirlo. Menos es que a uno lo crean. Cuando fui Dios lo dije.

—Me llaman Dios.

Y aquel tipo me creyó. Llegó a mí como un alma descarriada. Llevaba toda la noche de fiesta yendo de aquí para allá y buscando alquien que le diera palique. Iba pasado de speed.

—No gracias, no consumo.

—Pero si eres Dios, ¿cómo no vas a consumir?

Aquella pregunta inició un debate teológico sobre el uso de las drogas. Bastante estéril, por cierto. Si bien él hablaba por los codos acelerado gracias a las propiedades de la anfetamina, yo no le iba a la zaga contradiciendo mi propia omnipresencia al encadenar palabra tras palabra en un batiburrillo desordenado de caos semiinconsciente.

Me encontraba cómodo hablando con él. Hablamos de música, de tías, de fiesta y de drogas. Me pidió un cigarro

—No fumo.

—¿Tampoco fumas? A ver si es verdad que eres Dios. ¿Y tampoco follas?

—No.

—¿Y bebes?

—No.

—Al menos follarás. ¿Eres virgen, Dios?

—Ni sí, ni no, ni todo lo contrario.

—Eso es de Lendakaris Muertos.

—Lo copiaron del misterio de la Santísima Trinidad.

Después hablamos de barcos. Por lo visto el Santísima Trinidad fue un barco de la corona española. Su nombre real era Nuestra Señora de la Santísima Trinidad, navío de línea fletado en La Habana en 1769 y hundido en la batalla de Trafalgar. Hice como si lo supiera. Esto nos llevó a una conversación de índole histórica. Debatimos sobre si una hipotética pacificación peninsular francesa hubiera ayudado al país a prosperar. Sobre si este supuesto era de realización imposible, ergo la especulación no tendría más que una finalidad lúdica.

—Creo que necesito otra raya. ¿Quieres?

—No.

—¿Sabes a quién puedo pillarle?

—¿Me ves con cara de adivino?

—Pues vaya mierda de Dios eres, colega.

—¿Es que acaso no has leído la Biblia? —contesté— ¿Qué esperabas?

O no me escuchó, o hizo como que no lo hizo. Empezaba a cansarme. Para librarme de él le di instrucciones falsas de dónde podría encontrar a uno. Confié en su suerte y en que, en el rollo, es raro no encontrarse con un camello o alguien que conociera a uno.

—Tira para allá y pregunta, antes he visto a un chaval pasando.

Aproveché su ausencia por motivos comerciales para perderle de vista. Me uní a mis colegas y estuvimos haciendo el imbécil hasta que nos marchamos. Al día siguiente me levanté, me duché y fui a desayunar. En la cocina estaba mi padre de pie, con el mando, frente a la televisión. Le saludé, puro trámite previo al café con leche que me tomaría, mi único pensamiento.

—Buenos días.

Hizo un ademán con la mano para indicar que me callara. Presté atención a lo que decía la locutora.

—…con síntomas claros de haber consumido alcohol y estupefacientes, supuestamente vandalizó y quemó en grado de tentativa la iglesia parroquial a las seis de la mañana…

Pregunté a mi padre si había café preparado. No me contestó. Sí había. Puse café en una taza, después la llené hasta arriba de leche y la calenté en el microondas. Seguí mirando el televisor.

El programa repetía el testimonio de una mujer mayor. Era una de esas sempiternas abuelas con su característico estilo de clase y buen gusto rancio, con ropa color azul y una permanente en la cabeza que disimulaba la escasez de un cabello rubio teñido con desgana. Describió al atacante que, según sus palabras, entró en la iglesia gritando que él era ateo pero que había encontrado a Dios, que Dios es un mentiroso y que ya podría ser todopoderoso, pero que no tenía ni puta idea de nada.

No pude más que darle la razón. Ser Dios es fácil pero saber dónde están los camellos es otra cosa: para eso necesitas ser aceptado por la comunidad.

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Clase turista

El espacio entre mi asiento y el asiento de delante era demasiado pequeño. Tenía las rodillas destrozadas debido a la presión contra las piezas de plástico rugoso que se clavaban en mis articulaciones. Rosario me llamó por teléfono.

—Dime.

No dijo nada.

—Dime —repetí.

—Tengo que contarte algo.

—Te escucho.

—Anoche… anoche…

—¿Qué pasó anoche?

—Perdóname, anoche no sé qué me pasó. Bueno, sí. No, no sé, salí con mis amigos de aquí, primero fuimos a casa de uno de ellos para cenar, después fuimos a un bar. Creo que me pasé con la bebida, perdona.

—Espera, voy a un sitio donde pueda hablar. Sí. Continúa.

Mis piernas se alegraron por poder estirarse.

—Después en el bar nos juntamos con otros amigos de mis amigos. Unos chicos de Colombia. Uno de ellos empezó a hacernos trucos de magia y cosas con cartas. Luego empezó a hacerme un juego de adivinación. Me pidió que imaginara una caja, que la ubicara en el camino. Luego un caballo. Luego una escalera. Después me preguntó si tenía novio, y que nuestra relación no estaba yendo bien. Es cierto, Alfonso, lo nuestro no está yendo bien. Llevamos una semana discutiendo por teléfono todos los días.

—Ya lo sé. ¿Me has llamado por eso?

Tardó en contestar.

—No. Hay más.

—¿Qué más? Te escucho.

Dejé pasar a un hombre de unos cincuenta años. Entró en el baño. El portazo no me dejó escuchar lo que Rosario dijo.

Se cortó.

Llamé. Comunicaba. Ella volvió a llamar.

—Se ha cortado.

—Sí. Se ha cortado —repetí—. Dime.

—Después fuimos a otro bar. Cerró. Mis amigos se fueron. Me quedé con el otro grupo. Hablando con el que me hizo el juego de adivinación. Fuimos a una gasolinera. Compramos café y donuts. Desayunamos sentados en la acera. Luego me acompañó a casa. Subió. Y entonces.

—Entonces…

Silencio.

—Nos acostamos.

—Os acostasteis.

El hombre tiró de la cadena. Abrió la puerta. Salió. Me miró a los ojos. Se marchó. Todo ello en silencio. Estuvimos tanto rato callados que se volvió a cortar la llamada. Ella llamó de nuevo.

—Perdóname —dijo al cabo del rato.

No dije nada.

—Necesito escuchar que me perdonas.

Seguí callado.

—Por favor, Alfonso, dime algo, lo que sea.

—Sigue.

—¿Que siga?

—Sí.

La megafonía avisó que estábamos llegando a Alicante.

—¿Estás en el tren?

—Sigue.

—Cuando me desperté me di cuenta de lo que había hecho. Tenía vergüenza. Le dije que se tenía que ir, que eso estaba mal, que tenía novio. Él también tenía novia, me dijo. Tenía razón, me dijo. Aquello estaba mal. Se marchó.

—Sigue.

—¿Qué más quieres que te diga?

No contesté. Estaba cómodo de pie, con las piernas estiradas. En la maleta, a pocos metros, tenía algo de ropa, un par de libros y mi ordenador portátil. El resto iba de camino a la casa de Rosario.

—No puedo perdonarte. No así. No aquí.

—Por favor, Alfonso.

—No quiero verte. Ni se te ocurra venir a buscarme a la estación.

Colgué. Apagué el teléfono. Volví a mi asiento. El espacio seguía siendo demasiado pequeño.