Flor alada

Fue mi pereza la que me llevó a acumular en una esquina toda la suciedad que recogí durante estos años. Lo de la flor que surgió de aquel montoncito no fue cosa mía, pero ya que estaba allá empecé a regarla.

Unos días después la transplanté: aquello no le gustó. La flor sacó un par de alas azules y emprendió el vuelo hasta el alféizar de la ventana. Hizo un gesto que no sé si definir como agradecimiento o rabia y se marchó.

Me alegro de haber dejado correr el aire aquel día.

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Carne de festival

Llegué al festival demasiado pronto y me dediqué a deambular por entre los escenarios y las tiendas de camisetas que estaban por todas partes. Hacía calor: no había ni una sola nube y el sol tenía vía libre para torturarme. Caminé y esquivé las caras, todas iguales; y los cuerpos, vestidos siguiendo un número limitado de tendencias, de los asistentes. Parecía como si hubiera habido una estandarización a la que estaba acostumbrado en mi exilio voluntario pero que para nada esperaba encontrarme aquí, en casa, en mi ciudad. Me sentía extraño: vestía con un pantalón militar, cadenas, zapatillas reventadas por los mil y un festivales que había visitado y una extraña camiseta cuyo motto era la fusión de dos de mis bandas favoritas: Venom y los Chichos:

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Me encontraba fuera de lugar en aquel ambiente: mi presencia en el festival se debía a la más pura casualidad. Un conocido mío se puso enfermo cuando faltaban apenas unas cincuenta horas para que empezara y en vez de vender la entrada a un desconocido prefirió ofrecérmela. Está bien, dije, me la quedo, gracias. Así que se la pagué y un par de días después me planté en el recinto.

Había llegado demasiado pronto: ¿qué hacer? La primera banda empezaría en unos diez minutos. No los conocía. Soy de los que piensa que a un festival hay que ir a ver grupos y descubrir sonidos. Por eso me gusta ir solo a este tipo de eventos. No amigos, no preguntas, no respuestas, no comentarios. Los músicos, la música, y yo. La música es capaz de hacerme llevar a otros mundos. Es una de las pocas cosas que me mantienen vivo. Mi amigo lo sabía: pensaba que me hacía un gran favor vendiéndome la entrada.

Puse rumbo al escenario. Me moví entre los asistentes como una sombra: no existía para ellos, y ellos para mí eran obstáculos a esquivar para llegar lo más rápido posible a mi destino. Esto parece Coachellano me extraña que lo patrocinen tantas marcas de ropa. Asistentes quejándose de los asistentes. ¿has visto a ésa, cómo puede vestir así? La moda A criticando a la moda B. ¿Media hora de cola para conseguir una copa de vino?  La moda B criticando a la moda C. ¿Estás loco? a ésa no la soporto, mejor pidámonos un gintonic con café. Y la C a la A. Móviles, selfies, vídeos. La máquina estaba bien engrasada: la prensa repartida por las carpas proclamaba un gran éxito de asistencia en el festival: estaba lleno de famosos, influencers y estrellas de los ciento cuarenta caracters.

Me costó encontrar el escenario. Estaba escondido: se había aprovechado un requiebro del camino su emplazamiento bajo una escalera lo suficientemente ancha como para simular una grada. Sólo pude encontrarlo gracias al tótem que indicaba su presencia: un tótem negro, con caracteres blancos, pequeños. Parecía como si su presencia no fuera deseada, señalado solo por obligación y sin querer molestar. Así, sin molestar, bajé la grada. El poco interés que despertaba entre el público me hizo deducir que la banda era local, de las del cupo que el ayuntamiento exigía al festival para poder realizarse en suelo público. Hice tiempo pidiéndome una cerveza. Pagué y me giré. Los músicos salieron a escena. Su aspecto era de lo más a la moda: parecían seleccionados de entre los asistentes. Los acordes empezaron a sonar.

Su música me sorprendió: era algo nuevo. Nunca, tras casi treinta años y una sordera incipiente a base de escuchar música, había oído un sonido así. Cerré los ojos. La misma música me invitó a cerrarlos y que fueran los otros sentidos los que gobernaran mi emoción. Noté el sol, que antes azotaba mi cabeza sin piedad, desaparecer. Dejé de tener calor. Dejé de sentir que estaba rodeado de asistentes. Cuando volví a abrir los ojos me encontraba solo delante del escenario: los músicos se habían esfumado. El público ya no existía. Los instrumentos descansaban en sus soportes. Los altavoces enmudecían. En el centro del escenario había una mujer vaporosa, de vestido semitransparente como su cuerpo, que parecía mutable y hecho de melodías, que cambiaba a su gusto en una danza carnal y adoptaba mil formas, todas a la vez, ninguna concreta; era el ser más bello que jamás he contemplado.

Caminó hasta el borde del escenario y bajó de un salto suspendido en el aire. Sus pies descalzos tocaron tierra con delicadeza. Avanzó hasta situarse delante de mí. Me miró.

Lo siguiente que recuerdo fue despertar en la playa, desnudo. Amanecía. Me levanté y caminé por la orilla. No había nadie. Me encontraba a pocos cientos de metros de la zona urbanizada. Bajé y caminé por el paseo marítimo durante media hora. Me paró un policía. Empecé a explicarle qué creía que me había pasado. Me interrumpió: había por lo menos quince vídeos míos bailando desnudo y corriendo por la playa. Fui Trending Topic mundial durante unas seis horas.


Camiseta cortesía de tupatutupa.

Semana jaqueca

No he sido mucho de tener dolores de cabeza. Cefalea, migraña, jaqueca, como lo quieras llamar. Quizá alguna cuando era pequeño, sobre todo después de comerme alguna farola o marco de puerta o acabar en tierra por un despiste; o como consecuencia de esos primeros coqueteos con los estupefacientes, entre ellos el alcohol. Pero después de que me reformara no. Ya no tuve más jaquecas, no al menos hasta hace unas pocas semanas. Por eso me extrañé tanto aquel lunes, cuando me intenté levantar y tuve que volver a sentarme en el borde de la cama. Me daba vueltas la cabeza, el cerebro parecía que iba en la dirección contraria al techo y el techo hacía lo que le daba la gana. Los muebles también giraban como querían, la alarma del despertador era anárquica y Jeannine, mi querida mujer Jeannine, tumbada, dormida, me pareció un monstruo de sombras negras, purulentas y grasientas.

Creo que fue el orgullo de no reconocer la cefalea lo que hizo que me volviera a intentar ponerme en pie. Tomé impulso, busqué con mi mano el borde de la mesita de noche y me levanté. O eso quise. Logré volver a quedarme clavado en el colchón y tirar la lámpara de un manotazo desesperado. El ruido alertó a mi esposa y me preguntó qué era lo que había pasado. Me giré. Encontré sus ojos. Volvía a ser ella. Y yo también: volví a recuperar mi serenidad. Mi dolor de cabeza desapareció.

Ése fue el primer episodio que tuve. A la mañana siguiente se repitió. Me fui a levantar y me volvió a dar todo vueltas. Duró como un minuto. Esa segunda vez decidí esperar a ver si pasaba solo, más que intentar levantarme. Lo que pasó, según marcó el despertador, fue un minuto y después de él otra vez la serenidad. Tuve la impresión de que se hubiera detenido el tiempo dentro del miasma agónico que me envolvió. La tercera vez fue más duradero, abarcó casi dos cambios de número en el viejo radio-reloj. acompañado por una sensación de náusea en el pico del mareo.

El cuarto día de aquella semana fue el dolor de cabeza el que me despertó. Comí techo mecido por los pinchazos que atravesaban mi cerebro de lado a lado. Sentía como si alguien estuviera removiéndolo con una cuchara y no tuviera ningún reparo en esparcir mis neuronas, mi encéfalo, mi bulbo raquídeo, por todas partes sin ton ni son. Creo que no podía moverme. Quise gritar. No sé si lo logré. Mi mujer se apareció ante mis ojos. Era otra vez el monstruo asqueroso y grasiento que vi el lunes. Su pelo cayó sobre mi cara. Sus ojos chorreaban bilis viscosa, y sus labios supuraban espuma.

Pestañeé. Volví a ver el techo. El dolor, la náusea habían desaparecido. Miré a mi mujer: dormía plácidamente a mi lado, enroscada en la sábana. Me daba la espalda. Voy a tener que ir al psiquiatra, empiezo a tener alucinaciones, pensé. Me levanté y me fui al baño con intención de darme una ducha. Una vez desnudo entré en la bañera y me fijé que faltaban la mitad de botes de gel y de champú. Sólo estaban los míos. Esa misma tarde Jeannine tomaría un vuelo para ir a un congreso de fotografía digital y márketing online en el otro lado del país. Jeannine no era previsora, al menos no tanto como para preparar el equipaje la noche anterior, aunque no le di importancia: se estará haciendo vieja, me dije.

Tuve un fin de semana tranquilo. Decidí hacer lo que hago cuando me quedo solo: nada. Tiempo para ver la televisión, adelantar trabajo, dar un paseo por la playa sin tener que acompañar a Jeannine a ninguna de sus ridículos eventos sociales a los que me veía obligado a ir por cuestiones de imagen. El acompañante de la influencer. Hacíamos buena pareja, decían, ella tan glamourosa, y yo tan nerd. Al principio me molestaba. Después aprendí que la opinión de aquellos gilipollas empalidecía al lado de tener cena gratis, risas enlatadas y, por qué no, la oportunidad de ver los cuerpos de aquellas pretendientes a reina de Instagram que suspiraban por la bendición de la matriarca ad-hoc con la que estaba casado.

El domingo, a eso de las ocho, cuando fui a recoger a mi esposa al aeropuerto, me volvió primero el mareo y luego la náusea. Era casi media noche y había poca gente esperando a los recién llegados, pero muchos de ellos me revolvieron el estómago. Me acordé de las supuestas alucinaciones. Grasa, pus, baba. Casi caí al suelo. Me apoyé en el hombro de un hombre de unos sesenta años que me pareció normal. Me miró extrañado y me preguntó si me encontraba bien. Sí, mentí. Apreté los dientes y me aparté lo máximo que pude del resto de personas.

Mi mujer siempre ha sido de hacerse esperar. Apoyado contra la pared saqué el móvil y empecé a mirar correos electrónicos. Cuando levanté la mirada sólo quedaban tres personas esperando. Preferí no observar su aspecto. Pronto dos. Pronto uno. Me quedé solo.

Salió Jeannine. No podía ser una alucinación: era vagamente humana. Su piel estaba enverdecida, cubierta por una especie de costra que se abría para formar algo que podría ser un símil a una boca. El pelo le caía apelmazado, en mechones, por la cabeza; brillaba. Me doblé sobre mí mismo, víctima del mareo y de un pinchazo que me atrabesaba desde de la garganta hasta los intestinos. Mis sentidos me fallaban. El olor, la imagen. Otra vez el suelo se movía, mi cabeza se movía, mi alma se movía. Se retorcían. Perdí el sentido.

Al recuperarme volvió la náusea y el mareo. Había varias caras a mi alrededor. Una de ellas era la de mi mujer. Supe que era ella por el collar de oro, las pulseras de bisutería que ella misma había puesto a la moda, y la ropa que le acompañé a comprar unas tres semanas antes. Casi vomité cuando le pregunté si era ella.

Lo siguiente pregunta que formulé, y aún no sé por qué lo hice, fue si se le había acabado el gel y el champú. Te has fijado, exclamó. Le cambió la cara. Los tiré, dijo, desde este lunes uso el ecowashing, así soy más ecofriendly. ¡En el congress todos dijeron que estaba fantástica!

Propaganda electoral

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-Sí, hijo, todos esos hombres de los carteles son políticos, cada uno de un partido. Los políticos van a un lugar llamado parlamento, hablan y arreglan los problemas del país.

-¿Y por qué están en los carteles?

-Porque quieren que los votemos.

-¿Y por qué quieren que les votemos?

-Porque todos quieren ser presidente.

-¿Y por qué quieren ser presidente?

-Porque así podrán mandar.

-Papá, en mi cole hay un niño que manda mucho, pero no habla con casi nadie. ¿Por qué quieren mandar si son políticos y tendrían que hablar en vez de mandar?

-Hijo, yo tampoco lo entiendo.

 

El faro

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Mi madre vestía de blanco, llevaba puesto su sombrero de flores. Yo sostenía la pelota. Estábamos sobre el viejo muelle del pueblo donde nací. No puedo negar que el puerto, la playa, el paseo; en fin, toda la franja costera de mi pueblo es mi lugar favorito. Contemplábamos el faro. Sólido, estable, eterno a su manera. Murmuré para mis adentros: de mayor seré como tú.

Años después conocí a Vanessa. Teníamos una especie de ritual: solíamos dar una vuelta por el paseo las tardes de verano, bajo el cielo azul y con las gaviotas acompañándonos desde el muelle, parábamos ante el carrito de venta de comida ambulante y le compráramos al hombre que lo regentaba, siempre con su gran sonrisa y su ridículo sombrero, un helado que Vanessa y yo compartíamos. Nos creímos eternos.

Llevé fatal la separación. Sólo quería olvidar lo que pasó. Una tarde de verano, en una farra en la playa, entre las múltiples palmeras de colores, no se nos ocurrió otra cosa que ver hasta dónde podíamos llegar nadando. Entramos tres. Pero había bebido mucho, la marea era demasiado fuerte unos decámetros mar adentro.

El faro, eterno a su manera, me contempló con desinterés.

(Foto: Faro de las Islas Columbretes)

El día después

No se me ocurrió mejor forma para celebrar que había publicado mis dos primeros libros en Amazon que ponerme a pintar las vigas del techo. Hacía muchos años que no pintaba nada y el resultado ha sido el esperado: me he quedado corto de pintura y sólo he podido terminar la mitad, un agotamiento generalizado de tanto subir la escalera, pringar la brocha de pintura, estirar el brazo, brochar la madera, bajar la escalera, moverla medio metro y volver a empezar, y un más que curioso tono blancuzco desde las uñas de las manos hasta las uñas de los pies, sin olvidar las gotas de pintura que no pude quitarme del pelo. Los transeúntes me observaban con el rabillo del ojo y murmurabna algo mientras recorría las ramblas entre estantes de libreros y compradores de libros.

Así es cómo conseguí ser protagonista involuntario del Sant Jordi 2016.