Ya no quiero ser yo

Soy una versión de mí mismo. Una versión iterable, en constante cambio. Mi estómago deshace el yogur que me he comido hace un momento. Sudo. Pienso en qué voy a comer hoy. Espaguetis carbonara a no ser que ocurra algo que me haga cambiar de opinión aunque, seamos sinceros, eso no ocurrirá.

Podría ser otra persona, como cantaba Evaristo Páramos, como el Rey de Roma o el alcalde de Pamplona o el payaso que dispare sobre ti. O un pequeño cambio, algo puramente aleatorio e intrascendente, como mi sexo, mi género, el color de mi piel. Hasta el color de mis ojos. Sería otra persona si mis ojos fueran de otro color. No me habrías dicho nunca que te enamoraste de mí por su color claro. Quizá te prendarías de otra cosa, pero no del color de mis ojos que serían del montón, como calificas el de los tuyos.

O si fuera de otro color de piel sería transparente a tus ojos. Tendría cds y sombreros para vender y habría llegado aquí en cayuco o patera o lo que esté de moda entre el sector del transporte de borregos sapiens sapiens de un lado a otro del mar. En las cajitas de plástico podrías leer el nombre de tus artistas favoritos, algunos del mismo color de piel que el que tendría yo, y pensarías en que pronto vendrán de gira, o que hace mucho que no ves ningún vídeo suyo en YouTube; o por qué no comprármelo pero para qué, si lo pones en Spotify o te lo bajas en ThePirateBay.

Imagina que fuera mujer. Tú que me miras con respeto porque sientes que hablo con propiedad y seguridad. Pasaría a ser una feminazi, o una chica insegura, débil, abotargada por tantos y tantos años de humillaciones constantes por guapa fea alta gorda baja delgada tetona plana culona culocarpeta zurda diestra normal desnormal subnormal anormal rubia morena rizada pelochina pelopolla bizca bofio caballuna narigona orejona uniceja gafotas torpe. Me mirarías el culo, querrías follarme, empotrarme, avasallarme con tu inteligencia habilidad conocimiento sabiduría fuerza chulería corte de pelo coche moto centímetros de bíceps de altura de polla.

Imagina que hubiera sido educado bajo los parámetros de otra religión. Incluso tal vez podría seguirla. Me mirarías y pensarías que quiero matarme porque hago el Ramadán y abluciones cinco veces al día, y yo te miraría con desprecio y asco porque tu cabeza no va cubierta por un velo; o seríamos enemigos porque tu deseo es diferente al que en público muestro; o creerías que soy un ser débil y apocado porque no como carne y quemo incienso en silencio cuando quiero alejarme un poco del mundo.

Podría seguir. Podría enumerar mil casos de discriminación que son fruto de la casualidad y que después pasan a ser causalidad de la superioridad con la que me tratas y con la que tratas a cualquiera que no haya tenido la puta suerte de nacer en tu sitio con tus papis y con tus padrinos y con tus millones en el puto banco. En cambio, estás podrido, tan podrido como yo lo puedo estar cuando me aprovecho de mi propia situación de superioridad. Cuando digo y pienso y miro y temo y sudo y me excito y ya no quiero ser yo porque de pequeño sólo quería ser una bola de energía sin cuerpo, sin que me dijeran qué guapo que era y qué bonitos eran mis ojos azules y qué alto y qué gracioso y bonico.

¿Eso soy yo?

Sí y no. Ya no quiero ser yo si ser yo es un conjunto de variables que son fruto de la alineación de la más absurda de las casualidades. A la mierda con el karma, a la mierda con los rasgos, a la mierda con todo lo que me define como lo que soy. A la mierda absolutamente todo lo que digo hago pienso escucho: todo eso define mi actual versión. Si es una versión, cambia, es decir, hay algo más allá, algo inmutable que ha de guiar ese cambio. El no-yo. Aquello que se encuentra más allá el yo. Ya no quiero ser yo. Sólo quiero ser no-yo.

Ese es mi regalo para ti. Te guste o no.

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Clase turista

El espacio entre mi asiento y el asiento de delante era demasiado pequeño. Tenía las rodillas destrozadas debido a la presión contra las piezas de plástico rugoso que se clavaban en mis articulaciones. Rosario me llamó por teléfono.

—Dime.

No dijo nada.

—Dime —repetí.

—Tengo que contarte algo.

—Te escucho.

—Anoche… anoche…

—¿Qué pasó anoche?

—Perdóname, anoche no sé qué me pasó. Bueno, sí. No, no sé, salí con mis amigos de aquí, primero fuimos a casa de uno de ellos para cenar, después fuimos a un bar. Creo que me pasé con la bebida, perdona.

—Espera, voy a un sitio donde pueda hablar. Sí. Continúa.

Mis piernas se alegraron por poder estirarse.

—Después en el bar nos juntamos con otros amigos de mis amigos. Unos chicos de Colombia. Uno de ellos empezó a hacernos trucos de magia y cosas con cartas. Luego empezó a hacerme un juego de adivinación. Me pidió que imaginara una caja, que la ubicara en el camino. Luego un caballo. Luego una escalera. Después me preguntó si tenía novio, y que nuestra relación no estaba yendo bien. Es cierto, Alfonso, lo nuestro no está yendo bien. Llevamos una semana discutiendo por teléfono todos los días.

—Ya lo sé. ¿Me has llamado por eso?

Tardó en contestar.

—No. Hay más.

—¿Qué más? Te escucho.

Dejé pasar a un hombre de unos cincuenta años. Entró en el baño. El portazo no me dejó escuchar lo que Rosario dijo.

Se cortó.

Llamé. Comunicaba. Ella volvió a llamar.

—Se ha cortado.

—Sí. Se ha cortado —repetí—. Dime.

—Después fuimos a otro bar. Cerró. Mis amigos se fueron. Me quedé con el otro grupo. Hablando con el que me hizo el juego de adivinación. Fuimos a una gasolinera. Compramos café y donuts. Desayunamos sentados en la acera. Luego me acompañó a casa. Subió. Y entonces.

—Entonces…

Silencio.

—Nos acostamos.

—Os acostasteis.

El hombre tiró de la cadena. Abrió la puerta. Salió. Me miró a los ojos. Se marchó. Todo ello en silencio. Estuvimos tanto rato callados que se volvió a cortar la llamada. Ella llamó de nuevo.

—Perdóname —dijo al cabo del rato.

No dije nada.

—Necesito escuchar que me perdonas.

Seguí callado.

—Por favor, Alfonso, dime algo, lo que sea.

—Sigue.

—¿Que siga?

—Sí.

La megafonía avisó que estábamos llegando a Alicante.

—¿Estás en el tren?

—Sigue.

—Cuando me desperté me di cuenta de lo que había hecho. Tenía vergüenza. Le dije que se tenía que ir, que eso estaba mal, que tenía novio. Él también tenía novia, me dijo. Tenía razón, me dijo. Aquello estaba mal. Se marchó.

—Sigue.

—¿Qué más quieres que te diga?

No contesté. Estaba cómodo de pie, con las piernas estiradas. En la maleta, a pocos metros, tenía algo de ropa, un par de libros y mi ordenador portátil. El resto iba de camino a la casa de Rosario.

—No puedo perdonarte. No así. No aquí.

—Por favor, Alfonso.

—No quiero verte. Ni se te ocurra venir a buscarme a la estación.

Colgué. Apagué el teléfono. Volví a mi asiento. El espacio seguía siendo demasiado pequeño.