Nuevo proyecto

No ha pasado ni un mes y mi cuerpo me pide que vuelva a escribir. Qué le vamos a hacer, descarto negarme porque si no terminaría de camino al manicomio y después de llevar años entrando y saliendo de oficinas que bien se podrían tildar con ese nombre no tengo muchas ganas de acabar desquiciándome.

Para ello, y como ando un poquito escaso de tiempo, voy a probar en dormir menos. Hace años probé el sueño polifásico, Uberman -una siesta de veinte minutos cada cuatro horas, total dormir dos horas al día-. Aguanté unos dos meses, hasta que rompí la rutina y me fui de vacaciones. Funcionó muy bien, sin sensación de fatiga o cansancio, y creo que las secuelas no han sido demasiado graves. Creo. Espero.

Por ejemplo, Leonardo Da Vinci no dormía mucho. Una hora y media al día. No voy a ser tan bestia. Me conformo con bajar a cuatro horas al día y, con las tres extra que le saco, escribir. Y ya si eso ir reduciéndolo hasta alcanzar al florentino. Y en estas tres horas extra aprovechar para escribir.

¿Escribir el qué, so pesao? Cuentos. Para niños. Cosas bonitas.

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Autopublicar en Amazon: lecciones aprendidas

Hace veinticinco días que publiqué En deuda y Sheffield/Brough. No llega a un mes. Cómo son las cosas, desde que empecé el año no hice otra cosa que obsesionarme con este proyecto. Ahora, desde la pequeña perspectiva que da el haber publicado y visto los resultados, puedo saber qué ha pasado y cómo mejorar.

Publicar en Amazon es fácil. Muy fácil. Quizá demasiado fácil. Han montado el negocio para que cualquiera pueda subir contenidos. El flujo es el siguiente -no voy a ser exhaustivo, la documentación de Amazon es buena-: te das de alta, rellenas un par de formularios sencillos para la facturación, subes el documento, la portada, inscribes los participantes -entre ellos el autor, no hagas como yo que me olvidé de indicar quién había escrito los libros-, seleccionas un precio y le das a publicar.

Amazon, entre otras plataformas de publicación on-line, ha revolucionado el sector y se ha cargado al intermediario. Mi objetivo no era publicar a lo grande, a través de una editorial, sino simplemente publicar. Como desarrollador de software que soy decidí aplicar una metodología ágil con todo este proceso, es decir, patadón y pa’lante. Objetivo cumplido. Ahora ya puedo decir que he publicado un par de libros, estoy orgullosísimo de ver el resultado de estos meses de trabajo de escritura, revisión e investigación plasmado en dos libros que podéis descargar, disfrutar y compartir. Porque el trabajo ha sido intenso y, tal vez a que he tenido que llevarlo solo, todavía hoy me encuentro con errores. Corregirlos es sencillo, basta con volver a subir el archivo. Lo que me lleva a pensar si lo que he subido se puede considerar un libro como objeto cerrado o es más bien como una entrada de blog más largo y a la que le estoy poniendo precio.

¿Qué puede entrar en Amazon? ¿Qué hay de los escritores independientes? En su libro Indies, hipsters y gafapastas Víctor Lenore define “indie” no como independiente, sino como individualista. Muy centrado en el ser, en el ego, y no en querer ir más allá. Es de lo que se aprovecha Amazon para establecer su base de negocio. Al facilitar estas plataformas de publicación sin filtros, barreras y requisitos, cualquier cosa puede entrar aquí. Admito que no me interesan las publicaciones indies, me cuesta leer cosas sin tener referencias y, para mí, una referencia básica es que haya un objeto físico que respalde la propuesta del autor. Es decir, si alguien se ha molestado en imprimir un libro, es porque este libro merece la pena ser impreso. Me da miedo leer un libro indie, lo reconozco. El tiempo es oro y entre enfrentarme a un clásico o a un libro que sé que no me va a aportar nada, pues bien, tengo bastante clara la decisión. Y sí, he publicado dos libros en Amazon sin siquiera pensar en imprimirlos en papel. Soy consciente de ello.

Un libro, en cuanto abandona al autor y se lanza a la selva, deja de ser un libro, el libro, el resultado de lustros de experiencia, meses -o años- de trabajo, mimo, amor, obsesión, aislamiento y esfuerzo, para convertirse en un vulgar producto de consumo. Y en un mercado sin barreras de entrada tu producto es uno más en las infinitas estanterías digitales de un hipermercado virtualmente infinito. ¿Merece la pena esforzarse para sacar el mejor producto o hay que sacrificar calidad para crear algo rápido, inundar el mercado y llamar la atención al máximo número posible de lectores? ¿Qué prefieres, Vince, el premio Nobel o la revista Hola?

Esto me lleva a pensar en el rendimiento del libro. Amazon ofrece dos tipos de contrato. Uno, el normal, que te da en torno al 30% de las regalías del libro. Otro el 70% a cambio de exclusividad y que el libro se sitúe entre los 2,99€ y los 299,99€. Elegí este segundo. Sólo lo compraron amigos y familia. Aunque tres euros me parezca un precio razonable para un libro, en Amazon es excesivo. Pura ley de la oferta y la demanda. El exceso de demanda hunde los precios, como bien sabía Adam Smith. Y si nos vamos a David Ricardo, no queda otra que asignar a tu producto el valor marginal adecuado porque mis libros carecen de las características distintivas que lo llevarían a una zona más confortable del mercado. Y como mercado que es no se busca la excelencia del producto, sino la facilidad de salida. Por tanto, hay que adaptar el producto a lo que quiere el lector. Estoy de acuerdo. Escribir pensando en uno y no en el lector es un acto egoísta. Es decir, arte. Todo lo contrario que escribir para las masas, donde el autor conecta con las corrientes mayoritarias de la sociedad.

Otro reverso que ofrece la autopublicación es que el autor se encuentra solo ante el peligro. El libro no vale nada. Es el proceso de promoción y distribución lo que importa. Hay que trabajar en la preventa, la postventa, redes sociales, blogs, ir a charlas y coloquios y hablar con otros escritores para jugar al vengo a hablar de mi libro. Un coñazo. En eso una editorial, incluso autopublicar en papel y patearse mil y un garitos con tu libro bajo el brazo gana. Es más fácil presentar, regalar, invitar, sugerir o mostrar un producto que no un enlace. Lo contrario es más complicado. Cuando surge el tema de que he publicado cosas la conversación sigue este patrón: ¿has publicado, Vince? ¿Puedo verlo? Ah, en Amazon. Avísame cuando lo tengas en libro, que te lo compro, y ¿me lo firmarás?

En resumen, autopublicar en Amazon puede servir para inundar un mercado con un montón de títulos muy baratos y conseguir una fuente de ingresos extra a base de productos de consumo fáciles de digerir y sirvan para entretener. Lo importante es llamar la atención ya sea por volumen, por promoción o por precio. La calidad, la originalidad y el trabajo pasan a ser secundarios.

¿Qué te ha parecido? ¿Estás de acuerdo con mis conclusiones?

 

Berenice – Edgar Allan Poe

1916-illustration-by-harry-clarke-for-edgar-allan-poe_s-berenice-from-tales-of-mystery-and-imaginationBerenice, de Edgar Allan Poe, es uno de los primeros cuentos que escribió. Esta semana he tenido el honor de poder contarlo en La Casa de los Cuentos, y para ello he tenido que leérmelo, repasarlo, memorizarlo y comprenderlo hasta hacerlo mío.

Le entregué a la historia mis silencios y los pocos momentos de tranquilidad de los que suelo disfrutar allende la jornada laboral y las actividades de mantenimiento más básicas, como las relativas a la alimentación, a la higiene o al sueño. Mi constitución, de la que nunca he podido darme el gusto de presumir, se debilitó y mi humor pronto acabó equiparándose al de Egaeus, el narrador de la historia.

Esta emulación llegó al punto de que empecé a pasar por, al principio breves, luego más largos, accesos de atención suspendida, como las del protagonista. Un punto en la pantalla, un coche aparcado, el café enfriándose con sus burbujas del espresso descomponiéndose junto al borde de la taza. Cualquier cosa era capaz de provocar en mí el estado de suspensión que describió Poe.

Tuve que esforzarme para evitar sumergirme en él. Cada vez con mayor intensidad según se acercaba el día. En tanto, según repasaba las notas manuscritas percibí la trama mutando en un fractal bidireccional: hacia dentro, iterando el mismo concepto una y otra vez desde la más pequeña de las palabras hasta construir todo el conjunto del cuento, y hacia fuera, envolviendo mi propia realidad e igualándose a la propia entropía destructora de la cotidianidad.

Confinado en su biblioteca, Egaeus sólo podía seguir un único hilo. Al fin y al cabo, se trata de un personaje de ficción. En cambio yo puedo elegir. Puedo mantener la calma y tomar el camino que más me guste. Incluso el camino de la inacción. Para ello lo único necesario es la calma. No la  de la superficie, donde la atención monomaniática conlleva el horror engarzado en su ánima, sino en la profundidad. Es el conjunto lo que importa.

Por eso estoy hablando de este relato y por eso lo seleccioné. Tanto me fascinó cuando lo leí. No fue por el horror que habitaba entre sus poco menos de diez páginas, sino por la belleza que se ocultaba tras él. El mal surge del bien, anuncia Egaeus. A su vez, como bien calla el narrador limitado en la idiosincrasia de su prisión, el bien surge a su vez del mal. De la desolación surge la regeneración y de la muerte el renacimiento, como el que habitaba en las expresiones de alivio de los incautos que me escucharon y, por qué no admitirlo, en mí mismo cuando, agotado y envenenado, terminé de contar el cuento y me volví a sentar.

 

Ilustración de Harry Clarke.

La metamorfosis

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Josef K. se despertó convertido en una critaura extraña. No reconoció su cuerpo, ni siquiera era capaz de hacer cosas que para él eran elementales hasta ese momento, como por ejemplo hablar. Había perdido lo que, a ojos de los demás, le definía.

El fenómeno descrito por Franz Kafka en su famoso cuento no es tan extraordinario como podría parecer. Ocurre a menudo. Sólo por citar algunos ejemplos: tras el bric de vino, o tras el billete enrollado, o tras la sugerencia de una ganancia rápida a costa de un pequeño sacrificio que no es tan sacrificio si se mira desde el ángulo adecuado.

Tan común es la metamorfosis que es complicado para el ojo no entrenado, y el del sujeto de nuestra experimentación no ha sido habituado lo suficiente como para percibir esta distinción sin complicaciones. Sin embargo nuestro sujeto, desarrollador informático contratado en nómina por una consultora, percibió que tenía que cambiar algo para revertir la sensación de extrañeza que le invadía cuando pensaba en lo que se había convertido.

Cambió de cliente.