Dos piedras

Todos esos que se creen que van a ser una celebridad son unos ilusos: no van a lograr más que esa triste y enana marrón, incapaz de competir con el top del PageRank del estrellato en el que estaré, porque ya nací predestinado a la Fama, con mayúsculas, un veintiséis de junio de mil novecientos ochenta y nueve, justo cuatrocientos tres días después del estreno en EEUU de la serie original, y cuatrocientos un día después de que lo hicieran en España. Vi la serie una y otra vez hasta aprenderme los diálogos e interiorizar las actitudes y gestos de cada uno de los protagonistas: de Bernie, el basurero que alcanzaba la gloria a partir de sus movimientos entendí que el esfuerzo no lleva a ninguna parte, y de Hannah, gracias a su apertura de piernas, que lo importante de la vida era dejarse hacer hasta alcanzar la conmiseración venérea de alguien con pasta. Más tarde llegó la versión española, justo cuando empecé mi segunda época onánica, todavía en pleno esplendor, y con Eladia y Urraca fortalecí mis músculos a base de ejercicio: mi mano derecha tenía la fuerza necesaria para poder levantar un coche. No un utilitario, eso era una prueba nimia, sino uno de esos Porche Canyelle de nuevo rico, con nuevo rico y amante y depósito lleno de camino a la escapadita romántica en el mismo fin de semana en el que su cónyuge aprovecha para irse con su amante a ver el nuevo musical Fama en Broadway. Más tarde llegó el tatuaje, como no podía ser menos, de el logotipo de los hermanos Lehman. Ellos lo consiguieron sin necesitar bailar, sino preparando pacientemente un bosque de bambú que cuando brotó llevó a todo el mundo a hablar de ellos. Y más tarde llegó Internet, donde los quince minutos de fama sufren un recorte a lo Troika y quedan encogidos en un puñado de segundos capturados a base de vídeos de chiste y fotos sobre la única pared rosa del mundo, pared cuántica capaz de estar en mil lugares y un millón de timelines a la vez. Se la tendrán que cascar con dos piedras. Por eso, y porque tampoco soy un miserable ególatra cuya imagen pública lo es todo, he hecho un vídeo explicando cómo se la casca uno con dos piedras. Mi cirujano dice que hay que amputar. Perfecto: haré otro vídeo con la operación que obtendrá otro gritón de visitas. Le pediré que lo haga sin anestesia, así lo petará más.

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¿Sabes? O sea, no sé

¿Cuál podría ser el misterio que se yergue tras las crípticas palabras que constituyen el título de esta entrada?

Una pista: se cambió de canal de televisión de uno donde emitían un programa indefinido a otro que tiene una rima horrorosa. La hora: la una y algo entre semana.

¿Me siento escandalizado por la frase que dijo la chica? ¿Tengo motivos para esta sensación? O sea, no sé. Ella es una imbécil, los que la rodean unos aprovechados, los que la miran unos idiotas y los que la siguen unos borregos. Es mi opinión, ¿sabes? Porque el libro más leído en este país es el de una rubia televisiva, y los programas de televisión son los que dictan a golpe de grito qué, cómo y cuánto piensa, dice o cree todo mi país. O sea, olos motivos tras las grandes manifestaciones del país vienen dictados por el deporte, un reality show o incluso la religión.

No sé.

Mientras tanto surgen nuevos nombres en los llamados “Papeles de Panamá”, que me traen a la memoria esa frase de la derechona que decía que no era bueno subir los impuestos al capital porque el capital huiría y se iría a otro lugar donde tributara menos. Y aquí no pasa nada.

O que los diputados y las diputadas de nuestro bendito país no sean capaces de respetar el mandato de la ciudadanía y ni siquiera sean capaces de formar un gobierno de mínimos.

Supongo que ¿sabes? O sea, no sé.